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Que acabe ya la guerra

Jesús, Hijo del hombre, corrige la inhumanidad (Domingo 4º Cuaresma A 15 de marzo de 2026)

El cuidado del ser humano, en el que se ha encarnado Dios, es la entraña de nuestra fe cristiana

El ciego adora a Jesús como Hombre, donde Dios habita

Las desgracias invitan a “manifestar las obras de Dios”: curar, aliviar el sufrimiento, acompañar…

Comentario: ¿Crees tú en el Hijo del hombre? (Jn 9, 1-41)

El texto de hoy pertenece a la parte del evangelio de Juan llamada “Libro de los signos” (Jn 1,19-11,57). Presenta a Jesús a partir de siete signos-milagros: bodas de Caná (2,1-11: la nueva alianza), cura al hijo de un funcionario (4,46-54: la fe en Jesús da vida), cura al paralítico en la piscina de Betesda (5,1ss: la palabra de Jesús da vida), multiplica los panes (6, 1ss: Jesús, pan de vida), marcha sobre las aguas (6,16ss: la presencia de Jesús garantiza la travesía de la vida), cura a un ciego de nacimiento (9,1ss: Jesús, luz del mundo), resucita a Lázaro (11,1ss: Jesús, “resurrección y vida”). Para Juan los “milagros” son “signos” (σημεῖα, plural de σημεῖον: signo), indicios de realidad no percibida sensorial o directamente. Revelan que Jesús viene de Dios: “Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?” (9,16).

El texto empieza:al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento” (v. 1). Este ciego es símbolo del ser humano: “el Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo ser humano” (1,9). Los discípulos preguntan quién tiene la culpa de que esté ciego. La mentalidad judía vincula enfermedad o carencia personal con incumplimiento de la ley (pecado). Jesús se opone: “Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios… Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (vv. 3-5). Para Jesús las desgracias invitan a “manifestar las obras de Dios”, obras de amor: curar, aliviar el sufrimiento, acompañar… Ello no impide pedir responsabilidades si las hay. Jesús cura al ciego sin que el ciego lo pida. El gesto del barro evoca la creación de Gn 2,7) y el signo bautismal.

A partir de “volver con vista” (v. 7), empiezan los problemas. Los vecinos dudan del mismo ciego y del que le ha curado. Lo llevan a los fariseos para esclarecer el hecho. Le preguntan cómo le ha curado y quedan divididos: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos? ´. Y estaban divididos”. Tras pedirle opinión al ciego y confesar que Jesús “es un profeta”, llaman a sus padres y preguntan lo mismo. Sus padres constatan la ceguera, pero se desentienden de él y niegan saber “cómo ahora ve y quién le abrió los ojos”. “Tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías” (v. 22). Alusión al decreto de excomunión (aludido también en Jn 12,42 y 16,2), formalizado en el concilio de Jamnia o Jabne (después de la destrucción del Templo, década de los años 70 d.C.).

Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego”. Le proponen una fórmula bíblica para conjurar a que diga la verdad: “Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. Fórmula expresada en el libro de Josué: “Dijo entonces Josué a Acán: «Hijo mío, da gloria al Señor, Dios de Israel, y ríndele alabanza; confiésame lo que has hecho, no me lo ocultes»” (Jos 7,19). El ciego se fundamenta en los hechos: “solo sé que yo era ciego y ahora veo”. Los fariseos no quieren aceptar la verdad de Jesús. Ellos se consideran “discípulos de Moisés”. Creen que a Moisés le habló Dios, pero de Jesús dicen que “no sabemos de dónde viene”. El mismo evangelio ha contradicho esta opinión: “¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene». Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado». Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora” (Jn 7,26-30).

El ciego argumenta con las Escrituras:eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder»”. Que “Dios no escucha a los pecadores” es una oración sabia: “Si hubiera tenido yo mala intención, el Señor no me habría escuchado; pero Dios me escuchó, y atendió a mi voz suplicante” (Sal 66,18s). “El Señor está lejos de los malvados y escucha la oración de los honrados” (Prov 15,29). Para los sencillos, todo poder o don de hacer bien viene Dios, el Bien. Poder “abrir los ojos a un ciego de nacimiento” es un regalo de Dios. Jesús “si no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Buena actitud ante toda obra buena, huella y aliento de Dios, en el ser humano.

