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El 23 de abril

Símbolos, realidades, retos. Desde un horizonte filipino

San Jorge matando al dragón, Escuela de las Islas Jónicas, Grecia. Siglos XVII-XVIII. Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba
San Jorge matando al dragón, Escuela de las Islas Jónicas, Grecia. Siglos XVII-XVIII. Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba

Siempre me han fascinado las epopeyas en que el héroe vence a un monstruo o una bestia. Dos obras literarias, a mi juicio, destacan en este sentido, a saber, Moby Dick de H. Melville y El viejo y el mar por E. Hemingway. Obras que me vienen acompañando desde mis años de adolescente. Obras con las que he intentando buscar el sentido de mi vida, con que he intentado orientarla, siendo el vencimiento de la bestia como norte, descubriendo a la vez que no hace falta buscar al monstruo, al enemigo, al reto lejos de mí o fuera de mí. Pronto descubrí que he de vencerme a mí mismo. Soy el monstruo. Soy mi peor enemigo.En esto sigo. ‘Luchando con delirio’, como refiere el vate trágico filipino antes de entregar su alma en el cadalso con el rostro dirigiéndose al sol naciente. Tras reflexionarlo mucho, he descubierto que el delirio en sí mismo es lucha.

             Hoy, memoria optativa de san Jorge, me viene a la mente aquel santo guerrero y mártir, vencedor del dragón. El dragón o serpiente presente en las imágenes de la Virgen o de san Miguel que han marcado mi infancia y que siguen marcando mi espiritualidad personal representa para mí el reto que es la vida.

             A veces los dragones no son malos en sí por lo que no es preciso vencer o matarlos. Hay ocasiones solo hace falta ‘domesticarlos’, como hiciera el Principito de Exupery con el zorro. A esta categoría pertenecen Dragonite de Pokemon, Smaug en el Hobbit, Puff el dragón mágico, Mushu de Mulán, Shenron de Dragón Z, Falkor de la Historia interminable, etc.

             Aunque he comenzado con san Jorge y su dragón no es esta una reflexión sobre los dragones sino sobre lo que simbolizan: las luchas, los retos.

Un poco de historia: Castilla y León, la mancomunidad hispana y los comuneros

             La vida se caracteriza por la lucha, como todos bien sabemos.

             Tras haber vivido una parte significativa de mi vida estudiantil en Salamanca, en Castilla y León, el día 23 de abril es fiesta oficial de esta comunidad autónoma. En sus piedras se respira el olor del mito transmitido como poesía o, mejor dicho, poiesis o el proceso continuo de la creación o recreación hasta el punto de la autoconfiguración de sí misma de una comunidad, de un pueblo, de una nación o de una mancomunidad de naciones, en este caso, el mundo hispano del que forma parte mi querida Filipinas.

             El día 23, desde mis años salmantinos, ha venido representando para mí una búsqueda frenética de la autojustificación, con eje axiológico.Una comunidad es un constructo que descansa sobre unos valores muchas veces abstractos o extraídos de las realidades de la vida, quedándose en lo simbólico o en ese afán de representar siempre arbitrariamente no la realidad en sí misma sino nuestras frustraciones, nuestros fracasos con respecto a esta misma realidad. Es decir, quedamos en los ideales envueltos en un mundo abstracto político pero consagrado por el consenso en el sentido de que todos o casi todos comparten estos ideales al menos en la imaginación, en la expectativa, en la esperanza.

             Es, simplemente, una lucha incesante.

             También un 23 de abril, en Villalar, provincia de Valladolid, dentro de lo que hoy es Comunidad Autónoma de Castilla y León tuvo lugar el aplastamiento del levantamiento de los comuneros contra el rey Carlos I. Se levantaron contra el rey por la alta presión fiscal, los extranjeros en cargos públicos y la falta de respeto a los fueros. Un rey y emperador lejano de su pueblo venció no permitiendo que su pueblo, que vivían de cerca los problemas de la realidad cotidiana, tuvieran una voz por medio de los concejos con que podía haberse logrado el adviento de la democracia durante aquella incipiente modernidad. Ese rey y emperador lejano era, en efecto, un símbolo lejano. Su victoria inició una modernidad que conservaba los elitismos y las distancias.

             A mi juicio, este levantamiento era una lucha por la cercanía a los hechos, en contra de las distancias simbólicas que son manipuladoras de realidades, falsificadores idealistas e incluso irreales. Lo más llamativo era que el rey o emperador simbólico y lejano mediara su victoria por personas más ‘cercanas’ a las masas, es decir, los nobles con sus caballerías y los lansquenetes germánicos. De verdad, era, dicho orteguianamente, ‘una rebelión de las masas’.

             Pero de otro tipo de masas: unas que querían la cercanía, borrando las distancias, haciendo que la cultura no sea elitista para que hubiera una modernidad mañanera, una verdadera alba. Mas el resultado era la ‘Tibetización de Castilla’. Castilla acabó mirándose en el ombligo. Se encerró en sí misma.

