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Chito o la cima del clero filipino

Apoteosis y desafío

El papa y el decano
El papa y el decano

Sus amigos y devotos lo llaman ‘Chito’ que viene del español mexicano, tan arraigado en estas islas, por ‘cachito’. Los que le conocen dicen que es un ‘cachito de pan’ o ‘más bueno que el pan’. El nuevo cardenal decano ciertamente es notorio por su campechanía, cercanía y sencillez. Estas cualidades son evidentes sobre todo en su presencia mediática.  Según los que le han tratado de cerca, no es difícil ser amigo del Cardenal Tagle, dotado con la habilidad de hacer amigos con aquellos con quienes conversa.  Sobre todo cuando no existen medios interesados, como la política partidista, el purpurado es abierto y espontáneo, como el típico filipino. Es un hombre no distante ni pagado por su rango eclesiástico.  Descubierto por Benedicto XVI, encumbrado por Francisco y favorecido por León XIV, su carrera eclesiástica es, en una palabra, fulgurante.

             Pero detrás de esta apoteosis reciente del papabile filipino en el cónclave de 2025 (muchos ya pensaban que iba a anunciarse el nombre al ver la fumata blanca aquella tarde fatídica del 7 de mayo), de la que se están alegrando muchos, sobre todo los adeptos y piadosos filipinos, hay una historia larga y no siempre alegre del clero filipino. Hagamos ahora un repaso, sin pretensión de ser exhaustivos. No para despertar rencores sino para contextualizar mejor el lugar que ahora ocupa el Cardenal Luis Antonio Tagle Gokim, del clero de la Diócesis de Imus, sufragánea de Manila, Filipinas.

             Los tiempos coloniales, cuando estas islas aún pertenecían a la corona española, se caracterizaron por profundas tensiones políticas, raciales y de poder entre el clero regular (órdenes religiosas como agustinos, franciscanos, dominicos y jesuitas) y el clero secular (sacerdotes diocesanos, inicialmente españoles criollos y, más tarde, nativos filipinos).  De hecho, durante las primeras décadas de la colonización (siglos XVI y XVII), las autoridades civiles y eclesiásticas españolas mostraron una fuerte resistencia a ordenar sacerdotes nativos. A los indígenas se les miraba con recelo.

Prejuicios socioculturales y el poder de los regulares: Dos dimensiones

Predominaba, por una parte, el prejuicio o la mentalidad de que los nativos filipinos no estaban preparados intelectual y moralmente, sobre todo a raíz de la reciente evangelización de las islas, para asumir el sacerdocio, y se temía que un clero local con conciencia nacionalista pudiera socavar el control de la Corona española. Asimismo, corría el riesgo de romper con el equilibrio del poder conforme al Orden existente entonces.

Por otra parte, existía un monopolio de las órdenes religiosas. Los frailes (regulares) controlaban las parroquias y las vastas riquezas asociadas a ellas.  La ordenación de sacerdotes seculares filipinos hubiera significado el aumento de la hegemonía de estos dentro de la estructura estrictamente diocesano. Las leyes vigentes estipulaban que las parroquias debían pasar eventualmente del clero regular al clero secular (diocesano). Esta situación tensa desataba tensiones también con la autoridad diocesana (el obispo) por el tema espinoso de las visitaciones canónicas.

Como botón de muestra, cabe citar aquí el Real Decreto de 1774 (emitido el 9 de noviembre de 1774). Este fue decretado por Carlos III y aplicado en el archipiélago por el gobernador Simón de Anda y el arzobispo Basilio Santa Justa. El decreto ordenaba entregar las parroquias administradas por las órdenes religiosas (frailes regulares) al clero diocesano (secular). Como no había suficientes sacerdotes seculares formados, el decreto exigió la aceleración drástica de la ordenación de sacerdotes nativos (o los ‘indios’) y mestizos (estos eran entonces los ‘filipinos’). Sin embargo, ante las fuertes tensiones y la presión de los regulares, esta medida fue suspendida y retirada pocos años después.   Dadas las distancias entre la Corte Real en Madrid y el Palacio del Gobernador en Manila siempre era cuestión de ‘obedezco pero no cumplo’.

