Las primeras comunidades recomendaban lo contrario que ahora imponen los dirigentes eclesiales
La relación primera entre ministerios y comunidad cristiana es de modelo a imitar
Las primeras comunidades recomendaban lo contrario que ahora imponen los dirigentes eclesiales
La palabra «clero» proviene del griego antiguo κλῆρος (klēros), que significa «lote», «porción» o «suerte». Ha sido un quebranto eclesial la apropiación del término “sacerdocio” y de la palabra “clero” y su concepto bíblico por parte del ministerio eclesial “ordenado”. La “ordenación” para un servicio se ha constituido en una institución, frente a otra, llamada “laicado” (pueblo de Dios).
Esta mentalidad ha brillado durante siglos. Testimonio claro es la repetida definición de Iglesia de San Pío X: “Esta sociedad es, en virtud de su misma naturaleza, una sociedad jerárquica; es decir, una sociedad compuesta de distintas categorías de personas: los pastores y el rebaño, esto es, los que ocupan un puesto en los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. Y estas categorías son de tal modo distintas unas de otras, que sólo en la categoría pastoral residen la autoridad y el derecho de mover y dirigir a los miembros hacia el fin propio de la sociedad; la obligación, en cambio, de la multitud no es otra que dejarse gobernar y obedecer dócilmente las directrices de sus pastores” (Enc. “Vehementer nos” 11.o2.1906). Gracias a Dios, el Vaticano II lo corrigió y puso en primer lugar al Pueblo de Dios, integrado por los creyentes en Cristo. Pero no se han esclarecido todas las perversiones que el clero ha ido afianzando durante siglos.
Aún no se ha vuelto a la base común cristiana: todos somos “clero”. “Nosotros, como piedras vivas, entramos en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1Pe 2,5). Todos estamos vinculados con Dios a través de Cristo. Todos estamos capacitados para “dar” el don de Dios: su Hijo y su Espíritu. Todos somos pontífices entre Dios y las personas, y entre las personas y Dios.
Los diversos servicios (eso significa la palabra “ministerio”) eclesiales están para servir, para ayudarnos a todos los cristianos a ser mejores “sacerdotes”, mejor “porción elegida”, mejor “pueblo de Dios”. Servicios de presidencia de la comunidad y de los sacramentos, de gobierno, de anuncio del evangelio, de educación en la fe, de atención a los enfermos y necesitados, etc... no pueden ocultar, y menos anular, el “sacerdocio real del pueblo adquirido…”. Algunos servicios están “ordenados” para “modelar y dirigir, confeccionar la eucaristía en la persona de Cristo y ofrecerla en nombre de todo el pueblo...” (LG 10). Pero dicha “ordenación” nos los aparta del Pueblo sacerdotal de Dios. Cuando la Iglesia pierde el sacerdocio común, termina transmitiendo que la “iglesia” es el “ministerio ordenado”. Es la triste historia de la Iglesia católica.
La 1ª carta de Pedro, escrita antes de identificar “Iglesia” con “el clero”, dice a los presbíteros: “pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1Pe 5,2-3).
Merece repensar especialmente esta doble recomendación: a) “No como déspotas con quienes os ha tocado en suerte” (μηδ’ ὡς κατακυριεύοντες τῶν κλήρων: “no como teniendo poder -sin pretender haceros los amos- sobre los cleros -asignados, elegidos-”. b) “Sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (ἀλλὰ τύποι γινόμενοι τοῦ ποιμνίου: “sino siendo -apuntando a, erigiéndoos en- ejemplos de la grey”).
La relación primera, pues, entre obispos-presbíteros-diáconos y la comunidad cristiana es de modelo a imitar. Los “servidores ordenados” deben comportarse como ejemplares miembros de la comunidad. Y después, ser servidores, sin despotismo. Difícil papel cuando los presbíteros son célibes a la fuerza, sin esposa, sin hijos, sin administrar bien su casa. El despotismo clerical está servido. Despotismo que acarrea y es campo de cultivo de infinidad de abusos.
Las primeras comunidades recomendaban lo contrario que ahora imponen los dirigentes: “conviene que el obispo sea irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, sensato, ordenado, hospitalario, hábil para enseñar, no dado al vino ni amigo de reyertas, sino comprensivo; que no sea agresivo ni amigo del dinero; que gobierne bien su propia casa y se haga obedecer de sus hijos con todo respeto. Pues si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1Tim 3,2-5).
Similar orientación manifiesta la Carta a Tito: “Mi intención al dejarte en Creta era que acabaras de organizar lo que aún faltaba por hacer y constituyeses presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di. Que el presbítero sea alguien sin tacha, marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, a los que no quepa acusar de vida desenfrenada ni de ser unos insubordinados. Porque es preciso que el obispo sea intachable, como administrador que es de la casa de Dios; que no sea presuntuoso, ni colérico, ni dado al vino, ni pendenciero, ni ávido de ganancias poco limpias. Al contrario, ha de ser hospitalario, amigo del bien, sensato, justo, piadoso, dueño de sí. Debe mostrar adhesión al mensaje de la fe de acuerdo con la enseñanza, para que sea capaz tanto de orientar en la sana doctrina como de rebatir a los que sostienen la contraria” (Tit 1,5-9).
rufo.go@hotmail.com
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