Comentario: “Dichosos vuestros ojos porque ven” (Mt 13, 1-23)
En tres domingos (XV-XVII) leemos el discurso “parabólico” de Mt 13,1-52. Siete parábolas de Jesús para explicar su propuesta de vida. Tres (sembrador, grano de mostaza y levadura) compartidas por Marcos y Lucas. Las otras cuatro (trigo-cizaña, tesoro escondido, perla preciosa y la red) sólo en Mateo.
Se abre el capítulo narrando el escenario de enseñanza: “Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla” (vv. 1-2). A orillas del lago de Genesaret, cerca de Cafarnaún, ciudad de Pedro y elegida por Jesús como centro de su actividad. No enseña sólo en la sinagoga. Donde acude gente, Jesús habla.
Jesús sale a sembrar su Palabra como el agricultor su semilla. Aparecen los dos polos comunicativos principales: el emisor (Jesús que habla en nombre del Padre) y el receptor (el ser humano). Ambas libertades son necesarias. Según la experiencia profética, la palabra de Dios, la buena conciencia, es siempre eficaz, aunque su eficacia depende también de la libertad humana: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo” (Is 55,10-11). El Padre creador y Jesús siembran en tierras distintas, pues los seres humanos somos distintos y evolucionamos con condicionamientos diversos.
Antes de explicar la parábola, Mateo narra una reflexión de Jesús sobre el sentido de las parábolas. Son un género literario para entender mejor el proyecto de vida que Jesús propone. A pesar de ello, hay gente que no entiende. La clave está en el desconcertante proverbio: “al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que no tiene”. Se trata de un refrán rural de tipo económico, que suele cumplirse: el que tiene puede aumentar su patrimonio, pero el que no tiene o tiene poco acabará perdiéndolo e incluso endeudándose. Jesús lo aplica al reino: quienes lo escuchan, lo piensan y entienden, progresarán cada vez más, pero quienes sólo escuchan y no lo piensan ni entienden, lo irán abandonando poco a poco hasta quedarse sin nada. Es quien se ha ido abandonando en formación, en reflexión, en actualización. Terminan por oír y no entender, mirar y no ver. O, tal vez, peor: en fanáticos de fórmulas, ritos mágicos, supersticiones... Por eso, previo al anuncio, debe haber una humanización, una educación capacitante para entender la vida de forma sencilla, humana, desinteresada, abierta a todos, especialmente a los débiles.
Estas son algunas de las tierras -personas- distintas:
a) “Una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron” (vv.4.lO). Cunetas rígidas, insensibles, encallecidas, como las vías pecuarias o rutas entre pueblos. La simiente queda al descubierto; los pájaros la comen enseguida. Son los que “escuchan la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón”. Es necesario explicar bien la Palabra, hasta que sea entienda. Hay “roña eclesiástica”, “ideología clerical”, que se quiere pasar como Palabra de Dios, cuando no lo es: papalatría, clericalismo, contradicciones entre el evangelio y la organización eclesial…
b) “Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó” (vv.5-6.20-21). Escuchan y aceptan con alegría. No están convencidos. Cualquier dificultad logra que decidan abandonar el camino.
c) “Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron” (vv.7.22). “Abrojos” traduce “ἀκάνθας”. Esta palabra significa “planta espinosa”. De aquí que se traduzca por zarza, espino, cardo, abrojo… En el NT siempre aparece en plural (Mt 27.29; Jn 19,2; Mt 7,16; Lc 6,44; Mt 7,13; Mc 4,7; Lc 8,7; Mt 13,22; Mc 4,18; Lc 8,14; Heb 6,7-8). En la parábola representa “los afanes de la vida y la seducción de la riqueza”. Son preocupaciones excesivas por los bienes materiales. “Espinas” que habitan nuestra conciencia y ponen en agonía permanente, en esclavitud que “ahoga” la buena conciencia, el reino del Bien.
d) “Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta” (v. 8.23). Enfatiza: “en la tierra, la buena (hermosa)” (ἐπὶ τὴν γῆν τὴν καλὴν). Explica: “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto…”. Cuando “se escucha” el Evangelio, la vida de Jesús, sus bienaventuranzas, y “se entienden”, surge el convencimiento de que ese Evangelio es la verdad del ser humano, lo que nos realiza a nivel personal y social.