Las primeras ordenaciones y los barqueros de Cristo: capacidad intelectual y etiqueta racista

A pesar de la resistencia predominante entonces, la necesidad pastoral y las presiones institucionales obligaron a abrir las puertas a los primeros sacerdotes nativos y mestizos, discriminados por los peninsulares (o españoles nacidos en la Península).  Mons. Juan de Poblete Casasola (arzobispo de Manila de 1649 a 1667) fue el primer prelado oficiante en la ordenación de sacerdotes nativos y mestizos a finales del siglo XVII debido a la escasez de clérigos peninsulares. Entre ellos se encuentra el sacerdote Francisco de Paula. Junto a sus compañeros ocupó pequeñas prebendas pero bajo la constante vigilancia y discriminación por parte de los frailes españoles.

Durante este período de las primeras ordenaciones se originó la expresión ‘barqueros de Cristo’.  Dicha expresión no se refiere a una orden religiosa ni a un grupo de barqueros literales, sino que expresa estereotipo racista y despectivo utilizado por los frailes españoles y las altas esferas eclesiásticas durante la época colonial en Filipinas para descalificar al clero nativo, puesto que el arzobispo estaba dispuesto a ordenar a gente de la clase baja, entre la cual se hallan los "barqueros del río Pasig’’ en cuya ribera sureña se halla, hasta la fecha, la Catedral de Manila.

La expresión de los pulpitos y de los informes redactados por las órdenes religiosas tenían el propósito de frenar el avance del clero secular (diocesano) nativo. Según los regulares la capacidad intelectual y espiritual de los nativos no sobrepasaba la de un simple remero o barquero de los ríos locales (como el río Pasig que atraviesa la Ciudad de Manila).

El siglo XIX: El punto álgido de la tensión histórica

            En efecto, fue una cuestión de control de las parroquias que constituían el centro no solo eclesiástico sino también de la vida social de los pueblos.  Como queda afirmado, los obispos, algunos de los cuales fueron regulares intentaron aplicar todos los decretos, pero los regulares se opusieron tenazmente, argumentando que los sacerdotes seculares (especialmente los filipinos) carecían de las cualidades necesarias para el desempeño del sacerdocio.

Podría afirmarse que la Real Orden de 1826 supuso un giro drástico de la Corona española. Esta revocó la política de secularización y ordenó la devolución a las órdenes religiosas de todas las parroquias que se les habían arrebatado desde 1776. Esto desplazó masivamente al clero secular nativo, reduciéndolo de nuevo a meros ayudantes o coadjutores perpetuos y encendiendo la mecha del descontento que desembocaría, décadas después, en el martirio de los padres Gómez, Burgos y Zamora (Gomburza). Antes del martirio de estos 3 sacerdotes, hubo sacerdotes seculares brillantes como D. Pedro Peláez quienes lideraron la defensa de los derechos del clero nativo a mediados del siglo XIX. Pero la muerte prematura de Peláez ocurrida el 3 de junio de 1863 cuando un devastador terremoto sacudió el archipiélago y provocó el colapso y derrumbe de la Catedral de Manila en donde se encontraba.

             Algunas corrientes históricas consideran a D. José Burgos como sucesor del malogrado Pedro Peláez. La tensión acumulada estalló a raíz del Motín de Cavite en febrero de 1872, un levantamiento militar contra la abolición de privilegios laborales. Las autoridades coloniales españolas aprovecharon la ocasión para culpar falsamente a los líderes del movimiento secular e independentista. Tres sacerdotes seculares fueron condenados a muerte por garrote vil: Mariano Gómez, José Burgos y Jacinto Zamora (conocidos colectivamente en la memoria histórica filipina como Gomburza). Esta ejecución conmovió a la nación. Se decía que formaba parte de un gran complot de los regulares. El arzobispo de Manila, Gregorio Melitón, creyendo en la inocencia de los sacerdotes, se negó a reducir a los reos al estado laical antes de su ejecución mediante un rito (el de la degradación canónica) que principalmente consistía en rayar las manos consagradas de los sacerdotes.

