“Partamos el pan...” cuidando que “nadie pase necesidad” (Corpus Christi 07.06.2026)

En la Eucaristía siempre está “escondida la Divinidad” y “al mismo tiempo la Humanidad”

Toda eucaristía y sus derivados (adoración) celebran nuestra fraternidad en Jesús

Comentario:el que me come vivirá por mí” (Jn 6,51-58)

Esta fiesta surge en el s. XIII en la Abadía de Cornillón (Lieja, Bélgica). Allí, Santa Juliana de Cornillon (1193-1258), abadesa, dijo tener una visión de la Iglesia en forma de luna llena con una mancha negra: la ausencia de la fiesta solemne en honor del Santísimo Sacramento. Lo compartió con el obispo de Lieja, Robert de Thorete, el dominico Hugh, luego cardenal legado de los Países Bajos, y con Jacques Pantaleón, archidiácono de Lieja, después Papa Urbano IV. Organizan un sínodo y decretan la fiesta en 1247 a nivel diocesano. En 1264, en Bolsena, cerca de Orvieto (Italia) donde residía el Papa Urbano IV, sucede el milagro de la hostia sangrante. Estos hechos motivan la bula “Transiturus” (08.09.1264), que fija la fiesta universal el jueves tras la octava de Pentecostés.  

La adoración al Santísimo Sacramento tiene mucho sentido, siempre que no se desconecte del espíritu de Cena del Señor, ni margine otras presencias reales del Resucitado. Surge cuando hay un proceso de desconexión de la eucaristía con la última Cena de Jesús y de sus comidas con pecadores y publicanos, y con las multitudes. Pasó de ser una celebración de fraternidad a un ritual sagrado. Es en el s. VIII cuando ya los fieles no entienden el latín o el griego, se adjudica en exclusiva al clero, en voz baja, de espaldas, no comulga casi nadie. Durante siglos, antes del Vaticano II (1962-1965), se reza el rosario, leen documentos eclesiales o algún libro piadoso. Al pueblo se le invita a mirar la “hostia consagrada”. En s. XIII se organizan procesiones con la sagrada hostia ante pestes, sequía o tormentas. El sacerdote levanta las manos con la hostia para que el pueblo la vea y adore.

También en nuestro tiempo, a pesar la reforma litúrgica impulsada por el Vaticano II, se banaliza la eucaristía de forma que puede decirse “eso no es comer la cena del Señor” (1Cor 1 1,20). Sucede en cualquier fiesta popular u hecho multitudinario “sin discernir el cuerpo del Señor” (1Cor 11,29). También, cuando la adoración de las “especies sacramentales” se utiliza para provocar experiencias emocionales de fe individual o grupal, muy consoladoras, tranquilizadoras de conciencia, creyendo que consolamos al Señor y reparamos su dolor. El Cristo real incluye siempre a los hermanos. En la Eucaristía siempre está “escondida la Divinidad (latens Deitas)” y “al mismo tiempo la Humanidad (hic latet simul et humanitas” (S. Tomás de Aquino: “Adoro te devote”). Si la eucaristía actualiza la comida de Jesús, la adoración de las “especies sacramentales” no puede desligarse del compromiso social. El Resucitado tiene varias presencias reales. Todas son encuentro con el Cristo humanado. Absolutizar una, marginado a las otras, no respeta al Resucitado que dijo también: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,35s).

Del texto leído (6,51-58), muy realista, estos son los versículos claves: - “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (v. 51). – “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros…” (v. 53).El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí” (vv. 54-57).

Carne y sangre expresan el ser humano (“la Palabra se hizo carne”) en su integridad. “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” es posiblemente la fórmula del evangelio de Juan para recordar la institución de la cena. Similar a “esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” (Lc 22,19). Toda eucaristía y sus derivados (adoración) celebran nuestra fraternidad en Jesús.

Oración:el que me come vivirá por mí” (Jn 6, 51-58)

El “Misterio”, Jesús, envuelve nuestra vida:

la fuerza que crea y sostiene toda realidad;

la verdad que buscamos incesantemente;

la dicha soñada que aligera el hambre de vida;

la justicia que cura las heridas envenenadas...

A ese “Misterio” tú lo llamas “Padre”:

le sientes decirte: “Tú eres mi Hijo, el amado;

en ti me complazco” (Lc 3,22);

reconoces: “El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque él me ha ungido.

Me ha enviado a evangelizar a los pobres,

a proclamar a los cautivos la libertad,

y a los ciegos, la vista;

a poner en libertad a los oprimidos;

a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19);

Al final de tu vida:

en la noche en que ibas a ser entregado, tomas pan

y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partes y dices:

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros.

Haced esto en memoria mía».

Lo mismo hiciste con el cáliz, después de cenar, diciendo:

«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre;

haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que comemos de este pan y bebemos del cáliz,

proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1Cor 11,23-26).

“Tu memoria” sigue abierta para siempre:

cada domingo revivimos tu presencia fraternal;

escuchamos tus palabras de vida;

comemos y bebemos tu vida resucitada;

te llevamos con nosotros, somos otros “Cristos”.

Por eso intentamos vivir como Tú:

hacemos obras como las tuyas, y aún mayores” (Jn 14,12);

nos revestimos de compasión entrañable, bondad,

humildad, mansedumbre, paciencia;

nos sobrellevamos mutuamente y nos perdonamos

cuando alguno tenga quejas contra otro;

y, por encima de todo esto, el amor,

que es el vínculo de la unidad perfecta” (Col 3,12).

A todos nos bautizaste con tu único Espíritu

para formar un solo cuerpo,

y sobre todos derramaste tu único Espíritu”,

para ser “tu cuerpo y cada uno miembro de tu cuerpo” (1Cor 12, 13.27).

Te pedimos hoy que nos dejemos empapar de tu Espíritu:

para que “partamos el pan...

cuidando que “nadie pase necesidad” (He 2,42);

para que tu eucaristía sea “fuente y culmen

de toda evangelización” (PO 5);

para que tu eucaristía sea celebrada

por todas tus comunidades.

rufo.go@hotmail.com

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