El diablo cojuelo y el crucificado
Más allá de las metáforas para poder vivir la verdad en el sentido ético
Me he enterado por las redes que en Filipinas se está preparando legislación o un proyecto de ley contra las mentiras ahora digitalizadas y diseminadas como bulos. Desde el alba de esta nueva versión de la modernidad, caracterizada por la reducción de todo a lo digital, se ha popularizado lo de la desinformación.Es irónico pensar que el régimen actual que rige los destinos de la nación, que también está atravesando mares tempestuosas que amenazan con sus propia sobrevivencia, haya podido llegar al poder mediante los revisionismos que tanto ha influido en las generaciones nuevas de ciudadanos que ahora forman la mayoría en los colegios electorales.
La cumbre de la modernidad consiste en la edificación de un gran espejo, metáfora esta popularizada sobre todo por Rorty en 1979, en que se ve reflejado como imagen la realidad, en que esta misma se ve reducida como correspondencia a una mente universal o convencional y que aparece como reflejo fiel, como apariencia reproductiva, como mímesis. Mas el despliegue de la misma modernidad, hasta llegar a nuestras calendas, ha puesto de relieve que este espejo tiene grietas; es frágil, distorsionado, manipulado, fragmentado incluso mentiroso.
Al respecto podemos ver en el pícaro diablillo en la novela de Luis Vélez de Guevara El diablo cojuelo de 1641 una manera de comprender el desarrollo de la modernidad con sus grandes sistemas y seguridades. Parte de este mismo proceso es el desvelamiento de todas las mentiras o las falsedades que no son contrarias a la verdad reflejada en nuestro espejo societal sino que son momentos de las mismas para sostener ese mismo espejo. En otras palabras, las mentiras, los bulos, las falsedades forman parte del esfuerzo colectivo para sostener nuestra sociedad, nuestra vivencia compartida que vive de ser un espejo de todas nuestras aspiraciones y también inseguridades, todas estas conllevan nuestras maneras de sobrellevar el peso de lo cotidiano que estas mismas maneras necesariamente suponen. En efecto, el espejo que brilla, brilla por estos bulos.
En la mencionada novela el demonio cojuelo, cuya leyenda antecede a la novela y cuya figura se ha diseminado sobre todo en el mundo hispano (en Filipinas, es uno de los dichosos duendes que nos siguen atormentando), destapa literalmente los tejados de las viviendas españolas como si estas fuesen casas de muñecas, dejando al descubierto los secretos, escándalos y la hipocresía que la gente oculta a puerta cerrada. Todos estos elementos pueden desestabilizar nuestra convivencia mas son a la vez los factores que sostienen el espejo que esta misma convivencia sostiene para poder seguir mirando a sí misma; es decir, estos bulos son garantes de la continuidad cual como la corona en naciones monárquicas o el sacerdocio y el altar para contextos confesionales. En este mismo sentido, nuestros bulos cotidianos destapan nuestra propia realidad, revelando el contenido de nuestras casas o castillos interiores en que moran deseos de continuidad, de perpetuación de regímenes o sistemas para seguir siendo, para ser inmortales, como abogara el rector agónico Unamuno.
En efecto, para seguir siendo una sociedad, no solo mentimos; sino que nos mentimos, nos autoengañamos mutuamente para seguir sosteniendo nuestras verdades, es decir, la continuidad de nuestra convivencia, pues hemos reducido la verdad a la continuidad de la verdad que en Filipinas llamamos ‘pakikisama’ o relaciones interpersonales armónicas. La falsedad es como la levadura que hace levantar la masa y la masa llega a la cumbre, como los políticos no cualificados que ahora ocupan puestos destacados. El espejo es en realidad una escala para arribistas y trepadores. Y esto no solo se limita a la esfera civil. Nuestros seminarios y casas religiosas de formación están llenos de gente que quiere escaparse de la pobreza para no morir de hambre, para sacar a sus familiares de semejante pobreza y así poder llegar a la cumbre.Lamento el tener que decirlo al comprobar todo ello en mis coetáneos así como en mis exestudiantes que se esconden detrás de las sotanas y hábitos, asimismo detrás de las togas y trajes de magistrados y ejecutivos del gobierno.
