Ayúdanos, Cristo nuestro, a sentir hoy tu Espíritu, regalo del bautismo
Vincular nacimiento natural y bautismo no es de Cristo (Bautismo de Jesús 11 enero 2026)
Ayúdanos, Cristo nuestro, a sentir hoy tu Espíritu, regalo del bautismo
Comentario: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3, 13-17)
Celebramos otra epifanía o manifestación de Jesús. Entre esta epifanía y la del seis de enero median unos treinta años. Litúrgicamente es tiempo de Navidad, pero no tiene nada que ver con el ciclo vital de la Navidad de Jesús. Vincular nacimiento y bautismo no es de Cristo. Hoy es el primer domingo del Tiempo Ordinario. El Calendario Litúrgico-Pastoral: “además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan 33 o 34 semanas en el curso del año, en las cuales no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, sobre todo los domingos. Este periodo de tiempo recibe el nombre de tiempo ordinario”. El Bautismo es el inicio del “misterio de Cristo en su plenitud”. El próximo domingo es el 2º domingo del tiempo ordinario.
Esta experiencia bautismal se narra con elementos de las teofanías del Antiguo Testamento. “Salió del agua” recuerda el éxodo, en el que, según Isaías, “el espíritu del Señor los condujo a su reposo” (Is 63,14). “Se abrieron los cielos” alude a la reanudación de la comunicación divina: “¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!” (Is 63,19). El descenso tierno de la paloma sobre sus polluelos retrata la “dulce” presencia del Espíritu, de forma estable: “vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él”. “Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»”. Esta “voz del cielo” vincula la teofanía de Jesús con el salmo 2,7: “Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy” y con el siervo de Isaías 42,1: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él…”.
No sabemos cómo fue históricamente la toma de conciencia de Jesús sobre su identidad y misión. Se enmarca en su desarrollo vital: “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52). Los textos proféticos orados por Jesús, la vida del Bautista, la experiencia bautismal del propio Jesús, y la madurez de los treinta años, despertaron la “conciencia clara” sobre su identidad y misión. En su bautismo se manifiesta la conciencia de Jesús de que Dios le envía a intimar el Amor de Dios y el modo de vida que responde a la naturaleza humana. Marcos sitúa la detención de Juan como la gota que desborda el vaso del Espíritu: “después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios” (Mc 1,14).
El Vaticano II, en el nº 22 de Gaudium et Spes, resume la misión de Jesús:
“Cristo nuestro Señor, en la revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el ser humano al propio ser humano, y le descubre la sublimidad de su vocación... En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo ser humano. Trabajó con manos humanas, pensó con inteligencia humana, obró con voluntad humana, amó con corazón humano…
En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de toda esclavitud, por lo que podemos decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gál 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.
La persona cristiana, conformada con la imagen del Hijo, el Primogénito entre hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rm 8,23), las cuales la capacitan para cumplir la ley nueva del amor… Esto vale para todos los humanos de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema humana es una sola, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual…” (GS 22).
La Iglesia acepta que los niños sin bautizarse van al cielo. El bautismo requiere la “iluminación” de Jesús y la aceptación de su misión. Aceptar el don del Espíritu, simbolizado en el agua que limpia y empapa, y optar por hacer realidad el reino de Dios, sólo se hace con conocimiento y libertad. Decir que Dios tiene la iniciativa y su amor es gratuito y previo (lo cual es verdad respecto del don de la vida y de su voluntad salvadora universal), para justificar el bautismo infantil, sin conocimiento y libertad, no puede aceptarlo hoy una persona medianamente ilustrada. “El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado” (Mc 16,16); “¿Qué dificultad hay en que me bautice?». «Dijo Felipe: Es posible si crees de todo corazón: Respondiendo él, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios»” (He 8,36s). ¿Puede la “fe de la Iglesia” suplir la fe personal? ¿Es honesta la pregunta y la respuesta: “al pedir el bautismo para vuestros hijos, ¿sabéis que os obligáis a educarlos en la fe...?”? La unción del Espíritu no será verificada sin la aceptación consciente y libre de la fe en Jesús y su reino. Los que no creen tendrán sus razones para no creer. No podemos juzgarles porque no somos Dios. “Dejemos a Dios ser Dios”. Creamos de verdad que siguiendo a Jesús nos realizamos plenamente.
