LA CULPA DE LA IGLESIA
Un ‘mea culpa’ de parte de los jerarcas sigue pendiente mientras muchos de ellos siguen con la política o el culto de la personalidad que ellos critican
Parte de las celebraciones del cuarenta aniversario de la ‘revolución’ de EDSA que expulsó al entonces dictador Ferdinand Marcos, padre del poder (y ahora su hijo es el presidente y que está en medio de una gran crisis política traicionado por su propia hermana quien ahora es aliada de los Duterte) fue un simposio para conmemorar el papel del entonces arzobispo de Manila, el Cardenal Jaime Sin, en dicho evento. No es este el lugar para analizar las ponencias, pronunciadas por dos clérigos aliados entonces con el ya difunto cardenal, denominado uno de los héroes de aquel acontecimiento que no fue una revolución sino simplemente un cambio de gobierno, sobre todo a raíz de los sucesos posteriores.
Tras un novenario en el Santuario Mariano de Nuestra Señora de Edsa, construida por mandato del Cardenal Sin tras el ‘triunfo’ que este atribuyó a la intercesión de la Virgen, cuyas imágenes, sobre todo bajo las advocaciones de Nuestra Señora del Rosario ‘La Naval de Manila’ y de Fátima estuvieron presentes aquellos cuatro días inolvidables, presidido por varios clérigos, entre ellos dos cardenales filipinos, a saber, Advíncula (de Manila) y David (de Kalookan).
Sin entrar en detalles, aquellas dos ponencias en vez de brindar una perspectiva histórica fueron una continuación de la hagiografía en torno a la figura del Cardenal de Manila como héroe, intercesor, pastor y profeta. Se ve que en lo a la historiografía se refiere no hay ningún avance.
Pero lo más revelador era la homilía en el día culminante de los festejos, ya que en Filipinas no se pueden separar lo litúrgico de lo secular de tal forma que la línea divisoria quede borrada.En efecto, el catolicismo filipino padece de una falta de sacralidad cuy apogeo precisamente ocurrió en tiempos del Cardenal Sin que utilizaba la liturgia como arma para su plataforma política.Todo se reduce en un espectáculo incluso la mismísima liturgia. La homilía corrió a cargo del delfín de Sin, ahora arzobispo de Lingayen-Dagupan, favorecido desde que fue ordenado por su padrino purpurado, pues fue hecho secretario, ayudante, rector del Santuario de Edsa protegido por el mismísimo cardenal (mientras que los otros párrocos en apuras tenían que buscarse la vida en una sociedad caracterizada por la precariedad económica), obispo auxiliar de Manila (a la vez secretario del cardenal con residencia en Villa San Miguel o el palacio arzobispal de entonces), obispo de Balanga (cuando tras la muerte del Cardenal era preciso encontrarlo un lugar fuera de Manila pues no congeniaba con el nuevo arzobispo Rosales) hasta lugar a su cargo actual ya mencionado.
De entrada lleva razón el arzobispo:ha habido una degeneración de valores desde hace 40 años, sobre todo en esta época demagógica y digital que ha exaltado y encumbrado a Rodrigo Duterte, dotadísimo de una personalidad carismática a la vez arrasadora difícil de igualar, ahora encarcelado en La Haya. Tras un repaso histórico somero, superficial y tendencioso, si bien lleva razón en muchos casos, Villegas hace que la cultura de odio y violencia, elevada al nivel de lo espectacular y aplaudido por las masas, fomentada por el régimen dutertiano el blanco de su diatriba disfrazada de homilía.
