Sin. 50 años después de su elevación al cardenalato

Revisitando el significado de la elevación al Sacro Colegio de un hombre pragmático que gobernó la sede manileña durante casi tres décadas

El recién llegado a Manila brindando.  Mons. Jaime Sin, el nuevo arzobispo de Manila, rodeado de sus obispos auxiliares en 1974
El recién llegado a Manila brindando. Mons. Jaime Sin, el nuevo arzobispo de Manila, rodeado de sus obispos auxiliares en 1974 | Maria D.

El 24.05.1976, el papa (ahora, santo) Pablo VI creía a Mons. Jaime Sin Lachica (1928-2005), arzobispo de Manila de 1974 a 2003, cardenal presbítero de Santa María ai Monti. Era el tercer purpurado filipino y en aquel tiempo, el más joven del mundo con solo 47, 7 años. Era la misma promoción de ‘pesos pesados’ en el escenario eclesiástico global como el ahora beato Eduardo Pironio de Argentina, William Baum de los EE.UU., Juan Carlos Aramburu de Argentina,  Francisco Tomasek de Praga (in pectore). Era el penúltimo consistorio del papa Montini. Quizá el de 1977 era el más célebre de todos sus consistorios, pues en el mismo uno de sus purpurados le sucedió en la Cátedra Petrina (Joseph Ratzinger).Lo mismo puede decirse del 1967, pues en ese año recibió el birrete cardenalicio Karol Wojtyla.

             Sea lo que fuere, en su país el Cardenal Sin era una celebridad. Se hablaba de él, sin fundamento, de ‘papabile’ o un hombre que casi llegó a ser papa, dada la propensión filipina de exagerar la importancia de personas o cosas de su propio país frente al mundo. Es la mentalidad irremediable de una pequeña nación cuyos vecinos son unos verdaderos colosos.

             Al Cardenal Sin, o el Cardenal ‘pecado’ —puesto que el apellido Sin, chino de origen, en inglés significa pecado—, se le trataba como un verdadero ‘príncipe de la iglesia’ en una sociedad e iglesia marcadas por las desigualdades, sobre todo en aquella época de la Ley Marcial de Marcos, padre. Un período marcado por la violencia y la corrupción que duró hasta 1986, cuando aquella ‘revolución’, que solo era un cambio de régimen, promovida por el mismo Cardenal Sin, junto con otros, expulsó del poder a los Marcos.

             Sin, que había sido arzobispo en el sur de Filipinas, en Jaro, llegó a la capital filipina en 1974. Asistió a su toma de posesión de la sede manileña la entonces primera dama, Imelda Marcos. Esta, una amiga personal con el otro cardenal filipino de entonces Julio Rosales de Cebú quien había sido su párroco, quería ganarse la amistad y la colaboración del recién llegado, pues el régimen, aquella dictadura conyugal, expresión esta de un excolaborador íntimo de los Marcos que se apartó del régimen publicando un libro e 1976 que reveló la verdad oscura del mismo, necesitaba la bendición pública de la iglesia.

             No tardaron en producirse las primeras tensiones entre el régimen y el prelado Sin. El 24.08.1974, el régimen realizó una redada en el Noviciado Jesuita del Sagrado Corazón en Novaliches, que entonces se encontraba dentro del territorio de la archidiócesis. Alegaban las fuerzas militares de Marcos que dicho noviciado se utilizaba como escondite de fuerzas comunistas. Los militares arrestaron al P. José Blanco, acusando a este de ser secretario general del partido comunista, una organización subversiva antigubernamental. También varios estudiantes y líderes de grupos juveniles fueron detenidos, pues se encontraban en el lugar realizando talleres de formación para la juventud.

             Hasta ese momento, los obispos filipinos habían mantenido una postura generalmente cautelosa, denominada de ‘colaboración crítica’ con el régimen, gracias en gran parte a la influencia del Cardenal Rosales de Cebú y del nuncio Bruno Torpigliani, cuya amistad con la primera dama era vox populi’. La violación armada de un recinto sagrado lo cambió todo. Fue el bautizo de fuego de Mons. Sin. Sin titubeos Sin publicó una carta pastoral dura, leída en todos los pulpitos de la archidiócesis en su versión íntegra y sin comentarios ni modificaciones, conforme a las instrucciones del vicario general Mons. Benjamín Mariño, llamando a la oración a los fieles a la vez que denunciando tales hechos.

