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Buscando el rostro de María en Filipinas

El rostro de María en los que caminan con ella en este mes de octubre en Manila

La gran dama de Filipinas, Nuestra Señora del Rosario La Naval de Manila
La gran dama de Filipinas, Nuestra Señora del Rosario La Naval de Manila

Siempre he pensado que las procesiones son escenificaciones o dramatizaciones de la realidad de que Dios, hecho visible sobre todo por la Encarnación, camina con su pueblo. También el pueblo camina no solo con Dios sino siguiendo a este.

             Confieso que soy un amante de este tipo de espectáculos o producciones, no solo por su estética externa o visible sino sobre todo porque son ‘tradición’. Son las concretizaciones de cómo la misma fe que arribó a estas islas en el siglo XVI se transmite, se comparte, claro con sus evoluciones y adaptaciones, hasta el presente con sus retos y exigencias.

             La tradición es viva. No simplemente se repite. Se renueva a la vez que el pueblo de Dios se renueva en la búsqueda de formas históricas y concretas para vivir y transmitir su fe, como testimonio y como legado.

             Pero con la pompa, en estos momentos muy difíciles de nuestra historia, me parecen fuera de lugar. De hecho, desacralizadora, desangelizadora, descristianizadora. Incluso blasfema.

             Personalmente, yo continuaría con lo esencial de tales manifestaciones descontinuando, mejor dicho, cancelando un nuevo manto o traje para la virgen, nuevas joyas, nuevos adornos. Brevemente dicho, con sobriedad. Como siga esta tradición ostentosa, parecería que por una parte, a Dios, junto a los santos, no le importan para nada las dificultades económicas, sociales, políticas y ahora climatológicas. Por otra, también parecería que toda esta ostentación ya ha cruzado la raya y efectivamente ya ha entrado en la idolatría, en que a las imágenes se les trata más que como representaciones. Son en efecto ‘dioses’ creado a la imagen y los caprichos de los hombres hasta el punto de reducir las procesiones, con procedencia honrada, en desfiles de moda o concursos de belleza, sobre todo cuando ‘participan’ muchas imágenes. En la mayoría de los casos, estas imágenes, tan costosas y bien elaboradas, las cuidan ‘camareros’ como si fuesen juguetes o partes de una colección de muñecas, a las que se les habla, hasta el punto de ser amenazadas, si no se les conceden algunas gracias o favores. En efecto, con el estilo, que lleva ya décadas vigente, se ha tirado la casa de la ventana.

             Todo esto forma parte de la tradición no solo religiosa sino de una dimensión más amplia: la cultura. Y hace falta una catequesis, un doble esfuerzo por parte de nuestros pastores. Dicha catequesis ha de comenzar con una sensibilización y purificación de nuestra mentalidad barroca y fausta: la elegancia, la dignidad, la honra en el sentido cristiano la constituyen la sencillez y no el boato. María es reina porque es sierva; su dignidad no se manifiesta en el lujo sino en la sencillez, en su identificación con los más pobres de la tierra, con los más débiles, con los más pequeños.

             Mañana, segundo domingo de octubre, tendrá lugar una de las más famosas procesiones marianas tradicionales en Filipinas cuyo protagonismo ostenta quizá la imagen más bella y más fastuosa de estas islas. Me refiero a la imagen de Nuestra Señora del Rosario La Naval de Manila de 1593, tallada por un escultor chino desconocido que luego se convirtió a la fe, símbolo de la lucha por la fe y el triunfo de la misma.

             La procesión de mañana es conmemoración, escenificación, dramatización de las Batallas de La Naval (1646). Estas fueron el detonante del título y la gran devoción popular que sigue hasta la fecha. Las fuerzas navales de las Provincias Unidas de los Países Bajos (los holandeses) intentaron invadir repetidamente Filipinas con una flota superior. Las fuerzas filhispanas, que apenas disponían de dos viejos galeones, fueron triunfantes en cinco cruentos combates marítimos.

      Convencidas de que la victoria había sido obra de la intervención divina, las autoridades tanto civiles como eclesiásticas atribuyeron el triunfo al rezo constante del rosario. En cumplimiento de una promesa hecha en el fragor de los combates, los supervivientes peregrinaron descalzos hasta el santuario de la Virgen, entonces dentro de las murallas de Manila Intramuros, en señal de gratitud. En 1662, el cabildo eclesiástico de la catedral de Manila declaró formalmente la victoria como un milagro obrado por la intercesión de la Virgen del Rosario, denominada ‘la gran dama de Filipinas’.

             Lleva desde principios del mes, esta imagen taumatúrgica en el lugar central de su santuario (todo el año ocupa su lugar en el retablo del altar del Rosario) y saldrá mañana, 10 de octubre, por la tarde a recorrer, junto con otras imágenes de santos dominicos, que la escoltarán, las calles de su nueva ciudad, Quezon City, adonde se trasladó en 1954, tras la destrucción de su antiguo templo en Manila Intramuros y por haber sido ‘refugiada’ en la capilla universitaria del nuevo campus de la Universidad de Santo Tomás en Sampaloc, Manila.

             Muchos caminarán con ella. Seguramente caminará ella con todos, incluso a los que no van a estar presentes físicamente. Pero es preciso ir más allá de su rostro bello de marfil para encontrarla en, por ejemplo, un estudiante que asiste para pedir una gracia especial, una madre con un niño enfermo, un mendigo que no sabe cómo cenará a la tarde. Y también en incontables rostros, no solo filipinos, que gritan por la justicia, por la equidad, por un país mejor, ya que al parecer solo los políticos ricos, muchos de ellos devotos y patrocinadores favorecidos por el establishment religioso, son los que viven bien mientras que los demás luchan por salir adelante en medio de tantas estrecheces, resultado en gran parte de la gran hipocresía social, política y religiosa, muchas veces con el ‘imprimatur’ del establishment religioso, por su silencio, por su indiferencia, por solo mirar a los donativos.

             Si se mira fijamente a los ojos del rostro bello de marfil, se sabrá el paradero del rostro auténtico de María, y con ella el de Dios: se halla disperso en los rostros, muchas veces surcados de lágrimas, cuyos ojos la miran en su representación que muchas veces se ha reducido a un ídolo por lo de la tradición no planteada conforme a parámetros verdaderamente cristianos, en un mundo que no quiere ver ni saber nada de los rostros sufrientes de Dios.

             La Naval de Manila no es una conmemoración. Es un desafío. La búsqueda sigue. Las coronas y los cetros pueden ser óbices. El camino es un éxodo, una conversión, un regreso a aquella sencillez originaria, desgraciadamente degenerada por una estética de apariencias y de fasto.

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