Repito. Tiene mucha razón el arzobispo mas falta en su análisis un mea culpa de parte de los pastores sobre todo católicos, pues muchos de ellos no han sido ejemplares desde EDSA. No ha dejado de ser la iglesia, representada por el clero, un foro del poder, al lado del poder. En 1986, la iglesia católica, con el Cardenal Sin ocupando el lugar más destacado, sustituyó a la oligarquía, al sistema elitista por otra oligarquía, por otra dinastía. Lamentablemente ha fracasado esta sustitución. No ha llevado a cabo el cambio deseado o necesario para que aquel cambio se perfeccionara como una verdadera revolución, pues la Iglesia seguía siendo al lado de los del poder
Ciertamente se hizo mucho bien desde entonces en pro de los pobres o de los más necesitados mas no con transparencia, pues a la iglesia le falta esto empezando con la contabilidad de los donativos en tiempos de Sin para la construcción del Santuario de EDSA y para la reconstrucción de la radio VERITAS de los obispos que fue blanco de la furia de las fuerzas armadas leales al dictador Marcos. No hubo mucha transparencia, y ahora me refiero a los escándalos financieros en la archidiócesis de Manila por los que tuvo que hacer limpieza el sucesor de Sin el Cardenal Rosales (y esto al parecer incluyó el ‘exilio’ de Villegas empezando con su asignación episcopal a Balanga).
Transparencia, no pero ostentación, sí.La iglesia filipina, tras 1986, no logró convertirse en una iglesia de los pobres, como soñaba el Concilio Plenario de Filipinas de 1991 (un proyecto eclesiológico no solo lamentablemente truncado sino también archivado para siempre en la nostalgia). En vez de ser una iglesia de los pobres seguía siendo una iglesia patrocinadora de los pobres desde arriba y al lado de las elites bendecidas por los mitrados no solo por sus obras caritativas sino también por sus contribuciones a los estilos de vida lujosos que siguen imperando entre el clero.A la vez este sector no ha dejado de insistir en su elitismo, en su superioridad frente a los laicos, al pueblo llano de caminantes hacia el cumplimiento del Reino, como ha demostrado el ejemplo reciente de un cura que calificó desde el púlpito de estúpidos a las personas que se preguntaban acerca de su uso de la tableta a la hora de oficiar.
En otras palabras, nuestros clérigos, en su mayoría, no han sabido liderar mediante el testimonio de sus propias vidas. Como ya decía san Pablo VI, lo que se necesita son testigos y no maestros. Y desde luego, no necesitamos a superestrellas entre el clero que desean equipararse a los políticos en este circo de personalidades en vez de ser un mercado libre de ideas en que se debaten ideologías con vistas al bien común en lugar de discutir acerca de los carteleros hambrientos de la adulación de las masas junto a los beneficios que todo ello conlleva sobre todo en el sentido financiero. A la iglesia y sociedad filipinas les sobran maestros, centrados en sus propias personalidades como trepadores sociales, que siguen arengando, en lugar de predicar, desde arriba, desde las alturas de los púlpitos pero sin vivir modestamente al lado del rebaño, como ya abogara el llorado papa Francisco.
Sin tener la intención de esparcir o difundir el odio o la división, lamentablemente la homilía de Villegas, como las que pronuncian varios clérigos, no dejan de arengar al pueblo a partidismos en pro de la élite favorecida por el establishment eclesial, lo cual tiene repercusiones dañinas que no se pueden analizar aquí. Baste por ahora que lo ocurrido en 1986, cuyo 40 aniversario se ha celebrado con misas y asambleas o manifestaciones la semana pasada, no fue una revolución sino solo un cambio de régimen o regímenes (entre ellos con el de Gloria Macapagal Arroyo que fue nefasto y que sirvió como preludio al régimen de Duterte de quien sigue siendo aliada esta exdirigente hasta la fecha con Marcos, hijo). Esto se debe a que el pueblo no ha sido capaz de convertirse. Lo mismo puede decirse de sus pastores que siguen usando al denominado ‘Espíritu de Edsa’ no para el bien común sino para sus intereses, es decir, para recuperar la influencia perdida, mediante la promoción implacable de sus propias personalidades e idiosincracias (que dicen que son propias de los cleros e inseparables en su cometido como los elegidos de Dios para liderar al rebaño) sobre todo desde 2016 cuando juró a su cargo Rodrigo Roa Duterte. Fue cuando comenzó el gran diluvio en el que seguimos todos ahogándonos hasta llegar posiblemente al abismo de tener a la hija de este como presidente en 2028. ¡Dios nos libre de esta abominación!