Oración: “Dichosos vuestros ojos porque ven” (Mt 13, 1-23)
Te contemplamos, Jesús, sembrando el mundo:
incorporándote a la obra continua del Padre:
“Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo…
El Hijo no puede hacer nada por su cuenta
sino lo que viere hacer al Padre.
Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo,
pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace,
y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro” (Jn 5,17-20).
La semilla de bien, verdad, amor, justicia, libertad, vida...
está esparciéndose siempre en todo ser humano;
el Espíritu divino llega antes que todo misionero.
Esto nos dice hoy tu parábola del sembrador:
“El que tenga oídos, que oiga…
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra,
y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.
Por eso les hablo en parábolas,
porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.
Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender;
miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven
y vuestros oídos porque oyen” (vv. 9-16).
Desconcierta, Jesús, este proverbio:
“al que tiene se le dará y tendrá de sobra,
y al que no tiene, se le quitará hasta lo que no tiene”.
Es un refrán de tipo económico, que suele ocurrir:
el que tiene puede aumentar su patrimonio,
pero el que no tiene o tiene muy poco acabará
perdiéndolo e incluso endeudándose.
Tú lo aplicas al modo de vida que Dios quiere:
quienes lo escuchan, lo reflexionan, lo entienden…
progresan en frutos de verdad y de vida;
quienes sólo escuchan y no lo profundizan,
lo irán abandonando hasta quedarse sin nada.
Es la realidad de gente que se ha ido deshumanizando
en formación, en reflexión, en actualización.
Terminan por oír y no entender, mirar y no ver.
O, tal vez, en algo peor: en fanáticos de fórmulas,
ritos mágicos, supersticiones...
Por eso es necesario que haya, previo al anuncio:
una humanización correcta, capacitante para entender
e interpretar la vida de forma humana, desinteresada,
abierta a todos, especialmente a los débiles.
Ayúdanos, Jesús, a ver la dureza del corazón:
cuando se escucha sólo “nuestro egoísmo”,
cuando marginamos lo que nos compromete,
lo que insta a compartir, a acoger, a cambiar;
¡cuánta “roña eclesiástica”, “ideología clerical”,
puede más que tu Palabra y tu Vida!
Líbranos, Señor, de la superficialidad:
úrgenos a escuchar tu palabra y entenderla;
haznos llegar al convencimiento de tu propuesta;
no queremos vivir de la apariencia,
de agradar al de arriba,
de la ley del más fuerte,
del qué dirán...
optamos por el Amor al Padre y a los hermanos:
que nos lleva a la vida realmente humana...
Que tu Espíritu, Jesús, fortalezca nuestro espíritu:
vigilando “los afanes de la vida y la seducción de la riqueza”;
reconociendo las “espinas” que habitan nuestra conciencia;
esclavitudes que “ahogan” tu reino de vida fraternal;
formas varias del egoísmo redomado:
poder absolutista, leyes interesadas,
categorías inhumanas, títulos idolátricos,
vestidos deslumbrantes…;
adorando sólo a Dios en espíritu y verdad,
presente en los más débiles y en la fraternidad.
Jesús de todos, haznos “tierra buena”:
que “nuestros ojos miren y vean”;
que “nuestros oídos escuchen y entiendan con el corazón”;
que demos frutos del Reino “ciento o setenta o treinta por uno”;
que propaguemos tu Palabra con libertad y alegría;
que “no nos dejemos llamar rabbí,
porque uno solo es nuestro maestro
y todos nosotros somos hermanos;
que no llamemos padre nuestro a nadie en la tierra,
porque uno solo es nuestro Padre, el del cielo;
que el primero entre nosotros sea nuestro servidor” (Mt 23,8-11).
rufo.go@hotmail.com