Los primeros cristianos se sentían implicados en el gobierno de la Iglesia (Santiago, Apóstol 25.07.2026)

La sociedad ha progresado en democracia; nosotros, la Iglesia, hemos retrocedido

Los que deben servir no deben elegirse a sí mismos ni autoconvertirse en “señores” absolutos que imponen leyes sin el consentimiento eclesial

Comentario:El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mt 20, 20-28)

Ante la petición de un puesto de poder y honor por parte de la madre de los discípulos Santiago y Juan, Jesús responde rotundamente: “no sabéis lo que pedís”. Y les pregunta lo importante de la vida cristiana: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?”. Contestan con atrevimiento mundano: “Podemos”. Les reconoce su buena voluntad de “beber su cáliz”. Pero les aclara que eso de “sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí”. No tiene que ver con él ni con el reino que él quiere construir en este mundo. Eso “lo tiene reservado el Padre” para el cielo.

También “los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos”. Esta reacción demuestra que ninguno ha entendido a Jesús. Por eso, los reúne y les plantea el cambio de perspectiva que supone ser discípulo suyo. La comparación con los gobernantes del mundo refleja que la autoridad en la Iglesia no es instrumento de poder, que suele terminar en tiranía y opresión. La autoridad eclesial es servir dando vida, “no imponiendo más cargas que las indispensables” (He 15,28), “tomando el yugo de Jesús, aprendiendo de él que es manso y humilde de corazón… Su yugo es llevadero y su carga ligera” (Mt 11,20s).

Su propuesta imperativa lleva en el evangelio más de dos mil años. Los dirigentes eclesiales se resisten aún a ponerla en marcha: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 25-28). Este criterio cuestiona la concepción y el ejercicio de la autoridad eclesial. Hoy se intenta una vez más volver a la sinodalidad más acorde con el espíritu evangélico. Hoy todos reconocen que la Iglesia debe tener “servidores”, pero no “señores”. La mayoría cuestiona que los que deben servir no deben elegirse a sí mismos ni autoconvertirse en “señores” absolutos que imponen leyes sin el consentimiento eclesial. Y menos aún, titularse superiores a los fieles con títulos que no concuerdan con la sencillez del Evangelio, Algunos rayan la blasfemia: prelados de honor de Su Santidad, reverendos, monseñores, excelencias, eminencias, beatitudes, hasta “santidad”.

Los primeros cristianos se sentían implicados en el gobierno de la Iglesia. Vivían la sinodalidad no sólo “escuchante y consultiva”, sino “codecisiva”: “Que se ordene como obispo a aquel que, siendo irreprochable, haya sido elegido por todo el pueblo” (Tradición Apostólica, de Hipólito, s. III). Tenían como “espíritu tradicional en la Iglesia y en la cristiandad” este principio, olvidado durante siglos, y que hoy se quiere reavivar: “Lo que afecta a todos debe ser aprobado y tratado por todos”.

Pronto los dirigentes se dejaron seducir por la mentalidad mundana. La Iglesia se hizo religión y se abrazó al poder mundano. Quedó claro en el banquete de Constantino a los obispos de Nicea, para clausurar el concilio (año 325). Aquellos obispos se creyeron la “imagen del reino de Cristo” en la tierra (Eusebio, “Vit. Const. III, 15, 21). Fueron convirtiéndose en apoyo y legitimación de los regímenes establecidos. Los emperadores los exaltaron con títulos y prebendas, y ellos llamaron a los emperadores “amigos de Dios” (Eusebio, “Hist. Ecl., X, 9). Los primeros concilios ecuménicos fueron convocados y presididos por emperadores: Nicea (a. 325), por Constantino; Constantinopla I (a. 381), por Teodosio I; Éfeso (a. 431) por Teodosio II y Calcedonia (a. 451) por Marciano. Los obispos, por obtener privilegios, perdieron la libertad del Evangelio. Esa vieja mentalidad sigue siendo considerada por muchos el mejor camino para que triunfe la verdad y el bien. Ahí siguen en solemnes liturgias, en lugares de honor, autoridades civiles y militares, al margen de si son creyentes o no. Ellos ganas popularidad y los eclesiásticos influencia.

El principio electivo debería ser ejemplar en la Iglesia: los hermanos pedirían un determinado servicio a aquel de ellos que crean más cualificado. Sin cargos ministeriales vitalicios. Las comunidades deberían ser invitadas a reflexionar y tomar decisiones sobre los temas que el Evangelio ha dejado a nuestra discreción. Educarnos para esta “democracia” sería un ejemplo para la sociedad. Lutero pedía en el siglo XVI lengua vulgar en la liturgia, cáliz para los laicos, y matrimonio libre para los presbíteros. Una Iglesia participativa ¿hubiera tardado 450 años en conceder sólo las dos primeras peticiones? Mientras siga la estructura actual sin escuchar a quien piensa distinto dentro del Evangelio, los cambios reales son imposibles.

