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Baloncesto, Universidad, Catolicidad

Reflexiones de un fan del baloncesto sobre todo desde sus años universitarios en una institución católica y filipina

Logotipo de la Asociación Atlética de las Universidades Filipinas (UAAP).  Símbolo de prestigio interuniversitario
Logotipo de la Asociación Atlética de las Universidades Filipinas (UAAP). Símbolo de prestigio interuniversitario

Es vox populi que el baloncesto es el pasatiempo nacional de Filipinas. Es quizá, junto al uso de la lengua inglesa, el patrimonio más duradero del Tío Sam durante su ocupación del archipiélago de 1898 a 1946. Lo que es el fútbol para los españoles y los latinoamericanos.

Falta en Filipinas una monarquía o un culto al estado, con sus liturgias públicas con pompa y ostentación, como por ejemplo, el caso de la monarquía británica en aquellas famosas sesiones de apertura del Parlamento con sus rituales y tradiciones (recuérdese la famosa obra del compositor británico Pomp and Circumstance Military Marches, Op. 39).Esta falta la intentó suplir Imelda Marcos en su día, haciéndose la reina ‘de facto’ de este archipiélago durante aquellos 20 años nefastos de la dictadura conyugal de los Marcos (1965-1986) pero hasta la fecha la predilección por el espectáculo o las liturgias públicas sigue vivísima en varias esferas de la sociedad filipina.

             Existe una liturgia baloncestista, con incontables fanáticos que no solo son hinchas o devotos apasionados sino que son auténticos sectarios en Filipinas.Y no solo en la liga profesional.Paralelo a esta corre la liga universitaria (e incluso colegial para las escuelas universitarias autónomas que no tienen la categoría de universidad). En Filipinas, los desfiles de atletas, sobre todo de los ‘basketballistas’ (como llamábamos en el español filipino a los jugadores de baloncesto), pueden rivalizar a las procesiones religiosas y a los desfiles de zagalas en concursos de belleza o pasarelas de moda.

             En las universidades, los atletas, sobre todo los jugadores de baloncesto, son más que miembros de la realeza o aristocracia. Son dioses, en una universidad católica, se les llamó ‘dioses verdes’, en otra ‘dioses azules’, dependiendo del color oficial o deportivo de la institución.Son adorados, idolatrados. Mucho más que los oficiales, los profesores y otros.Hasta el punto de que dichos atletas sean ‘aprobados’ sin pasar por los rigores académicos que se aplican a todos los estudiantes.

             Es que en estas universidades, lamentablemente incluyendo las católicas (y sobre todo estas), el deporte, mejor dicho, el baloncesto estudiantil es mucho más importante que el nivel académico y el servicio social y concienciación. También los valores (o virtudes) tradicionalmente cristianos o católicos ocupan un segundo o tercer lugar a esta liturgia. O peor, son la fachada institucional para justificar a esta orgia sobre todo a la hora de pedir a los dioses o santos lares, sobre todo en misas en donde se derraman toneladas de agua bendita mientras se hace un gesto fascista con el puño y con los brazos levantados, la victoria del equipo propio y la derrota de la competencia. O cuando, el ‘Ave María’ se convierte en un grito de guerra que a veces acaban en puñetazos en lugar de evocar cómo una pobre mujer judía fue agraciada por Dios por su humildad y pobreza.

             Escribo esto cuando se está llevando a cabo una parada o huelga estudiantil (walk-out) en la Universidad Ateneo de Manila de los jesuitas.La razón: el trágico accidente en el que murieron dos jóvenes baloncestistas de los Ateneo Blue Eagles (de la Universidad Ateneo de Manila) ocurrió el pasado lunes, el 08.06.2026.  Mientras se encontraban en el agua, un fuerte oleaje y corrientes de resaca arrastraron mar adentro a cuatro jugadores realizando en las aguas peligrosas ejercicios de resistencia (cuando podía haber hecho los mismos en una piscina o en aguas con condiciones más favorables y con protocolos firmemente establecidos, contando con la presencia de un suficiente número de socorristas y otro personal médico).  Dos de los jugadores lograron salvarse y regresar a la orilla por sus propios medios con la posterior ayuda de los socorristas y la policía local. Más que un entrenamiento para atletas fue más bien un entrenamiento al estilo militar pero en condiciones sumamente peligrosas. Los rescatadores localizaron sus cuerpos poco después a unos 50 metros de la costa.   No fue la primera vez que este tipo de entrenamiento ocurrió bajo la supervisión de los jesuitas.   En ocasiones anteriores, casi murieron otros atletas por la misma razón, como confesaron otros sobrevivientes de promociones anteriores.

             Lo más doloroso fue la respuesta institucional de los jesuitas que intentó controlar la narrativa ante los medios y que demostró una falta de empatía hacia los familiares de los difuntos. Hasta el momento, se está desarrollando una gran lucha en muchas áreas, sobre todo en la mediática.

