Desahogos dolorosos
Unas reflexiones escritas en una república bananera que ha de madurar y crecer
Me dueles, Filipinas.
No sé si es un pecado o una enfermedad, quizás ambas cosas, pero tiendo a comparar las personas, cosas y los eventos.Hasta el punto de comparar mis logros personales con los de los demás, empezando con mis coetáneos, muchos de los cuales están en todos los saraos de la denominada alta sociedad. Esto es algo que yo debería evitar; mejor dicho, algo que yo debería dejar de hacer, pues no es nada sano ni provechoso.
No puedo dejar de comparar la civilización o la nación filipina con la de las grandes naciones, como por ejemplo, la de España o la de los EE.UU., nuestros colonizadores más duraderos y a quienes debemos la parte de león en lo que a las influencias culturales se refiere. Tenemos pocos genios u hombres próceres en comparación con estas naciones mencionadas. Y los nuestros no son necesariamente genios universales: Rizal, por ejemplo, no puede compararse con Unamuno. Este es un genio universal en las letras hispanas mientras que aquél es solo un titán para una zona de influencia limitada.
También, a tenor de todo ello, evoco los grandes momentos de nuestra historia, en las luchas contra los poderos colonizadores; en ese afán de ser un miembro más de la familia de las naciones con la misma dignidad, con la misma independencia o autonomía, con la misma capacidad de autogobernación, esto es, la facultad de regir nuestros propios destinos. En esta etapa contemporánea de nuestra historia, siempre evoco aquella ‘revolución’ de 1986 cuando el pueblo tuvo el coraje de expulsar del poder a un dictador. Pero no era una revolución. No se produjeron las deseadas reformas. Seguían los mismos problemas, los mismos defectos, las mismas fisuras, esto es, lo mismos parásitos que siguen royendo la fábrica de nuestra integridad nacional. De todo ello es prueba contundente el que el hijo del dictador sea el presidente.Y su vicepresidente, que era su aliado es la hija infantil y desequilibrada de un expresidente, un verdugo impresentable ahora encarcelado en La Haya por crímenes de lesa humanidad contra el pueblo al que debía haber servido.
El reto con un peso insoportable: Una llamada a la acción desde las manchas y heridas que no acaban de cicatrizar
Confieso que todo esto me deprime pero también lo interpreto como un reto con un peso insoportable, pues no tiene nada de levedad. No solo para mí sino para todos los filipinos. Pero las cosas son difíciles puesto que no tenemos una tradición de fidelidad a unos principios rectores irrevocables que apunten al engrandecimiento común y no al de unos individuos. En otras palabras, no tenemos una tradición de grandeza sino una de pequeñeces; no es una tradición pequeña o de los pequeños sino de mezquindad y ruindad.
Todo ello salió a flote, se puso de relieve de manera vergonzosa en los incidentes del 11 a 12 de mayo de 2026. Y hasta la fecha, la farsa sigue. Un organismo estatal, como el Senado filipino, que tiene la responsabilidad de servir al pueblo sigue teniendo una historia escandalosa.
Como nación, somos unos papeles blancos surcados por los gestos de nuestros dirigentes. Muchos de ellos son borrones. Otros son manchas. Pero la gran mayoría son heridas que siguen supurando, heridas que no se cierran. Por el egoísmo, por los intereses corruptos de nuestros oficiales elegidos, nos seguimos hiriendo y envenenando con mentiras y bulos, cuya discursividad son los montajes o espectáculos. Todo para demostrar la fidelidad a alianzas, dinastías, figuras políticas y no al pueblo. Así es la historia continua de nuestra nación filipina. Una historia cuya maduración sigue abortándose por nuestra tendencia innata a la mezquindad y ruindad.
Somos incapaces de los grandes sacrificios, las autoinmolaciones en que se sacrifican todos los egoísmos. Somos incapaces de las grandes visiones. Solo somos capaces de crear horizontes nimios y mínimos que solo satisfacen lo inmediato que a su vez significa lo propio, lo egocéntrico. Solo se piensa en uno mismo y de los beneficios propios en lugar de contemplar la realidad teniendo el bien común como prisma.
El Dios de nuestros dirigentes: Satán en el poder político
Esto se traduce en el tipo de dirigentes que se eligen cada vez que acudimos a las urnas. Todo lo reducimos a un espectáculo, a personajes que deberían figurar más bien en zarzuelas o en las pantallas de cine en lugar de los recintos sagrados como el Senado filipino. Dichos recintos sagrados son templos pero los hemos convertido en una cueva de ladrones en donde incluso el diablo puede recitar versos bíblicos como lo hiciera cuando intentó tentar a Jesús para que este convirtiera el templo en una ciudadela de amor propio.
