"¿Nos veremos en Galilea? Volver a Galilea es la tarea de la Iglesia toda" Baltazar Porras: "Tampoco la Iglesia puede seguir igual después del COVID-19"

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"El COVID-19 ha puesto de manifiesto los rotos y descosidos del mundo. ¿Podemos resucitar en medio de una pandemia?"

"La postura más cómoda es la huida. Toca, sin embargo, actuar como las mujeres la madrugada del domingo, cuando corrieron presurosas al sepulcro, vieron que estaba vacío, y “creyeron” que su Señor estaba vivo"

"Hay que mirar hacia adelante, regresar a Galilea es asumir el pasado para frecuentar el futuro. Hay que diseñar planes de contingencia, que han sido anunciados desde Aparecida y Evangelii Gaudium"

¿Podemos resucitar en medio de una pandemia? Me extraña escuchar que atravesamos por una Semana Santa insólita, inédita. Me parece que perdemos el sentido de la historia porque vivimos el presente, agitados, sin perspectivas, sin pensar, como si todo se consumiera en un instante. Nos olvidamos que después del diluvio, o al terminar el paso del mar Rojo, o al volver del exilio babilónico, con sentidos distintos de la historia, hubo necesidad de cambiar. No podíamos seguir viviendo como antes.

La postura más cómoda, ayer como hoy, es la huida, regresar a las ocupaciones ordinarias, como los discípulos de Emaús, porque las ilusiones puestas en Jesús se desvanecieron o no acertamos a encontrarlo presente en nuestras vidas. Toca, sin embargo, actuar como las mujeres la madrugada del domingo, cuando corrieron presurosas al sepulcro, vieron que estaba vacío, y “creyeron” que su Señor estaba vivo y los esperaba a todos en Galilea. Necesitamos, pues, volver a la Galilea de nuestras propias vidas para darnos cuenta de que a pesar de nuestros fallos y contradicciones, y animados por nuestros logros, ahora todo tiene otro cariz, el del amor que nos pide difundirlo con esperanza a nuestro alrededor.

Me llama la atención, en efecto, que el COVID-19 ha puesto de manifiesto los rotos y descosidos del mundo de hoy. Los cuestionamientos y exigencias de cambio de rumbo no dejan títere con cabeza. Políticos, financieros, empresarios, economistas, científicos y eclesiásticos somos puestos en tela de juicio y se nos pide cambiar o renunciar. Salen a tomar carta de ciudadanía, y con cuánta razón, los olvidados del mundo: los enfermos, los pobres, los sin techo, los inmigrantes, los trabajadores marginados, las mujeres discriminadas. En fin, los sin voz, quienes se vuelven grito clamoroso que resuena en el silencio de un mundo que los había descartado.

Hasta los pensadores y filósofos que catalogábamos de ateos y contrarios a lo religioso, aparecen citados por analistas de hoy, dándole la razón a algunos de sus críticos postulados sobre la sociedad moderna. ¿Somos nosotros los equivocados? Las iglesias, y en particular la nuestra, ha venido siendo objeto de fuertes críticas desde el propio patio y desde afuera. El marginamiento que está de moda, pues lo trascendente no interesa o a lo más hay que dejarlo a lo íntimo de la conciencia de cada quien, aflora como un elemento que parece tener relevancia en tiempos de crisis. ¡Qué paradoja, si bien hay que discernir si se trata de marginamiento por insignificancia propia o porque el mundo no soporta la profecía que cuestiona!

Jesucristo resucitado

Desde dentro, diversos grupos ponen en tela de juicio, por ejemplo, los pronunciamientos y gestos del Papa Francisco. Se llaman católicos y practicantes, hijos devotos de la Iglesia y de sus pastores, de todos, menos del actual. Molesta que saque a relucir “los trapos sucios” o que con desparpajo señale los defectos que hay que corregir, en el papado inclusive y hasta el último de los bautizados. Desde fuera, la descalificación viene de grupos a quienes les toca sus intereses, afirmando ellos, que se mete con temas que no son de su competencia. La ecología o la justicia social y la solidaridad en las relaciones sociales, con sus implicaciones respecto a la vida, son tildadas de extremismos con sabor a comunismo, anticapitalismo, o sencillamente ignorancia de las leyes del mercado. Parece que los señalamientos de conversión global predicados por el papa venido de lejos, toman resonancia en momentos como los actuales, en los que la visión profética salta a la vista de lo que no queríamos creer o admitir.

Pero, con todo, no hay que mirar al pasado para buscar culpables. Hay que mirar hacia adelante, regresar a Galilea es asumir el pasado para frecuentar el futuro, con el ingrediente nuevo que lo hace luminoso: el Señor resucitado. Es un nuevo Tabor que invita a salir y no a hacer tiendas para quedarse en la simple contemplación. Tampoco la Iglesia puede seguir igual después del COVID-19. El discernimiento, el examen de conciencia, la necesidad de planificar el futuro, es tarea también de la institución eclesial y de cada uno de los bautizados. No se puede esperar. La cultura del descarte, en un mundo donde rige la economía e impone sus leyes, exige desacelerar el bienestar consumista que margina a los más pobres. Este después ya empezó a mostrar que va a ser un después trágico, -nos dice Francisco-, un después doloroso, por eso conviene pensar desde ahora. Se ha organizado a través del Dicasterio del Desarrollo Humano Integral una comisión que trabaja en esto y se reúne conmigo.

Hay que diseñar planes de contingencia, que han sido anunciados desde Aparecida y Evangelii Gaudium, pero en buena parte, se han quedado en el tintero. Asombra la capacidad de cercanía, el arrojo en el servicio al necesitado, la creatividad que parecía dormida, en tantos agentes pastorales. No sólo dejan la vida los misioneros que son masacrados en diversas partes del mundo. Son muchos los que están muriendo en esta pandemia, dando la vida con alegría en actitud samaritana. Por supuesto que no debemos dejar ausentes a los “santos de al lado”, a tantos otros, que no sabemos en qué o quién creen o no, pero en quienes la solidaridad y el amor a la vida del prójimo les está arrancando la suya.

Volver a Galilea es la tarea de la Iglesia toda. Hacer memoria de los que nos precedieron, muy en particular de Jesús de Nazaret, su vida, obras y palabras, y de nosotros mismos, en ese ir y venir que ha permitido ser luz y sal a lo largo de dos milenios. Con luces y sombras pero con la certeza de que volver a Galilea es el llamado a recobrar el vigor de la vocación primera a la que fuimos llamados sin mérito alguno, y necesita ser repotenciada, en el hoy de nuestra sociedad herida y enfrentada a desafíos mayúsculos, para seguir siendo esperanza de salvación y de trascendencia. La Iglesia también tiene que resucitar.

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