Jesús comparte con el Padre su fracaso pastoral (Domingo 14º TO A 05.07.2026)

“Sabios y entendidos” no aman si su saber les sirve para el propio encumbramiento; si elaboran leyes y normas sin corazón, sin libertad, sin tener en cuenta la debilidad...

Jesús centra el comportamiento moral y religioso en el amor agradecido a Dios y al ser humano

Comentario: “Venid a mí todos los que estáis cansados” (Mt 11, 25-30)

El cap. 11 sigue al discurso “apostólico” o de misión: Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades” (11,1). Tras el episodio sobre el Bautista (11,2-15), Jesús lamenta el poco caso que la gente hace a Juan y a él mismo (11,14-19). “Recrimina a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido” (11,20). Se trata de Corozaín (tres kilómetros al norte del lago de Genesaret), Betsaida (a orilla del lago, patria de Simón Pedro, su hermano Andrés y Felipe, según Jn 1,44) y Cafarnaún (poblado pesquero al norte del lago, “ciudad de Jesús” durante su misión según Mt 9,1 y Mc 2,1).

Este fracaso pastoral, sobre todo ante “los sabios y entendidos (teólogos y dirigentes religiosos) provoca la reacción de Jesús en forma de oración al Padre: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien” (11,25-26). La oración de Jesús al Padre es una de las dos ocasio­nes en que Mateo cita literalmente palabras de Jesús. La otra es en Getsemaní, donde tres veces hace la misma súplica: “Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz...” (Mt 26,39.42.44). Ahora, sin precisar tiempo y lugar, Jesús se dirige al Padre, como “Señor de cielo -donde se supone que Dios habita- y “tierra”, -espacio de la historia humana. “Te doy gracias” equivale a “Yo te bendigo”. El motivo por el que Jesús bendice a su Padre es por una actua­ción desconcertante para nuestra lógica: a los sabios y entendidos, les oculta los secretos del Reino; a la gente sencilla, se los descubre.

Tras la oración al Padre, dice a todos:Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” 11,27). Anticipa el final del evangelio: “se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra...” (Mt 28,18). Nexo con el evangelio de Juan, que narra con intensidad la peculiar relación de Jesús y el Padre: nunca le deja solo (Jn 16,32), todo lo ha puesto en sus manos (Jn 13,3), “el Padre y yo somos uno” (Jn 10,30.38; 16,15; 17,21).

Termina el texto con tres invitaciones de Jesús. La realidad histórica ayuda a entender la oportunidad de estas invitaciones. En la época de Jesús el sistema legal, que regía la vida del pueblo, tenía 613 mandatos. La gente sencilla no podía conocer todas las normas, ni separar faltas graves y leves, y, mucho menos, cumplir todo con la rigurosa interpretación que exigían los dirigentes. Pedro se hará eco de la actitud con que lo vive el pueblo y de la mentalidad de Jesús: “¿por qué tentáis a Dios imponiendo sobre el cuello de los discípulos un yugo, que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?” (He 15,10). La relación con Dios era una esclavitud, no una liberación. Jesús centra todo el comportamiento moral y religioso en el amor agradecido a Dios y al ser humano. Su evangelio es una propuesta humanizadora de felicidad. Está condensada en las dichas o bienaventuranzas (Mt 5,3-12).

Estas invitaciones vienen expresadas en tres imperativos:

a) “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Hay que “entrar en nuestro cuarto y orar al Padre, que está en lo secreto, y el Padre, que ve en lo secreto, nos recompensará” (Mt 6,6). La sinceridad ante el Espíritu de Jesús analiza nuestro “cansancio y agobio”. Cómo estamos, cuál es la raíz del “cansancio y agobio”, de la tristeza, de la acedia espiritual… Quizá nuestra pretensión ideal es inhumana, supera nuestra naturaleza, nuestra libertad, nuestros derechos y deberes “universales e inviolables” …

b) Tomad mi yugo sobre vosotros”. El yugo de Jesús es el amor gratuito y universal, “llevadero y ligero”. Es lo más atractivo y satisfactorio. Lo que tranquiliza la conciencia y alegra profundamente. “El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca” (1Cor 13,4-8).

c) Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (11,28-30). “Fijemos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato (superficial, transitorio), soportó la cruz (que lleva consigo amar), despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo” (Hebr 6,3s). Este es el camino: la vida de Jesús, su evangelio sin “glosa” interesada, sin leyes egoístas que tratan de dominar la conciencia y no dejan pensar ni decidir con libertad. Mucho tiene la Iglesia que corregir desde el Evangelio.

