"Sigue siendo su estela rayo de luz para nuestro tiempo" Centenario del cardenal Pironio, profeta de la esperanza

Cardenal Eduardo Pironio, "da nostalgia de no poder contar más con él sobre la tierra"
Cardenal Eduardo Pironio, "da nostalgia de no poder contar más con él sobre la tierra"

“Recordar a Pironio, el amigo de Dios, da nostalgia de no poder contar más con él sobre la tierra, verdadero amigo de todos los hombres y conmemorar, haciendo actual su vida que se trasluce en sus escritos"

"A la edad de once años, en 1932, Eduardo entró en el Seminario de San José de La Plata donde recibió excelente educación académica y espiritual. La disciplina que allí bebió le dio a su vida un ritmo y orden que conservó siempre"

"En condiciones nada fáciles, fue nombrado en 1967 administrador apostólico de Avellaneda, y a finales del mismo año, Secretario General del CELAM siendo uno de los protagonistas de la segunda conferencia general del episcopado latinoamericano en Medellín (1968)"

"El desafío de poner en marcha las reformas conciliares eran grandes en un continente de injusticia, miseria y hambre. En 1972 le fue confiada la diócesis de Mar del Plata, y poco después, en Sucre (Bolivia) fue elegido presidente del CELAM"

"Es deber de justicia y de caridad que la iglesia latinoamericana celebre su centenario porque sigue siendo su estela, rayo de luz para nuestro tiempo, profeta de la esperanza"

Eduardo Pironio fue el último de los 22 hijos que procrearon Giuseppe y Enrichetta Pironio, emigrantes italianos llegados a Argentina en 1898. Nació el 3 de diciembre de 1920, por lo que este año se conmemora el centenario de su venida al mundo. Sus padres se establecieron en Nueve de Julio en medio de la pampa. De larga y profunda fe, Eduardo recibió desde el hogar las enseñanzas cristianas y la confianza en la Virgen de Luján. A la edad de once años, en 1932, Eduardo entró en el Seminario de San José de La Plata donde recibió excelente educación académica y espiritual. La disciplina que allí bebió le dio a su vida un ritmo y orden que conservó siempre. Fue ordenado sacerdote el 5 de diciembre de 1943, y recibió el encargo de ser formador de los futuros sacerdotes. Profesor de literatura y latín, de filosofía y de teología en el Seminario de Mercedes. Fueron años difíciles en el mundo, con la segunda gran guerra en desarrollo, y por la situación convulsa de Argentina que llevó a Perón al poder.

Enviado a estudiar en el Angelicum de Roma, a mediados de los años 50, le ayudó a profundizar en su amor a la biblia, a los santos padres y a crecer en una espiritualidad serena y profunda que lo acompañó siempre. Sus lecturas de Chenu, De Lubac, Danielou, Congar, teólogos que años más tarde serían los abanderados del Concilio Vaticano II le dieron ese sello de reflexión teológica, espiritual y pastoral que plasmó en sus escritos y en su vida ministerial. En 1958 fue nombrado vicario general de la diócesis de Mercedes. En 1960 el cardenal Caggiano lo nombró rector del Seminario de Buenos Aires, y en 1962 formó parte de la delegación argentina a la apertura del Concilio. En marzo de 1964 el papa Pablo VI lo nombró obispo auxiliar de La Plata recibiendo la ordenación episcopal en el Santuario de Luján. Participó, pues, en las dos últimas sesiones conciliares. En condiciones nada fáciles, fue nombrado en 1967 administrador apostólico de Avellaneda, y a finales del mismo año, Secretario General del CELAM siendo uno de los protagonistas de la segunda conferencia general del episcopado latinoamericano en Medellín (1968). El desafío de poner en marcha las reformas conciliares eran grandes en un continente de injusticia, miseria y hambre. En 1972 le fue confiada la diócesis de Mar del Plata, y poco después, en Sucre (Bolivia) fue elegido presidente del CELAM.

Fue invitado a predicar los ejercicios espirituales al Papa y a la Curia romana en 1974, mientras la situación argentina se hacía complicada con la dictadura militar. En septiembre de 1975 fue llamado a Roma para estar al frente de la Congregación para los Religiosos, y en 1976 fue elevado a cardenal. Logró llevar adelante con tino y finura situaciones complejas que presentaba en aquellos años la vida consagrada, y en 1984, Juan Pablo II lo puso al frente del Pontificio Consejo para los Laicos, cargo que ocupó hasta su muerte. Ese mismo año se le descubrió un tumor que lo hizo sufrir mucho pero no le impidió tener el mismo vigor y entrega que antes. Fue promotor de las jornadas mundiales de la juventud. En 1997, durante el Sínodo de América, se agravó y pocos meses más tarde, en febrero de 1998 entregó su alma al creador. Sus restos reposan en Luján, lugar de su devoción mariana.

“Recordar a Pironio, el amigo de Dios, da nostalgia de no poder contar más con él sobre la tierra, verdadero amigo de todos los hombres y conmemorar, haciendo actual su vida que se trasluce en sus escritos, diseminados a lo largo de su ministerio pastoral y episcopal, marcando el camino de Jesucristo a través de la amistad como medio para ir seguro hacia Dios con los hermanos” (Bergoglio).

Es deber de justicia y de caridad que la iglesia latinoamericana celebre su centenario porque sigue siendo su estela, rayo de luz para nuestro tiempo, profeta de la esperanza. Su causa de beatificación está en marcha, y su ejemplo es hito señero del episcopado de nuestro continente de todos los tiempos.
8.- 17-2-2020 (407 1)

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