La ceguera espiritual surge en “los soberbios de corazón”:Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron” (v. 34). Ceguera presente y actual en mucha gente religiosa, fanática, que sólo tiene en cuenta sus códigos de conducta, su “siempre se hizo así”, su “doctores tiene la Iglesia”, su “es tradicional” … Y, sin atender al Evangelio, “expulsan”, por ejemplo, del sacramento del Orden a casados y mujeres. Actitud de gran parte del clero alto y bajo, y algunos laicos. “La fidelidad al Evangelio exige que las mujeres disfruten de los mismos derechos y privilegios que los hombres en el seno de la Iglesia Católica. Esta reivindicación solo ofende al poder clerical, reacio a cualquier cuestionamiento del modelo patriarcal” (Blog de Rafael Narbona. RD 18 feb 2026). En ambos casos se pone la Tradición por encima del Evangelio, “testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador” (DV 18).

Aceptar al “Hijo del hombre” culmina el proceso de fe. Es la pregunta que le hace Jesús al ciego “expulsado” del judaísmo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. Este título se lo atribuye Jesús sólo a sí mismo, según los evangelios. En arameo -bar nasha: hijo de hombre- es una frase hecha, muy común en Galilea con la que el hablante alude a sí mismo. Bíblicamente alude a tres dimensiones de Jesús: profética (Dan 7,13s: “vi venir una especie de hijo de hombre… A él se le dio poder, honor y reino”), representativa del ser humano (1Tim 2,5: “Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos”) y escatológica (Mt 24,30: “verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria”). Jesús pensó, sin duda, en todas estas dimensiones: se identifica con el ser humano, llamado a hacer de la vida reino de Dios, revelando la filiación divina de todo ser humano, esperando la plena dicha resucitada. Es singular que pida creer en el Hombre, no en Dios, ni en el Hijo de Dios. Y menos atributos seductores: el poder, el honor, fuerzas ocultas, ritos, santos, curanderos, religiones…

El ciego pregunta: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él” (vv. 36-38). El ciego adora a Jesús como Hombre, donde Dios habita. Recordemos el juicio final del evangelio de Mateo: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,34-36). Quien no cree en el Hombre no lo respeta, no le atiende, pasa de él, e incluso le hiere si le cree una amenaza. Los cristianos creemos que “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo ser humano” (GS 22). Y así da a entender que está presente en toda persona. Lo sepamos o no, lo que hacemos o dejamos de hacer con cualquiera, lo hacemos y dejamos de hacer con el Hijo del Hombre, con Jesús de Nazaret, con nuestro Dios y Señor. El trato con las personas descubre quién tiene fe en Cristo y quién no cree en Cristo. Los fanáticos de la religión suelen ser los más ácidos enemigos del ser humano. Adoran, ornamentan, respetan más sus templos, sus ritos, sus clérigos… que a los seres humanos. El colmo del fanatismo es eliminar al ser humano en aras de la religión. El amor al ser humano, en el que se ha encarnado Dios, pertenece a la entraña de nuestra fe cristiana.

Jesús apela a la conciencia los fariseos:Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece” (v. 41). Es muy triste esta experiencia: convencidos de que se están en el buen camino, pero en contra del amor a los hermanos. “El Hijo del Hombre” revela el amor incondicional y solidario con este mundo limitado, injusto y pecador. Restituir la humanidad perdida a los enfermos, a los desposeídos, a los maltratados, a los privados de los derechos humanos... será una labor divina, en la que estuvo empeñado el Hijo del Hombre, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. En esta labor se juega la Iglesia su credibilidad como continuadora del proyecto del Hijo de hombre. “Si uno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1Jn 4,20).

Oración: ¿Crees tú en el Hijo del hombre? (Jn 9, 1-41)

A ti, Jesús, te agradaba llamarte “Hijo de hombre”:

unas ochenta veces lo ponen los evangelios en tu boca;

nunca lo dicen los discípulos ni los primeros cristianos,

excepto tu primer mártir, san Esteban: “Veo los cielos abiertos,

y al Hijo de Hombre de pie a la derecha de Dios” (He 7,56).