Oración:Venid a mí todos los que estáis cansados” (Mt 11, 25-30)

Jesús de la vida, a la pregunta del Bautista:

“¿Eres tú el que ha de venir

o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3),

respondes con obras de amor como las del Padre

que hace salir su sol sobre malos y buenos,

y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45).

Tus “obras” han sido todas desinteresadas:

anuncias el Amor de Dios que vive en nosotros;

aclaras su voluntad de justicia y libertad;

curas todo achaque y enfermedad;

pones en pie a cojos y paralíticos,

abres ojos y oídos para ver y oír tu modo de vida.

Haces ver la contradicción y el autoengaño,

excusas para no seguir la conciencia buena:

Ahí tenéis a un comilón y borracho,

amigo de publicanos y pecadores.

Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras” (Mt 11,19).

Te pones a recriminar a las ciudades

en las que había hecho milagros,

           porque no se habían convertido”.

Sabios y entendidos” no comparten tu amor:

su saber les sirve para el propio encumbramiento;

elaboran leyes y normas sin corazón, sin libertad,

sin tener en cuenta la debilidad...

Sus leyes, que rinden y abruman, no concuerdan:

con tu Padre “clemente y misericordioso,

lento a la cólera y rico en piedad, bueno con todos,

cariñoso con todas sus criaturas” (Sal 145,8s);

desde pagar el diez por ciento de los frutos,

hasta no consumir nada impuro;

no contactar con cosas muertas, enfermos

y personas de mala conducta;

lavatorios complejos de vajillas y personales;

oraciones regladas a determinadas horas;

reuniones obligatorias en la sinagoga;

pecan (desagradan a Dios) quienes

no cumplen tradiciones humanas...

Tú, Cristo Jesús, vives la vida del pueblo:

el salario o el negocio que no llega,

los apremios e incitaciones del consumo,

querer alcanzar metas que nos superan;

el afán de dinero, de poder y de prestigio...;

la violencia, a veces dentro de la familia;

miedos a la enfermedad, al fracaso, al desamparo...

Tu oración, Jesús, surge de la vida:

ante la situación, levantas el corazón al Padre:

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra,

porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos,

y se las has revelado a los pequeños.

Sí, Padre, así te ha parecido bien” (Mt 11,25-26).

Muchos “sabios y entendidos” de nuestro mundo:

piensan en sus intereses, en sus instituciones;

han llegado a ofrecer una moral contraria al evangelio,

tan disparatada como que “el egoísmo es la esencia misma

de un alma noble” (F. Nietzsche);

“Juro, por mi vida y mi amor por ella,

que nunca viviré por el bien de otro hombre,

ni le pediré a otro hombre que viva por el mío”

(Ayn Rand, filósofa rusa y estadounidense 1905-1982).

“Un egoísmo fuerte es una protección” (Sigmund Freud).

Tú, Jesús de vida para todos, reflejas al Padre:

Todo me ha sido entregado por mi Padre,

y nadie conoce al Hijo más que el Padre,

y nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados,

 y yo os aliviaré.

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí,

que soy manso y humilde de corazón,

y encontraréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,27-30).

Aquí estamos, Jesús:

fijos los ojos en ti, que iniciaste y completas nuestra fe,

que, en lugar del gozo inmediato, soportaste la cruz

(que lleva consigo amar);

despreciaste la ignominia,

 y ahora estás sentado a la derecha del trono de Dios.

Recordamos tu oposición de los pecadores,

y no nos cansamos ni perdemos el ánimo” (Hebr 6,3s).

rufo.go@hotmail.com

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