Oración: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3, 13-17)
Empecemos considerando estos hechos:
“De mi bautizo sólo sé que mi madre no estuvo, porque estaba enferma; los padrinos fueron mis tíos, que nunca los vi en la iglesia; mi padre le dijo al cura que no me echara tanta agua fría”.
“En las charlas del bautismo de mi hijo, el cura nos dijo que sólo los cristianos deberían bautizar a sus pequeños. Para ser cristianos había que `conocer la enseñanza de los apóstoles, sentir comunión fraternal, participar de la fracción del pan (eucaristía) y en la oración´ (He 2,42. Todos nos callamos. Nos bautizó a los niños, sin problema”.
“Mi padre quería que mi padrino fuera su amigo musulmán. El cura le dijo que tenía que ser un bautizado, modelo de cristiano, una especie de aval para cuidar mi educación cristiana. Por fin, fue padrino mi tío, presentando un volante de Confirmación”.
“Me convertí al cristianismo cuando bauticé a mi hijo. Nuestro cura organizó un catecumenado de adultos para preparar a padres que pedían bautizar a los hijos. Aceptamos quince matrimonios. Fue como abrirnos los ojos y empezar a creer. Estos catecumenados han revitalizado la parroquia”.
Hoy, Jesús, contemplamos el inicio de tu misión:
habías oído la llamada de Juan Bautista al cambio de vida;
solidario, te pusiste en la fila de los pecadores,
para compartir el abrazo gratuito de Dios.
Saliendo del agua, vives una experiencia singular:
en lo profundo sientes la presencia de Dios;
experimentas que su Espíritu baja como una paloma;
y se posa sobre ti y te envuelve la ternura del Padre;
oyes en lo profundo la voz de su Amor:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Tu fe en el Padre se expresa y crece con fuerza:
te haces más consciente de tu misión;
te sientes enviado a los caminos de la vida:
“yo no vengo por mi cuenta,
sino que el Verdadero es el que me envía;
a ese vosotros no lo conocéis;
yo lo conozco, porque procedo de él
y él me ha enviado” (Jn 7,28-29).
Envío, Jesús, que intimas a los que te creen:
«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
«Recibid el Espíritu Santo...” (Jn 20,21s).
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos,
bautizándolos en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo;
enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el final de los tiempos». (Mt 28,18-20).
Muchos no fuimos conscientes en aquel momento:
pero lo hemos revivido muchas veces en la vida:
en la primera comunión,
en la Confirmación,
en la vigilia pascual de cada año,
incluso en las eucaristías.
Hoy, al recordar tu bautismo, renovamos el nuestro:
hace muchos años que se viene repitiendo esta frase:
“la vida cristiana no es más que un bautismo continuo”.
cada momento podemos invocar el amor del Padre,
tu compañía fraternal, Hijo del Padre,
la luz y fuerza del Espíritu, “dulce huésped del alma”.
Queremos, Jesús hermano, sentirnos hijos del Padre:
habitados por su amor, su luz y su fuerza para hacer el bien;
capacitados para unir la vida con tu amor:
“somos un sacerdocio real” (1Pe 2,9);
“has hecho de nosotros para nuestro Dios
un reino de sacerdotes” (Ap 5,10);
“enviados a anunciar el reino de Cristo y de Dios
e instaurarlo en todos los pueblos;
somos en la tierra el germen y el principio de ese reino” (LG 5).
Ayúdanos, Cristo nuestro, a sentir hoy tu Espíritu,
el regalo de nuestro bautismo.
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