Estas palabras escritas en 1912 en su ensayo El resentimiento en la moral del filósofo Max Scheler siguen cobrando actualidad al respecto: ‘Quien es mendaz (o falsario) ya no necesita mentir’. Por lo pronto, el filósofo alemán nos está diciendo que ser falsario forma parte de la esencia de algunas personas. En efecto, la mendacidad (Verlogenheit) va más allá de simplemente decir una mentira. Una persona que miente simplemente expresa la falsedad de manera consciente. Por otra parte, alguien que se ha vuelto fundamentalmente falso o mendaz (verlogen) se engaña a sí mismo, pues ya por defecto percibe la realidad de forma distorsionada y deshonesta. Siendo así, ya no necesita construir conscientemente una mentira dado que su perspectiva íntegra es inherentemente engañosa primero a sí mismo, después a los demás hasta construir puentes o moradas de convivencia, como aquellas descritas en la novela citada arriba, en que la mentira reina.
Todo ello nos hace volver a Nietzsche. Este, antes de caer en la locura definitiva, escribió un ensayo significativo en 1873 titulado Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Este padre de la posmodernidad afirma en esta obra que el ser humano no busca la verdad por un amor desinteresado hacia ella, sino por necesidad y supervivencia.Todo ello constituye, por una parte, un pacto social que consiste vivir en comunidad, lo cual exige evitar el conflicto constante. Siendo así, los seres humanos inventan un lenguaje común y establecen convenciones que se denominan la verdad o las verdades de donde proceden las metáforas o semióticas acordadas por la sociedad. Conforme a este orden la denominada mentira es transgresión de esas normas lingüísticas de la convivencia para perjudicar a otros.
Por otra parte, se encuentra el juicio moral o la ética. Es decir, la mentira no se condena en sí misma desde los criterios de un principio ético abstracto o universal sino desde los parámetros de la convivencia concreta de la comunidad que se sostiene por los engaños, por los bulos. En efecto, la mentira es solo mentira si rompe la confianza colectiva, es decir, el espejo colectivo que promete la continuidad o el ascenso o el encumbramiento cuya finalidad es la continuidad bien dinástica, bien societal, bien empresarial.
Como consecuencia de todo ello, con la anulación o renovación de la moral o de la ética desde la óptica nietzscheaiana, el arte, que es fruto de la intuición humana, rompe con la racionalidad ética que se basa en la verdad denominada metafísica, pues se encuentra más allá de lo concreto o de los convencionalismos concretos incluso cuando se hacen comunicativos y dialogales, sobre todo desde un paradigma habermasiano. El creador, el artista engaña, miente, como en las artes publicitarias en las redes sociales, para jugar con la vida, para infundir un sentido lúdico en lugar de implantar la responsabilidad que se base en los valores ‘tradicionales’. Todo ello, en efecto, supone una ruptura en que el fin justifica los medios. El fin se identifica con los medios que son los hábitos sociales naturales, inconscientes, mentirosos que destierran a los antiguos dioses que dictaban sus verdades. Estos mismos dioses ceden sus lugares a estos nuevos dioses que son figuras, mitos, mentiras, es decir, metáforas y semióticas colectivas que dictan las modas, que dictan los usos (‘uso’ es como los filipinos denominamos la moda o lo reciente o lo actual).
El resultado deplorable es una pérdida de la ética con sus principios a favor de metáforas y fábulas que hace que se disipe las realidades en un ensueño perpetuo mientras rugen los monzones, destruyen las riadas, mueren de hambre los pobres e inocentes, tanto por palabras como balas. La ética es vivir justamente. Ser justo es ser verdadero; es vivir con principios que no se disuelvan en metáforas o fábulas sino que todas estas se configuren como discursos que vayan más allá de las lunas que son meros espejos para poder contemplar el sol, la luz, la fuente de toda la radiación sin las mediaciones de eclipses y las modas que estos traen consigo, hasta provocar colas kilométricas para que se pueda fijar la vista momentáneamente en una moda pasajera en vez de quedarse con lo de siempre, con lo perenne que no desaparece con los eventos, las leyendas, los mitos, las palabras.
Esta temática requerirá ríos y ríos de tinta para poder abordarse al menos en su medida justa. Por el momento, cerremos citando al inmortal Platón, que a través de un personaje en su diálogo La República 361e–362a (Glaucón, hermano del filósofo) dice: ‘El hombre justo tendrá que soportar el látigo, el potro de tortura, las cadenas, el hierro candente en los ojos y, finalmente, tras padecer todo tipo de sufrimientos, será crucificado’.
Tras esta reflexión, ahora más que nunca, estoy convencido de que el mejor aliado del Crucificado es el Diablo Cojuelo.