“Espíritu Santo, nuestra “gloria”: “yo les he dado la gloria que tú me diste” (Pentecostés 24.05.2026)

“El Espíritu de Jesús no sólo suscita el deseo del siglo futuro, sino que anima, purifica y robustece los deseos generosos con los que la familia humana trata de volver más humana su propia vida y subordinar toda la tierra a este fin” (GS 38)

Nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor” (2Cor 3,18)

Comentario:Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,19-23)

La “gloria” cristiana es el Espíritu. Ya lo resaltó Gregorio de Nisa (335- 400): “que el Espíritu Santo sea llamado gloria, ninguna persona prudente se negaría a decirlo así, teniendo en cuenta las palabras del Señor que dice: «yo les he dado la gloria que tú me diste» (Jn 17,22-23). En realidad, les dio la misma gloria a los discípulos cuando dijo: «Reciban el Espíritu Santo» (Jn 20, 22). Esta gloria que tuvo siempre, antes de que el mundo existiese, la recibió cuando tomó la naturaleza humana. Glorificada por el Espíritu Santo, todo lo que tenga relación con la gloria participa del Espíritu Santo a partir de los apóstoles...” (Homilía In Cant., XV, 467. PG 44, 1115-1118).

El Vaticano II describe la actividad del Resucitado: “obra ya en los corazones humanos por la fuerza de su Espíritu (`per virtutem Spiritus sui'), no sólo suscitando el deseo del siglo futuro, sino con eso mismo animando, purificando y robusteciendo los deseos generosos con los que la familia humana trata de volver más humana su propia vida y subordinar toda la tierra a este fin” (GS 38)

Hoy celebramos el hecho inicial de la Iglesia. Al anochecer de aquel día”, como “la noche en que veló el Señor para sacarlos de la tierra de Egipto” (Ex 12,42). Ahora nos saca del Egipto en que estamos: miedo, confusión... “El primero de la semana” es nueva creación (Gn 1,4): vida en el Espíritu del Señor, “la gracia en la cual nos encontramos” (Rm 5,2), celebrada cada “ocho días”.

Los discípulos estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. No tienen experiencia de Jesús resucitado, sólo de su pasión y muerte. Temen el mismo trato. “Jesús se puso en medio” del grupo y del corazón. El cristiano no “anda dividido” (1Cor 7,34) por su estado civil, a pesar de la opinión coyuntural paulina, usada por el clericalismo para fijar su ideología celibataria. El cristiano está unificado: “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser…” (Mc 12,30s). Ningún amor humano compite con el Amor divino, que es “vínculo de la unidad perfecta” (Col 3,14). No es “otro amor más”. Unifica todo amor.

Paz a vosotros”. Esperaban reproches por su huida, abandono, miedo. Ni una queja a Pedro, el amigo que negó incluso conocerle (Jn 18,17ss; Lc 22,56ss). Sienten el mismo Amor del Padre del cielo (Lc 6,27-36). Amor que “disculpa, confía, espera, aguanta sin límites” (1Cor 13,7). “Les enseñó las manos y el costado”, cicatrices de la pasión, signos de amor fiel hasta la muerte. “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Se cumple la promesa de Jesús: “volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 22).

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. El misionero del Padre hace misioneros: “como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo” (Jn 17,18). “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15,9).

“Sopló sobre ellos y les dijo: `recibid el Espíritu Santo´”. Recuerda el relato del Génesis sobre la infusión del espíritu en el ser humano (Gen 2,7; Sab 15,11), el espíritu que invade huesos secos (Ez 37,5), el resurgir de Israel: “yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Ez 37,27), el “nuevo nacer del Espíritu” propuesto a Nicodemo (Jn 3, 4-8).

A quienes les perdonéis los pecados...”. Como Jesús, el grupo cristiano regala el amor del Padre. Quien lo acepta: siente el Espíritu de Dios que “atestigua que es hijo de Dios” (Rm 8,16), abandona la injusticia y entra en el grupo. Más aún, Jesús dice que cuidar al necesitado es vivir en su Amor: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer…” (Mt 25,34-36). “Pasamos de la muerte a la vida, porque amamos. Quien no ama permanece en la muerte” (1Juan 3,14).

Oración:Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20, 19-23)

Festejamos hoy, Jesús, el inicio de tu Iglesia:

convocatoria atraída misteriosamente,

a celebrar tu presencia cada domingo;

tu vida sigue alegrando y pacificando.

Tu evangelio sigue siendo realidad:

nos alegra el “primer día de la semana”;

nos da tu paz al sentir tu Espíritu de perdón;

nos renueva la misión: “podéis ir en paz”.

Hoy, Jesús de todos, revivimos:

“lo que pasó en los comienzos de

la predicación evangélica” (colecta misa);

entras, y te pones en medio...” de los discípulos:

cerrados física y espiritualmente;

entristecidos por haberte abandonado;

sin atrevernos a continuar tu misión.

Tu Espíritu, “tu gloria”, hace el milagro:

sin reproches, nos sentimos perdonados y alegres;

activamos la confianza y entrega de la misión:

como el Padre me envío, así os envío yo”.

Soplas y dices: recibid el Espíritu Santo”:

sentimos “la gracia en la cual nos encontramos” (Rm 5,2);

reavivamos el espíritu que revitaliza huesos secos (Ez 37,5);

te creemos “nuestro Dios y nosotros tu pueblo” (Ez 37,27);

renacemos del Espíritu y entramos en tu reino” (Jn 3,4-8).

Contigo, amigo Jesús, nos atrevemos a decir:

El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque él me ha ungido.

Me ha enviado a evangelizar a los pobres,

a proclamar a los cautivos la libertad,

y a los ciegos, la vista;

a poner en libertad a los oprimidos;

a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18s).

Aquí estamos, Cristo, aceptando tu Espíritu:

somos “carta de Cristo, escrita no con tinta,

sino con el Espíritu de Dios vivo” (2Cor 3,3).

Dios nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu

como prenda en nuestros corazones” (2Cor 1,21-22).

Estamos marcados con el sello del Espíritu Santo” (Ef 1,13).

Que tu Espíritu, Jesús, modele nuestro pensar:

como la tinta el pensamiento de quien escribe.

Que tu Espíritu nos empape de tus sentimientos,

como el óleo transmite su perfume.

Que tu Espíritu haga brillar tu imagen en nosotros.

Que tu Espíritu, tu Amor, sea “nuestra gloria”.

rufo.go@hotmail.com

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