Así te identificas con todos nosotros:

te ves y nos ves con la intuición del profeta Daniel:

venir una especie de hijo de hombre

entre las nubes del cielo.

Avanzas hacia Dios y llegas hasta su presencia.

A ti y a todos, se nos dio poder, honor y reino.

Y todos los pueblos, naciones y lenguas nos sirven.

Tu poder y el nuestro es un poder eterno, no cesará.

Tu reino y el nuestro no acabará” (Dan 7,13s).

Tu vida, Jesús, ilumina nuestro ser humano:

nuestro misterio “sólo se esclarece en tu misterio...;

en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor,

manifiestas plenamente el ser humano;

descubres la sublimidad de la vocación humana.

Tú, imagen de Dios invisible (Col 1,15), eres el hombre perfecto,

que nos ha devuelto la semejanza divina...

En ti, la naturaleza humana asumida, no absorbida,

ha sido elevada a dignidad sin igual…

Tú, Hijo de Dios, con tu encarnación te has unido,

en cierto modo, con todo ser humano:

trabajaste con manos humanas,

pensaste con inteligencia humana,

obraste con voluntad humana,

amaste con corazón humano.

Nacido de la Virgen María,

te hiciste verdaderamente uno de los nuestros,

semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22).

Pecado es justamente deformación humana:

vivir por encima o por debajo del ser humano.

A todos nos dices, como sentía el profeta Ezequiel:

Hijo de hombre, ponte de pie y te hablaré” (Ez 2,1).

Y nos describes con tu vida y con tus palabras:

el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20);

el Hijo del hombre es señor del sábado” (Mt 12,8);

el Hijo del hombre va a ser entregado en manos humanas y lo matarán;

y después de muerto, a los tres días, resucitará” (Mc 9,31);

bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres,

y os excluyan, y os insulten

y proscriban vuestro nombre como infame,

por causa del Hijo del hombre” (Lc 6,22).

Anuncias nuestro destino definitivo y último:

se verá venir al Hijo del hombre sobre las nubes

con gran poder y gloria” (Mc 13,26).

Como al ciego, nos pides creer en el Hijo de hombre:

encontrarnos contigo, Dios y hombre verdadero;

aceptar tus palabras y obras, humanas y divinas;

dirigirnos a tu Padre y nuestro Padre;

acoger a todos como hermanos que el Padre nos da,

sentirnos habitados por tu mismo Espíritu.

Estas vivencias están incluidas en el bautismo:

¿Crees en Dios Padre, creador de todo para nuestro bien?

¿Crees en Jesús, el Hijo, que vivió la verdad de la vida,

           trabajó por el Reino de la fraternidad hasta morir,

y resucitó dándonos a conocer el plan de Dios?

¿Crees en el Espíritu Santo que habita toda realidad,

nos une en la Iglesia para seguir la vida de Jesús,

nos restaura por dentro y nos mueve a un mundo mejor?

Tu Espíritu, simbolizado en el agua bautismal:

ilumina nuestra vida: “ahora sois luz por el Señor” (Ef 5,8ss);

“nos capacita para cumplir la ley nueva del amor;

nos restaura interiormente todo nuestro ser humano

hasta que llegue la redención del cuerpo,

hasta la resurrección” (GS 22).

Como los fariseos, nos atrevemos a preguntar:

¿También nosotros estamos ciegos?

Jesús, Hijo del hombre, revisa con nosotros la vida:

danos tus ojos divinos y humanos para valorar

lo digno, lo valioso, lo justo, lo libre, lo razonable,

lo que posibilita que la razón y la fe se abracen;

danos espíritu para corregir la inhumanidad en todo;

también en nuestra Iglesia donde “los jefes tiranizan,

y los grandes oprimen” (Mc 10,42);

predicamos democracia y la ignoramos en la Iglesia;

mantenemos leyes inhumanas, como el celibato obligatorio;

impedimos a las mujeres el ejercicio de ciertos ministerios;

quebrantamos el mandato de Dios

en nombre de nuestra tradición” (Mt 15,3);

negamos prácticamente la verdad revelada:

Cuantos habéis sido bautizados en Cristo,

os habéis revestido de Cristo.

No hay… hombre y mujer, porque todos vosotros

sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3,27-28).

rufo.go@hotmail.com

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