             Claramente se vio que Sin no era un obispo u hombre del régimen. No como otros, incluyendo el mismísimo Nuncio. Y fue premiado por eso por el papa Pablo VI en 1976 con su elevación al Sacro Colegio. Ese birrete era un respaldo de un papa muy conocido por su animadversión hacia los regímenes ultras y dictatoriales. La purpura cardenalicia engrandeció la figura y la autoridad de Sin, un ‘provinciano’ del sur, llegado a Manila, sin dominar entonces el tagalo de la capital, un ‘outsider’Por el prestigio que conllevaba la dignidad cardenalicia, Sin se transformó en un ‘enemigo formidable’ para el régimen de Marcos, pues un príncipe de la Iglesia es un dignitario de otro estado soberano, no como un obispo cualquiera que no lleva el pasaporte del Stato della Città del Vaticano, con todos los privilegios, sobre todo el de participar en un hipotético cónclave y ser posible candidato al papado. Entonces, se le respetaba muchísimo en Filipinas, que solo contaba con tres cardenales,  a un purpurado por la dimensión internacional de su cargo o del honor recibido de un soberano muy influyente que es el Sumo Pontífice.

And the rest is history…Y el resto es historia.  En 1986, la Iglesia de Sin pasó de ser la iglesia de las trincheras a la del Palacio o del poder institucionalizado. Y, ¡todo cambió! No es este el lugar para detallarlo. Solo quiero evocar aquí un hecho trascendente subrayando que el entonces papa comprendía nuestra situación de lucha y tensión. No como su sucesor polaco, cuyo país también tuvo que soportar un régimen opresivo por mucho tiempo y que no comprendía del todo la situación filipina, quien le recriminó a Sin su protagonismo y participación en los eventos de 1986.

             En Filipinas seguía la leyenda o la epopeya del Príncipe de la Iglesia infalible, todopoderoso e incluso benévolo (en realidad, Sin antes de 1986 se mostraba asequible al pueblo pero los eventos fatídicos lo cambiaron) cuando en realidad ya empezaba su declive a los ojos de Roma. Algo parecido había ocurrido con el Cardenal Tarancón de Madrid pero este nunca pasó a ser prelado del Palacio con ‘pinta’ de infalible y todopoderoso.Dicharachero sí pero no identificado con ningún régimen. No como Sin, el cardenal de Cory Aquino; el cardenal que abogó una nueva constitución tras los eventos de 1986 y que él mismo puso de un lado cuando abogó un proceso extraconstitucional para derrocar a un presidente legítimamente elegido, por muy malo que fuere, en lugar de adherirse a los procesos constitucionales de la destitución que requieren paciencia, procesos, dialécticas.

             Mas Sin tenía prisas. Tenía otros planes.  Claramente no quería al entonces presidente Estrada derrocado en 2001 con todo el sabor religioso que solo Sin pudo brindar a unos eventos políticos, atribuyendo el fin del régimen de Estrada a la intervención del Señor Santo Niño con cuya fiesta coincidió el fin de la presidencia del primer actor convertido en presidente en la historia de Filipinas quien intentaba emular a Reagan. Sin quería un despliegue rapidez de su influencia y de su poder. Y lo consiguió. Pero las consecuencias no fueran del todo positivas, pues su candidata preferida entonces, y la de su devotísima Corazón Aquino, Gloria M. Arroyo fue peor que el propio Estrada y que acabó mal con Corazón Aquino quien se arrepintió de haberla apoyado. Sin entonces estaba ya descansando en su tumba en la cripta de la Catedral de Manila, en aquel ‘estado intermedio’ debatido por los teólogos escatólogos, entre ellos Joseph Ratzinger, ya convertido en papa Benedicto XVI. 

Por cierto, ya muy enfermo o prácticamente en el lecho de muerte, se publicó un mensaje de Sin diciendo que se alegró de la elección al papado de un amigo. Desde entonces, pese a mis pesquisas, no he encontrado foto ni documentación relativa a la relación ‘personal’ entre los dos, salvo que coincidieron seguramente varias veces en el Vaticano. Sin, a quien le gustaba presumir de sus amistades con personalidades de renombre, ni siquiera pudo invitar al entonces prefecto de la CDF a Manila para una conferencia o para recibir un doctorado honoris causa. El hecho es que Ratzinger nunca pisó tierra filipina y las primeras referencias directas al archipiélago por parte del alemán se produjeron cuando ya era papa nombró al sucesor de Sin en Manila, Gaudencio Rosales, cardenal. A este le tocó hacer limpieza en la sede manileña tras la jubilación del prelado del sur quien había favorecido a ciertos individuos en su archidiócesis en actividades financieras no del todo honestas. Rosales desempeño su oficio de pastor en el epicentro político del archipiélago con un estilo y talante totalmente distintos a los demostrados por su predecesor inmediato.

             Un alto prelado que conocía muy bien a Sin me comentó in sotto voce: ‘Sin era chino. Era amigo de todos, quería presentarse como amigo de todos. Era pragmático como los chinos’.  Este pragmatismo, a mi juicio, es el rasgo más sobresaliente de aquel enigma que era Jaime Sin, quien era amable a quienes quería mostrarse bondadoso de manera selectiva, cuyo cardenalato en 1976 significaba mucho para la iglesia y la sociedad filipinas y cuyas repercusiones siguen resonando hasta el presente.

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