             En el caso de los dominicos, en la Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás, en 2020, en lo más recio de la pandemia, las estrictas restricciones de cuarentena del gobierno filipino prohibían cualquier tipo de entrenamiento deportivo grupal o presencial. A pesar de eso, la universidad, es decir, los dominicos apoyaron institucionalmente al entonces entrenador principal del equipo de baloncesto universitario el plan de este que consistía en trasladar en secreto a los jugadores del equipo desde Manila hasta su provincia natal en donde se instaló una ‘burbuja’ de aislamiento donde los jóvenes deportistas estuvieron acuartelados y realizando entrenamientos de baloncesto e incluso labores agrícolas en una granja.

             En 2005, en la universidad manileña de los hermanos de La Salle se destapó el siguiente fraude:  la falsificación de los expedientes académicos de dos jugadores de su equipo de baloncesto masculino.   Estos dos jugadores no tenían documentos oficiales que certificaban que habían superado el examen oficial del Departamento de Educación para convalidar que los estudios realizados antes de ingresar en la universidad eran equivalentes al bachillerato reconocido oficialmente en Filipinas. Las autoridades de la universidad a la fuerza tuvieron que públicamente admitir estas irregularidades tras una investigación interna afirmando que ambos jugadores habían ingresado con papeles falsos.

             Un jugador estrella ingresó a la Universidad Adamson de los padres paúles en 1990. Mas, a principios de 1994, comenzaron a investigarse los registros académicos de dicho personaje. Las indagaciones pusieron de manifiesto algunas graves irregularidades como el hecho de que el jugador no había cursado ni aprobado el número mínimo de créditos académicos para que un atleta sea considerado elegible para participar en la liga interuniversitaria.  Claramente un caso de encubrimiento, alteración y falsificación de parte de oficiales y personal deportivo de la universidad.

             Todo por el afán de definir el prestigio, el orgullo, la reputación institucional de universidades católicas no desde parámetros cristianos desde el punto de vista evangélico ni desde criterios católicos desde el punto de vista eclesiológico. Los tres mencionados (prestigio, orgullo, reputación) son como una droga y lamentablemente nuestras instituciones son adictas a los mismos. A la vez estos tres devoran nuestras universidades vorazmente hasta los tuétanos, absorbiendo todo lo esencial de las instituciones, de raigambre cristiana, dejando solo cáscaras brillantes y ofuscantes desde parámetros exclusivamente materialistas y consumistas. Tales casos ponen en cuestión no solo la identidad de las universidades católicas sino sobre todo su misión desde el contexto sociológico y cultural peculiar de Filipinas en donde el deporte, junto a la religión, es el opio de las masas para poder olvidarse, al menos temporalmente, de la dureza de la vida en este país del tercer mundo en donde las universidades católicas invierten sumas de dinero altísimas en maquillarse mediante el deporte interuniversitario, por medio del baloncesto sobre todo.

             Todo ello es una llamada a la reflexión para todos, empezando con nuestros educadores católicos y las instituciones que dirigen. Y espero que todo esto llegue a los oídos del Dicasterio para la Cultura y la Educación. Es una historia triste, trágica no solo por la muerte de esos dos jugadores a principios de este mes, jugadores de origen humilde, becados por la universidad para levantar la bandera institucional sino porque estos hechos significan la muerte de valores fundamentales: honestidad, decencia, juego limpio.  Ante todo, la humanidad y lo humanitario.

Los atletas idolotrados, al fin y al cabo, son seres humanos, jóvenes a los que hay que formar cristianamente. No son gladiadores. Son, ante todo, estudiantes. Las universidades, ante todo, están a su servicio y al de los demás componentes de su comunidad. Los pasatiempos, como los deportes, constituyen una parte importante pero no son lo más importante del sistema educativo. Su misión es, ante todo, formativa en el sentido más humano y cristiano. No competitivo hasta el punto de sacrificar ciertos principios, empezando con la empatía, cuando se trata, sobre todo, de estudiantes becados pero talentosos que han de formarse para la vida real fuera de los muros institucionales en vez de convertirse en meros animadores o payasos en un circo al que se le ha dado más importancia que la excelencia académica, humanitaria y cristiana de nuestras universidades católicas.

A mi juicio, los antecedentes mencionados, por ser los más notorios, han peligrado de alguna forma la credibilidad de todas nuestras instituciones universitarias y su vocación y misión de raigambre católica.La excelencia de las mismas comienza con lo intelectual y en lo moral y esta excelencia ha de vivirse dentro del contexto amplio de la sociedad. Al parecer, todo ello se ha arrinconado en los archivos de una memoria lejana que sigue permeando los ambientes académicos con aires nostálgicos e incluso utópicos.No cabe duda de que es hora para que unas reformas necesarias se lleven a cabo, sobre todo cuando lo mediático tiene prioridad sobre lo humanitario cuando ocurren accidentes fatales con consecuencias mortales. Pero todo ha de comenzar con la moral individual para que esta se traduzca en una ética compartida institucionalmente.

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