Hacia el siglo XX hasta Tagle: Desde la caída del Imperio hasta la apoteosis de Chito y el reto de remar mar adentro

             En 1898, España perdió las islas. El establishment eclesiástico tuvo que hacer una reorganización, principalmente con la dimisión del último arzobispo español de Manila, que era fraile dominico. Me refiero a Bernardino de Nozaleda quien renunció a la gobernación de la sede manileña en 1902.

             Centrándonos en la temática principal, cabe destacar aquí los siguientes hitos: la consagración episcopal del primer obispo filipino, Mons. Jorge Barlin en 1906. Fue consagrado como obispo de Nueva Cáceres (hoy archidiócesis) en abril de aquel año fue un hito crucial que rompió el monopolio español en el episcopado tras la llegada de la soberanía estadounidense que supuso reformas eclesiásticas que seguía tolerando la presencia de regulares españoles pero el testigo ya se pasaba a otras manos.

             Otro hito fue la elevación de Mons. Gabriel Reyes Martelino al rango de arzobispo en 1932. En este año, se convirtió en primer arzobispo nativo de Cebú. Años más tarde, en 1949, hizo historia nuevamente al ser nombrado el primer arzobispo filipino de Manila, consolidando la transición definitiva del liderazgo eclesiástico a manos locales tras la independencia del país.

             En el consistorio de 1960 (el 28 de marzo), el papa Juan XXIII (ahora santo) elevó al arzobispo de Manila, Rufino Santos Jiao, a la dignidad cardenalicia. Desde entonces, hasta la fecha, Filipinas tiene diez purpurados. Tagle es cardenal número siete. Benedicto XVI le coronó con el birrete cardenalicio en el segundo consistorio de 2012 (el 24 de noviembre). Asimismo el segundo filipino que ocupa el cargo de prefecto o prefecto de una congregación o dicasterio. El primero fue José T. Sánchez que fue nombrado por Juan Pablo II (ahora santo) prefecto de la congregación para el Clero en julio de 1991 pero había recibido el birrete cardenalicio en el consistorio celebrado el 28 de junio de 1991. Sánchez, que es el cardenal número cinco, fue nombrado cardenal diácono pero luego pudo optar por el Orden de Presbíteros el 26 de febrero de 2002.

             Tagle es el primer cardenal filipino elevado al Orden Episcopal. Esto tuvo lugar el 1 de mayo de 2020. Y como bien se sabe, el 8 de octubre de 2026, fue elegido cardenal decano y esta elección la confirmó el papa León XIV.

             El cardenal Chito, como se le llama cariñosamente en este archipiélago, encarna la cima de la aspiración de todo clérigo filipino. Su apoteosis conlleva un reto no para trepar que lamentablemente es común en un país levítico como Filipinas sino el de ser verdaderos ‘barqueros de Cristo’, es decir, debería interpretarse este honor como acicate para que el clero filipino reme mar adentro abnegadamente, sin pretensiones clericales y egocéntricas, conforme al espíritu evangélico.

             Podrían derramarse ríos y ríos de tinta sobre este tema.   No cabe duda de que se necesita más profundización en las cuestiones que solo hemos podido evocar con la rapidez de un ‘reportaje reflexivo’. Más allá del estilo periodístico con que se ha elaborado este ensayo, es nuestro deseo que, además de la consulta de estudios históricos más autorizados, se siga reflexionando acerca del destino del sacerdocio filipino, sobre todo en pos y a la luz de la estela luminosa de Luis Antonio Tagle Gokim, frente a los retos de hoy en día.

Apoteosis y desafío, sí. Pero también es apertura.

             

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