Jesús, lleno del Espíritu, avívanos para “ver bajar el Espíritu...”, no apagarlo, superar la ley que esclaviza y adormece, para abrir caminos nuevos...
¿Sobre quién vemos hoy bajar el Espíritu y posarse sobre él? (Domingo 2º TO 18 de enero de 2026)
Jesús, lleno del Espíritu, avívanos para “ver bajar el Espíritu...”, no apagarlo, superar la ley que esclaviza y adormece, para abrir caminos nuevos...
Comentario: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma” (Jn 1, 29-34)
El segundo testimonio del Bautista, “al ver a Jesús que venía hacia él”, incluye dos afirmaciones: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo…” (vv. 29-31), y “he contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él” (32-34).
“Cordero de Dios”, en la teología bíblica, tiene, al menos, tres significados:
a) El de la literatura apocalíptica: Cordero del tiempo final, digno de abrir el libro que juzga la vida. Sería el sentido original del Bautista que creía inmediato el juicio mesiánico (Mt 3, 7.12; Lc 3, 7.17). “El Cordero los apacentará y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas” (Ap 7,17). “El Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes…” (Ap 17,14).
b) Siervo de Dios, intuido por Isaías: sin venganza apocalíptica, ofrecido por todos: “Maltratado, voluntariamente se humillaba, no abría la boca como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca” (Is 53,7). Así lo ven las primeras iglesias: “el pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este: `Como cordero fue llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, así no abre su boca. En su humillación no se le hizo justicia… Su vida ha sido arrancada de la tierra´. El eunuco preguntó a Felipe: «¿de quién dice esto el profeta?, ¿de él mismo o de otro?». Felipe, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús” (He 8,32-35).
c) Cordero pascual: alimenta y libra de la muerte (Ex 12,1-23). Perceptible en símbolos pascuales. La condena al mediodía de la vigilia pascual cuando los sacerdotes degüellan los corderos (Ex 12,6): “Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía” (Jn 19,14). Le acercan un hisopo (Ex 12,22): “sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca” (Jn 19,29). “Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»” (Jn 19,36).
Juan testimonia la presencia permanente del Espíritu en Jesús:
a) “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él”. En Marcos, Jesús “vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma” (Mc 1,10).
b) “Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: `Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo´”. Es el presagio de Isaías: “He puesto mi espíritu sobre él” (Is 42,1). “Posarse sobre él” (μένον: permanecer) expresa permanencia. Lucas la subraya: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando…; volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu… «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido»” (Lc 4,1.14.18). El vínculo entre Jesús y el Espíritu es un dato evangélico indiscutible.
c) “Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”. Eco de la afirmación de Marcos: “Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco»” (Mc 1,11).
La teología hoy más aceptada sostiene que Jesús no es “cordero de Dios” víctima, chivo expiatorio, por nuestros pecados. El Dios de Jesús no es “el Dios de las religiones” que “sin efusión de sangre no perdona” (Heb 9,22). Los evangelios simbolizan el Espíritu de Jesús con una paloma, imagen bíblica del enamoramiento. “Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente. Paloma mía, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz: es muy dulce tu voz y fascinante tu figura” (Cant 2,13-14). “Yo dormía, pero mi corazón velaba. ¡Un rumor…! Mi amado llama: «Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma sin tacha” (Cant 5,2). Esta imagen da entender el Amor del “Dios de Jesús”: amor gratuito. Jesús lo retrata en el Padre del hijo pródigo, que abraza sin ajuste de cuentas.
Esta presencia del Espíritu de Jesús debe ser patente en la Iglesia. “El Espíritu Santo es la Novedad personal en acción en el mundo, la Presencia de Dios-con-nosotros, ‘unido a nuestro espíritu’ (Rm 8, 16). Sin Él, Dios está lejos; Cristo se encuentra en el pasado; el Evangelio, letra muerta; la Iglesia, una simple organización; la autoridad, despotismo; la misión, propaganda; el culto, una evocación; la vida cristiana, una moral de esclavos” (Ignacio IV de Antioquía, al inaugurar la Conferencia Ecuménica de Uppsala, Suecia. 5 agosto de 1968. “Irenikon”, revista ecuménica de la abadía de Chevetogne, Bélgica, n. 42 -1968-, pp. 351-352). El espíritu evangélico debe brillar en la estructura eclesial más que la Ley canónica. En la Iglesia, “el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2Cor 3,17). A esta luz, no caben imposiciones evangélicamente prescindibles (v. gr.: celibato obligatorio).
Oración: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma” (Jn 1, 29-34).
Jesús, lleno del Espíritu Santo:
Juan Bautista “contempló al Espíritu que bajaba sobre ti,
como una paloma” sobre sus polluelos,
trayendo calor de vida, alimento, amor apasionado.
¿Cómo vio Juan al Espíritu bajar y permanecer sobre ti?:
¿Fue una revelación directa de Dios?
¿Fue tu cercanía a los enfermos, a los niños, a las mujeres,
a los marginados sociales y religiosos…?
Juan envió a sus discípulos a preguntarte:
“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”;
Tu respuesta: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo:
los ciegos ven y los cojos andan;
los leprosos quedan limpios y los sordos oyen;
los muertos resucitan y los pobres son evangelizados.
¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!” (Mt 11,3-6).
A tus paisanos de Nazaret les dices algo similar:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor...
Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,18-19. 21).
También a nosotros nos inspira el Espíritu de Dios,
“el que envió a Juan a bautizar con agua”;
también a nosotros se nos da el mismo criterio:
“sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él,
ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Hoy, la sociedad, nosotros, podemos preguntarnos:
¿“sobre quién vemos bajar el Espíritu y posarse sobre él”?
¿lo vemos sobre la Iglesia, sobre sus pastores y fieles?
los creyentes, a veces, “velamos más bien que revelamos
el genuino rostro de Dios y de la religión” (GS 19);
“la Iglesia es la institución que más desconfianza genera
entre el grueso de los jóvenes:
un 40,7% de ellos declara no tener ninguna confianza en la Iglesia;
los jóvenes confían más en la política, la Corona
o las multinacionales que en la Iglesia
(González-Anleo y López-Ruiz, 2017: 43.
Fundación SM en el informe Jóvenes españoles
entre dos siglos. 1984-2017).
Los cristianos estamos agradecidos a la Iglesia:
por darnos tu evangelio, entregarnos tu Espíritu,
por alimentarnos con los signos de tu vida;
por liberarnos de muchas esclavitudes;
por ser buena noticia para necesitados y marginados...
Pero, también reconocemos sus miserias:
se apega a la ley, pase lo que pase;
proclama del evangelio, pero vive del código canónico;
pide democracia, pero no la practica cuando puede;
sigue `haciendo callar´ más que `hacer pensar´;
recela de las comunidades participativas
que respetan las distintas capacidades, vocaciones, carismas...;
mantiene comunidades sin eucaristía, teniendo presbíteros casados;
las mujeres no son sujeto pleno de derechos eclesiales...
Señor Jesús, lleno del Espíritu, avívanos:
para “ver bajar el Espíritu...”,
para no apagar tu Espíritu,
para tener coraje evangélico,
para superar la ley que esclaviza y adormece,
para vivir la fraternidad en las comunidades,
para abrir caminos nuevos, más humanos.
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