“Pon los ojos en él porque en él te lo tengo dicho todo y hallarás en él más de lo que pides y deseas”
Gracias, Jesús, por habernos manifestado al verdadero Dios (Santísima Trinidad 31.05.2026)
“Pon los ojos en él porque en él te lo tengo dicho todo y hallarás en él más de lo que pides y deseas”
Comentario: “Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-18)
El Nuevo Testamento no usa la palabra “Trinidad”. Narra su actividad en Jesús como Hijo de Dios, que muestra al Padre y da su Espíritu. Encarga: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Al surgir ideologías que tergiversan el misterio, la Iglesia lo ahonda y aclara. La palabra formal nace en el s. II: Teófilo de Antioquía (+183. “Trias”, en griego) y Tertuliano (+ 220. “Trinitas”, en latín). Los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381) fijaron la fe: “Creemos en un solo Dios: Padre, un solo Señor, Jesucristo, unigénito de Dios, y el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”.
La fiesta litúrgica universal se establece en el s. XIV. Antes, s. VII-VIII, surgen la misa “votiva” y su prefacio (Sacramentario Gelasiano, s. VIII). En abadías benedictinas de Francia e Inglaterra se celebra ya en el s. IX el domingo siguiente a Pentecostés. En Roma no se creyó necesaria, porque toda fiesta cristiana es “trinitaria”. La Orden Trinitaria, nacida en 1198, “Orden de la Santísima Trinidad para la redención de los cautivos” acrecentó la fiesta. Juan XXII cedió ante la extensión popular, aprobándola oficialmente para toda la Iglesia en el año 1334.
Esta fiesta culmina el misterio cristiano. Viene a ser una especie de estación de llegada de todos los misterios cristianos: Navidad, Bautismo, Muerte, Resurrección y Pentecostés. Todos tienen su origen, desarrollo y culminación en la Trinidad. También esta fiesta relanza la vida cristiana: anima a vivir en familia de Dios: hijos de Dios, hermanos de Jesús, guiados y animados por el Espíritu.
El evangelio de hoy, tres versículos, son reflexiones en boca de Jesús. Supone que la “Trinidad inmanente”, Dios en su ser íntimo, no está al alcance de nuestra comprensión. Narra la “Trinidad económica”, en acción: Dios nos quiere como Padre, nos envía a su Hijo para decirnos cómo es Dios y mostrarnos el camino que nos realiza, y nos da su Espíritu que ilumina y fortalece la vida.
a) “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16). El “mundo” es “la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre que vive…” (GS 2). “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”(1Jn 4,9-10).
b) “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (v. 17). “El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida” (Jn 22-24).
c) “El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios” (v. 18). Creer y amar se implican: “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor” (1Jn 4,16-18).
¿Cómo es nuestra experiencia de Dios? ¿Le sentimos como Padre, como hermano en Jesús, como luz y amor en libertad en el Espíritu que nos habita?
Oración: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito” (Jn 3, 16-18)
¡Qué bien, Jesús hermano, resumes la Pascua:
“tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito”;
la Pascua celebra tu “paso” de la muerte a la vida:
de la soledad radical al Amor creador;
de la muerte cierta a la vida que no termina;
de la cerrazón y sin sentido a la verdad de tu vida;
de la rivalidad a la mesa compartida y fraternal.
En este “paso” te ha acompañado el Espíritu:
se hizo presente en las entrañas de tu Madre;
te encendió de amor sin límite en el Jordán;
te iluminó el “desierto” tentador y oscuro de la vida;
abrió tu boca cuando cerraron la del Bautista;
te urgió a curar, hermanar, dar de comer...;
al final, “inclinando la cabeza, lo entregaste” (Jn 19,30):
en voz activa, anticipas la entrega del Espíritu;
sigues diciéndonos: “recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22).
Así nos haces “experimentar” la cercanía de Dios:
Padre, fuente de todo bien, que nos da hasta su Hijo;
Tú, Hijo único del Padre, “unido con todo ser humano” (GS 22);
Espíritu que nos habita, consuela, defiende, ilumina...
La Trinidad empapa toda nuestra vida:
el bautismo nos consagró al Padre, al Hijo, al Espíritu;
al Padre “que no se reservó a su propio Hijo,
sino que lo entregó por todos nosotros” (Rm 8,32);
al Hijo “que dio su vida por nosotros” (1Jn 3,16);
al Espíritu “que da testimonio a nuestro espíritu
de que somos hijos de Dios” (Rm 8,16).
Queremos, Jesús, inspirar nuestra vida:
en el amor del Padre que nos sostiene cada día;
en tu actividad que cuida de los hermanos;
en la luz y libertad del Espíritu.
Juan de la Cruz, experimentado en Dios,
nos impulsa a “ver” el amor de Dios en ti:
“Pon los ojos sólo en él,
porque en él te lo tengo dicho todo y revelado,
y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas.
Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte,
y si pones en él los ojos, lo hallarás en todo;
porque él es toda mi locución y respuesta
y es toda mi visión y toda mi revelación”
(Subida del Monte Carmelo, Libro 2, c. 22,3-4).
Gracias, Jesús, por manifestar al verdadero Dios:
el Dios del Amor a sus hijos, el Padre del hijo pródigo;
el Dios hermano, compañero, amigo...
que cura, alimenta, comparte...;
el Dios, “dulce huésped del alma”
que nos da conciencia de dignidad,
de libertad, de creatividad...,
que nos incita a realizarnos de verdad.
rufo.go@hotmail.com
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