Oración: El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mt 20, 20-28)

Hoy, Jesús, celebramos a tu apóstol Santiago:

meditamos su pretensión familiar de “primeros puestos”;

se te acercó su madre y se postró para hacerte una petición:

           `ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino,

                       uno a tu derecha y otro a tu izquierda´”

 Rotundamente respondes: “no sabéis lo que pedís”:

 les preguntas lo importante de la vida cristiana:

¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?”;

contestan con osadía: “podemos”;

tras reconocer su buena voluntad, les aclaras:

sentarse a mi derecha o a mi izquierda

no me toca a mí, lo tiene reservado mi Padre”.

La sociedad, Jesús, ha progresado en democracia:

nosotros, la Iglesia, más bien hemos retrocedido;

las iglesias primeras eran ejemplo de participación;

decidían las cosas libres e importantes entre todos;

sus dirigentes contaban con la intervención del pueblo;

           proponiendo candidatos y echando a suerte (He 1,26);

acordando todos elegir” (He 15,22).

Actuaban siguiendo tu criterio sobre la autoridad:

Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan

y que los grandes los oprimen.

No será así entre vosotros:

el que quiera ser grande entre vosotros,

que sea vuestro servidor,

y el que quiera ser primero entre vosotros,

que sea vuestro esclavo.

Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido

sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 25-28).

En los primeros siglos viven la sinodalidad decisiva:

- “Que se ordene como obispo a aquel que,

siendo irreprochable, haya sido elegido por todo el pueblo”

(Tradición Apostólica, de Hipólito, s. III);

 - “Desde el principio de mi episcopado determiné

no tomar ninguna resolución por mi cuenta  

sin vuestro consejo y el consentimiento de mi pueblo”

(s. III, Cipriano, obispo de Cartago. Epist. 14, 4).

- Muchos siglos fue “espíritu tradicional en las iglesias”:

“lo que afecta a todos debe ser aprobado y tratado por todos”.

El absolutismo imperial afectó a la Iglesia:

los dirigentes se dejaron seducir por la mentalidad imperial;

la Iglesia se hizo religión y se abrazó al poder mundano;

separan “clérigos” (suerte o lote de Dios) y laicos (pueblo);

el “pueblo de Dios”, no puede decidir en común nada;

y encima osan llamarlos “corresponsables”;

los servidores se eligen a sí mismos,

y se autoconvierten en “señores”;

señorío aún hoy evidente en sus títulos progresivos:

prelados de honor de Su Santidad, reverendos,

monseñores, excelencias, eminencias,

beatitudes, hasta “santidad”.

¡Qué lejos, Jesús, de tu Evangelio!

Inspíranos, Señor, actitudes comunitarias:

la agresividad engendra división antievangélica;

huir y conformarse contradicen tu Espíritu;

necesitamos perseverar en tu exigencia evangélica:

           “no será así entre vosotros”;

así procedió Pablo frente a Pedro:

           “Viendo que su proceder no se ajustaba

a la verdad del evangelio,

dije a Pedro en presencia de todos:

Si tú, que eres judío, vives como pagano y no como judío,

¿por qué obligas a los de origen pagano

a comportarse como judíos?” (Gál 2,11ss).

“soportaré a esta Iglesia hasta que la vea mejor,

y ella tendrá que soportarme a mí

hasta que yo mismo me vuelva mejor”

(Respuesta de Erasmo de Rótterdam, 1467-1536, a Lutero.

Opera omnia, vol. X, pág. 1258).

Queremos, Señor, trabajar el cambio eclesial:

- ser una Iglesia de iguales, “todos revestidos de Cristo:

ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer,

ya que todos somos uno en Cristo Jesús” (Gál 3,27s);

- “estar pendiente de los labios de los fieles;

en cada fiel sopla el Espíritu de Dios” (S. Paulino de Nola, s. IV);

- “aunque es verdad que algunos, por voluntad de Cristo,

han sido constituidos en la Iglesia como… pastores,

no obstante, se da una verdadera igualdad entre todos

en cuanto a la dignidad y a la acción común de todos

para la edificación del cuerpo de Cristo…;

Jesús “en su predicación mandó claramente

a los hijos de Dios que se traten como hermanos” (GS 32);

- que “entre nosotros no exista la tiranía ni la opresión,

sino el servicio y la vida entregada;

igual que tú, Jesús, que no has venido

para que le sirvan, sino para dar tu vida...”

rufo.go@hotmail.com

También te puede interesar

Lo último

stats