“No seas como los siervos que sirven al maestro para recibir un salario”
Los servidores de la Iglesia tienen la misma dignidad (Domingo 25º TO A 20.09.2026)
“No seas como los siervos que sirven al maestro para recibir un salario”
Comentario: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 1-16)
Con esta parábola, exclusiva de Mateo, Jesús responde esta pregunta de Pedro: “«Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»” (Mt 19,27). La parábola no habla de todos los seguidores de Jesús, ni del valor de las obras y de la gracia divina. No podría aplicarse a los niños según este texto: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos” (Mt 18,1-4).
La parábola habla de “trabajadores de la viña del Señor”: los que desempeñan una labor en la comunidad hacia fuera o hacia dentro: apóstoles, misioneros, catequistas, diáconos, administradores... “Dejan todo y siguen” la misión, dedicados a curar, a anunciar y explicar el reino, a sostener su estructura misional... Jesús responde que recibirán gran recompensa por sus esfuerzos: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros” (Mt 19,28-30).
Estos “dedicados” a la misión deben tener en cuenta que el amor de Dios no se rige por nuestra justicia, sino por la bondad soberana de Dios. A esto apunta la parábola: Dios ama a todos por igual. Servir en “su viña” no es para recibir recompensa. Esta enseñanza estaba en la Mishná (colección de tradiciones orales judías). Ahí aparece Antígono de Soco (s. III a.C.), sabio judío de tradición farisea. Su única máxima se conserva en el tratado Pirkei Avot (1,3): “No seas como los siervos que sirven al maestro para recibir un salario, sino sed como los siervos que sirven al maestro sin esperar recompensa”.
En la comunidad de Mateo costaba entender la misma categoría y dignidad de diversos servicio, antigüedades y méritos. Como sigue ocurriendo en la Iglesia. Los servidores de la Iglesia, de igual dignidad por el bautismo, han ido elaborando una jerarquía bien distinta por vestidos, títulos (algunos blasfemos), poder, incluso economía. El don de Dios es gratuito. Todos sirven al “Cuerpo” de Cristo, todos tienen la misma dignidad, todos deben poder vivir de modo sobrio y sencillo, ”desterrando de sus cosas toda clase de vanidad” (PO 17).
Un propietario contrata jornaleros.A distintas horas. Con los del amanecer acuerda el jornal: un denario, retribución diaria, considerada entonces justapara sostener la familia. Según costumbre, el jornal se abona al atardecer (Dt 24,15; Tob4,14). El dueño ordena al capataz pagar el denario, empezando por los últimos. Los primeros,testigos de la largueza, sólo ven la diferencia. La discriminación positiva la creen injusta. El dueño les explica su proceder y exige respeto a su libertad. No hay que tener envidia por la bondad ajena.
Comparemos esta parábola con la del hijo pródigo (Lc 15,11-32). El hijo mayor (Lc 15,29-30) y los obreros del amanecer (Mt 20,12) se creen víctimas de injusticia. Simbolizan la percepción de los fariseos al ver a Jesús acoger y comer con publicanos y pecadores. El padre y el dueño de la viña representan a Jesús y al Padre del cielo: actúan por bondad, no por méritos nuestros. Es una crítica de los que hacen cosas para que Dios se las pague. Trabajar el Reino es encontrar felicidad, no acumular méritos. El Reino es don de Dios que nos seduce y realiza aquí y ahora. Dios quiere llenar de vida a todos, sin importarle la hora de su llamada. Demasiada desgracia tienen quienes no perciben dónde está la felicidad. La envidia es señal de que no se está en el reino.
Oración: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 18,15-20)
Esta parábola, Jesús, revisa nuestra vida:
cuestiona nuestra imagen de Dios;
evalúa la calidad de nuestra espiritualidad;
deshace nuestra lógica de la equivalencia;
incita a vivir la lógica de la gratuidad.
Esta parábola ilumina tu camino:
“mis planes no son vuestros planes,
vuestros caminos no son mis caminos” (Is 55,8).
Nuestra justicia es “dar a cada uno lo suyo”:
derechos adquiridos, aunque sean injustos…
Tu Dios se parece al “señor de la viña”:
da a todos su denario para el sustento,
aunque no tengan méritos,
sólo porque Él es bueno (Mt 5,45).
Para Ti y tu Padre, “la dignidad humana
está por encima de todas las cosas;
sus derechos y deberes son universales e inviolables.
Es, pues, necesario que se facilite al ser humano
todo lo que éste necesita para vivir
una vida verdaderamente humana,
como son el alimento, el vestido, la vivienda,
el derecho a la libre elección de estado
y a fundar una familia,
a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto,
a una adecuada información,
a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia,
a la protección de la vida privada y
a la justa libertad también en materia religiosa” (GS 26).
Los profetas intuyen el rostro divino:
Oseas destacó su amor incondicional:
“No actuaré en el ardor de mi cólera,
no volveré a destruir a Efraín,
porque yo soy Dios, y no hombre;
santo en medio de vosotros,
y no me dejo llevar por la ira” (Os 11,9).
Isaías proclama su amor eterno:
“¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,
no tener compasión del hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvidara,
yo no te olvidaré” (Is 49,15).
“Por un instante te abandoné,
pero con gran cariño te reuniré.
En un arrebato de ira, por un instante
te escondí mi rostro,
pero con amor eterno te quiero,
dice el Señor, tu libertador” (Is 54,7s).
Contigo, Jesús de todos,
“se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador
y su amor al hombre,
no por nuestras obras de justicia,
sino, según su propia misericordia” (Tito 3,4).
Tú, Hijo del Padre, nos enseñas:
“Cuando recéis, decid: Padre nuestro…”( Mt 6,9).
“Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas
buenas a vuestros hijos,
¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo
a los que le piden?” (Lc 11,13).
Sólo el corazón del Padre explica esta parábola:
Dios quiere que todos trabajen, tengan vida…;
Dios llena todo corazón con su “denario” de Amor;
Dios nos alegra con su bondad inmensa, sin medida.
Dios pide imitar su amor gratuito:
“amad a vuestros enemigos
y rezad por los que os persiguen,
para que seáis hijos de vuestro Padre celestial,
que hace salir su sol sobre malos y buenos,
y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,44s).
“Sed imitadores de Dios, como hijos queridos,
y vivid en el amor como Cristo os amó” (Ef 5,1s).
rufo.go@hotmail.com
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