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Un prestigisoso abogado pasa su confinamiento esculpiendo la imagen de Cristo crucificado
Pasa las horas de su confinamiento esculpiendo una imagen de Cristo crucificado en el estudio de escultor que posee, mas su profesión habitual es la abogacía. Es uno de los abogados más prestigiosos de Valencia, pero cultiva las bellas artes por naturaleza genética. Es totalmente renacentista, domina distintas disciplinas. Siendo también un buen escultor, sin ejercicio, lo que más me agrada de él es su faceta literaria, la poesía. Un poeta consumado, pura poesía espiritual, personal y social, profunda, vivencial.
Cuatro días antes de que el Gobierno decretara confinamiento general, él, sabiendo de las noticias que llegaban por todas partes, se auto confinó. No esperó que ningún decreto tardío le dijera cuál era su obligación y responsabilidad. La clausura, él, un hombre de sentimientos y convicciones católicas arraigadas, la ha aprovechado para ejercer el oficio de la labra de un Cristo, que en mi parecer le está saliendo precioso. Como muchos otros que ha hecho a lo largo de los tiempos de ocio de su historia, avanzado siempre en las formas y estética.
El de ahora podría ser el Cristo del Coronavirus, porque al tiempo que va hincando sus dedos en la arcilla, reza. Sabe de la gravedad de la epidemia y el esculpido es como un rezo, una plegaria profunda y detallada. Marca con nitidez el dolor del crucificado, lo hace expresivo, estético, pero dolorido. Le insinúo el nombre de Cristo del Coronavirus para su nueva obra, pero ataja enseguida: “Cristo de la Misericordia. ¿Qué otra cosa podemos pedir ahora?” Contundente respuesta, no podía encontrar advocación mejor.
Pensaron igual anteriores generaciones en sus devocionales cristológicos. De cuando el arzobispo (san) Juan de Ribera en el siglo XVI llenó de Cristos los pueblos valencianos, bautizados por los fieles con sus nombres específicos. De la larga lista cristológica, los nombres que más abundaron fueron Cristo de la Fe, de la Providencia y de la Misericordia. Perfecta la de la Misericordia en este tiempo de coronavirus, Cuaresma y Semana Santa.
Carlos Verdú Sancho es Caballeros de la Orden Ecuestre Pontificia del Santo Sepulcro de Jerusalén. El día que habló con él llega la noticia de que lo han cerrado. Sus custodes musulmanes han cerrado a la gente la basílica por el coronavirus. Lo más importante de Jerusalén, el sepulcro vacío, porque resucitó Jesús, está cerrada, hecho que no ocurrió nunca desde 1349. No se sabe cuándo volverá a abrirse.
Continúa, en el silencio de su estudio, la meticulosidad de su hacer. En esta ocasión no va a ser una cruz moderna, avanzada, abstracta, será un Cristo dolorido, muy expresivo, un Cristo clavado en la Cruz, al que él implora fuerza para el personal sanitario y misericordia para todos. Una singular manera de orar, persistente y continuada, con fuerte fe, devoción sincera e intensa. Le tiene cerca, en sus manos, le insiste. Se nota el calor y el afecto cómo va surgiendo de sus dedos trenzando las arcillas. Su esculpido es una bella y larga oración que recuerda el poema, cadena de sonetos, que Miguel de Unamuno dedicado al Cristo de Velázquez.
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