Pero Jesús no cedió. No se postró ante Satán. No como estos 13 senadores, denominados los 13 Judas que protegieron a un fugitivo que es su aliado y que ahora sigue huyendo de la ley. Hay una orden de detención emanada por la Corte Pena Internacional contra este individuo por ser el arquitecto y ejecutor de aquella guerra sangrientas en tiempos del presidente Duterte. Estos 13 senadores solo tiene una finalidad: la de perpetuar el régimen Duterte, bloqueando el proceso de destitución contra la vicepresidente ya incoado en la Baja Cámara de Representantes.
Nuestra historia sigue manchándose, sigue supurando porque en este país la política significa la protección o el apoyo a los poderosos que han violado su cometido sagrado de servir a la nación. El poder político solo tiene la finalidad de proteger a los aliados en la conservación de este poder que consiste en dominar a los demás hasta extraer vidas y recursos de los más pobres del país. El poder político no sirve para responsabilizarse por la construcción de una nación más próspera en donde predominen los valores como la justicia, la transparencia, la competencia, el respeto por los derechos humanos, la equidad.
El tribalismo político filipino hasta la complacencia de los pastores
En lugar de todo ello, existe una forma salvaje de tribalismo en estas instituciones. El Senado filipino, el otro día, demostró, al menos de parte de la nueva mayoría, que es capaz de ignorar las exigencias de la sociedad filipina para centrarse en los intereses propios de tipo político. Hasta el punto de tergiversar la Verdad, manipular a la legislación vigente, creando escenarios ilícitos como ayudar a un fugitivo de la ley escapar de las manos de las autoridades. Y estos, al parecer, permitieron la fuga poniendo en evidencia su complicidad amén de su incompetencia. El origen de todo ello puede encontrase en el número uno que está en el palacio presidencial que al parecer no podía hacer nada al respecto.
Y en Filipinas, es fácil, muy fácil entrar en las dependencias o residencias de los pobres sin una orden de detención o captura o para acabar con la vida de un sospechoso sin el proceso debido, sin respetar los derechos de los implicados. En Filipinas, las vidas de las masas no tienen ningún valor. En Filipinas, los pobres solo son mercancías o instrumentos cuya utilidad tiene fecha de caducidad después de los comicios. En Filipinas, todo tiene su precio hasta el punto de que las mariposas políticas o los políticos que cambian de alianzas fácilmente por el dinero resultan ser meretrices políticas en busca de lechos más cómodos y dotados de dinero y recursos.
Muchas veces los pastores de nuestra Iglesia se han portado como estas mariposas y meretrices. La iglesia no ha sido la meretriz casta sino manchada también por su silencio, complacencia, bendición sobre todo en liturgias públicas.
Del cansancio a la verdadera revolución: La necesidad de la educación
Muchos, cansados y hartos de toda esta vileza institucionalizada, abogan medidas extrajudiciales y extraordinarias que debilitarán la estabilidad de nuestra nación que ya es una república bananera que corre el riesgo de ser una república de bananas podridas que siguen siendo comestibles por no tener otra opción.
Más bien, en mi opinión, hemos de luchar de otra manera mas hemos de comenzar invirtiendo en el futuro mediante la educación de los futuros electores, de las nuevas generaciones. Por medio de bulos y revisionismo, los dirigentes actuales han ganado las elecciones. Es hora de que todos luchemos en contra de estos monstruos policéfalos que siguen destruyendo la integridad y la verdad de nuestras aspiraciones nobles por la nación.
La verdadera revolución no se gana siempre con cambios de regímenes aunque sí estos podrían ser los comienzos. La verdadera revolución se logra solo cuando la Verdad mantenga su integridad mediante una Justicia equitativa y transparente, no solo enfocada en ciertos sectores o personajes sino aplicada a todos con coherencia, constancia e inteligencia humanista y humana. Al fin y al cabo, no somos máquinas. Somos seres humanos. Necesitamos corregirnos, ayudarnos, edificarnos en lugar de destrozarnos, empezando con los más pequeños con nuestra codicia, voracidad e insolidaridad.
Pero con mucho dolor hemos de aprender esta lección. Es un dolor más aceptable, pues será sanadora puesto que nos ayudará a edificar una tradición de grandeza, haciéndonos crecer y madurar de nuestra tradición larga de pequeñeces, de chiquilladas, de infantilismo destructivo.
Es este el dolor aceptable. No el dolor que ahora siento por ti, Filipinas que espero se me alivie pronto, pues es un peso insoportable. Y es mucho más insoportable para los más pobres de esta nación cuyas esperanzas quedan defraudadas por esos políticos traidores y que ostentan el poder solo para su propio beneficio.
Pese a nuestra pequeñez como nación, a nuestra inmadurez como civilización, sigo creyendo que todavía se pueden esperar grandes cosas de ti, Filipinas.Lo primero es que hay que apartar a los 13 Judas y a sus dioses lares del poder para siempre y educar a las nuevas generaciones para que estos no solo sepan elegir sino que sobre todo sepan dirigir los destinos de nuestra patria idolatrada, pequeña pero capaz de grandes transformaciones.