Fecha simbólica, apertura del Tibet

             El 23 de abril es también fecha simbólica de la muerte de Cervantes. En realidad, este murió un 22 de abril en el año 1616. Pero hicieron coincidir su muerte con la de Shakespeare, ocurrida el 23 de abril de 1564 para la celebración del Día del Libro.

             Dos escritores cumbre de dos lenguas, dos culturas, dos imperios. En mi caso filipino, estas dos lenguas son los verdaderos conquistadores y ‘dadores’ de la cultura, pues soy de cultura hispana e inglesa. Estas dos lenguas las había comenzado a usar antes del tagalo de la Manila que me vio nacer.

             Con estas lenguas vencí el silencio que era la falta de cultura. Era mi acceso al mundo, a la realidad. El lenguaje vive de lo simbólico. Tiene una función simbólica pero es mediación, es contacto íntimo con la realidad para que no nos alejemos de ella, construyendo una red de experiencias compartidas, comunes, convencionales para que podamos construir un mundo mejor.

             Con el lenguaje nos abrimos, luchamos contra el aislamiento. Su discurso más duradero, más potente, para mí, no fueron las conversaciones o los diálogos que pronto se borran, se olvidan, se descartan.Para mí su conducto más potente, más potente, más duradero fueron o son los libros.

             Con los libros, con que se concretizan el aprendizaje, vencemos al dragón de la ignorancia, de la incultura. Salimos de nuestro Tibet. Construimos una verdadera comunidad, más allá de lo simbólico.

             Pero esto supone una lucha continua que va más allá de fechas simbólicas o conmemorativas. 

             El lenguaje es una lucha, una batalla continua consolidada con libros. Estos no son armas sino que son alimento, pan o arroz de cada día para luchar no por territorios o privilegios sino por la cultura que es la vivencia de cultivar la vida juntos para todos. No solo para el presente sino también para las generaciones venideras.

Un 27 de abril en Filipinas: la idea de la nación y la mancomunidad

             Podía haber sido un 23 de abril pero ocurrió un 23 de abril. Me refiero a la muerte de Magallanes en 1521 en manos de las indígenas en la isla de Mactán, ahora parte del país llamado Filipinas.

             Fue el primer contacto, que se sepa, entre Europa y estas gentes; el comienzo de un encuentro aunque en aquel momento de derrota de las fuerzas europeas no permitió el asentimiento europeo o español en estas islas.

             El reyecuelo y su tropel de indígenas mataron al dragón Magallanes. Suya fue la victoria. Las tropas sobrevivientes tuvieron que huir.

             Pero desde aquel momento, frente al hombre blanco, frente al extranjero o forastero, frente al otro, se despertó la noción de nación, de nosotros frente al mismo reto que se abre en un horizonte que siempre se mueve, se cambia, se transforma. Un horizonte en constante proceso de desaparición para que aparezcan nuevas fronteras, nuevos retos.

             Todo es reto. Todo es cuestión de luchar contra el dragón.

             En Filipinas, con sus incontables problemas, hemos de luchar contra el dragón o el monstruo multicéfalo cuyas cabezas son estas dinastías que nos matan y roban pero que siguen siendo unos imanes que nos atraen hasta llevarnos y ahogarnos en su vórtice.

El naufragio constante y continuo no es solo simbólico en la realidad filipina. De hecho, durante la estación de los monsones vivimos problemas constantes con las riadas e inundaciones. Y para más inri, los fondos para controlar estos fenómenos han sido robados por muchos de nuestros políticos y sus secuaces. La corrupción, amén de la violencia, son los dragones multicéfalos más temidos de mi tierra.

             En el mundo abundan monstruos de este tipo. Hemos de derrotarlos juntos. Y ahora, ha asomado ante nuestro horizonte, el dragón de la guerra con caudillos que son agentes del anticristo o son el mismo anticristo con sus numerosas cabezas.

             Volvamos a la epopeya de san Jorge. No para vivir en su leyenda pero para seguir leyendo, es decir, seguir luchando. Y esto consiste en ir más allá de lo simbólico, buscando medidas, mediaciones, medios para acercarnos a la realidad no solo para percatarnos de la dureza de vivirla sino para poder disfrutarla al máximo, como las lecturas, como los ensueños con que se construyen torres que se pierden en las nubes sino puentes que nos acercan a los valores compartidos de mayor humanidad en esta época de crímenes de lesa humanidad.

             Todos, en realidad, somos una nación, una mancomunidad. Tenemos los mismos dragones. Con la diplomacia podemos domesticarlos. Con la astucia podemos conquistarlos. Con la indiferencia y el egoísmo nos convertimos en ellos. Con la codicia, nos comerán.

             O, mejor dicho, nos convertimos en lobos. ‘Homo hominis lupus’, como refiere Hobbes.

             Pero, incluso, como en el caso de los dragones hay lobos que son ‘amables’ pero no los que se disfrazan de corderos que abundan en nuestras iglesias. De verdad, los retos nunca mueren. Son el horizonte de nuestra realidad, más allá de lo simbólico. Los retos son una constante llamada a vivir, recordándonos que la lucha sigue.

                          

             

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