Difícil de encasillar, imposible de ignorar
En el centenario del nacimiento de Michel Foucault (1926-1984). Una aproximación desde la espiritualidad
«Más de uno, como yo sin duda, escriben para no tener rostro. No me preguntéis quién soy, ni me pidáis que permanezca siendo el mismo: es una moral de estado civil la que rige nuestros papeles. Que nos deje en paz cuando se trata de escribir» (La arqueología del saber). He aquí quizá lo más emblemático y enigmático de los párrafos salidos de la pluma fructífera e influyente de nuestro personaje nacido el 15 de octubre de 1926, en Poitiers, Francia.
No faltarán tributos, semblanzas e incluso críticas para el centenario de su muerte. Mi primer acercamiento a su obra fue el texto difícil y famosísimo de Las palabras y las cosas, cuya cita de un texto de Borges y exégesis de la obra de Velásquez, dos figuras hispanas, me han abierto perspectivas. El concepto clave, a mi juicio, de esta obra es la episteme, que se parece mucho a la noción kuhniana de paradigma. Asimismo, con el concepto de modelos empleados por pensadores tan dispares como el filósofo y matemático Whitehead (Modos de pensamiento) y el teólogo y eclesiólogo Dulles (Modelos de la iglesia y Modelos de teología). Vi la aplicación de esta noción de modelos, paradigmas y epistemes sobre todo en la obra de Lakatos (Falsacionismo y la metodología de los programas de investigación científica).
Todos buscamos guías, patrones, programas para poder llevar a cabo nuestras tareas. Usamos distintas terminologías o trabajamos dentro de distintas escuelas, pero en el fondo coincidimos, sobre todo en la meta de descubrir la verdad, tarea que exige, dicho orteguianamente, una voluntad de aventura. A esta luz, en lugar de ser un guía o patrón o programa fiable o fijo, Foucault me parece más bien un cómplice para un empeño muy estimulante precisamente porque no tiene el fin dentro de su horizonte al menos inminente o inmediato.
Mi interés por Foucault incrementó al leer finales de la década última del siglo pasado mediante la lectura pausada de una biografía que capta su esencia esquiva o ineludible o inexpresable. He aquí el título traducido al español: Las muchas vidas de Michel Foucault (por David Macey, utilicé la edición neoyorquina publicada por Pantheon Books en 1994). No era simplemente una cuestión de ser profesor o intelectual público de día y de tener una vida privada de noche o fuera de la mirada pública. Se trataba de una fecundidad y riqueza de planteamientos, no siempre bien desarrollados mas al menos aludidos o mencionados, que hace imposible una hermenéutica unida. No se pueden admitir dogmatismos al acercarse a la obra de Foucault; las únicas cosas legítimas las constituyen la diversidad de enfoques y metodologías que nunca deberían absolutizarse o encerrarse en un callejón de salida, sino más bien abrirse más y más, corriendo el riesgo de promover un relativismo muy acorde al rechazo de las metanarrativas, tan en boga desde el posmodernismo según la versión propuesta por Lyotard.
Desde esta pluralidad, se deriva la legitimación heurística muy acorde con el texto foucaultiano al principio de este ensayo. No se trata de rostro, sino de rostros en los que sobresale el anonimato o el sistema, muy en boga debido al estructuralismo. La fijación de la identidad es una imposición de las fuerzas dominantes hasta ser un abuso del poder. Foucault, haciéndose eco de Nietzsche e incluso de Heidegger, a su manera, nos recuerda que todo se comprende desde el poder, hasta el control, hasta la vigilancia: todo ello componentes de un sistema muchas veces opresivo pero definidor, como el panopticón de Bentham.
Claramente, frente a todo ello, Foucault fue una voz crítica. Con su crítica feroz y ensordecedora, ha logrado a la vez presentarnos con una espiritualidad, inspirada en la de la Grecia antigua a través de la lectura acertada y sugerente de P. Hadot.
La lectura tanto de Foucault como de Hadot me hizo ver que la espiritualidad es ante todo cuidado. Quizá la versión de ambos no sea concorde con lo que suele entenderse como espiritualidad, que supone una apertura del ego para ser espíritu íntegro. Sin embargo, el cuidado, el cuidado de sí mismo, el cuidado del selbst (epimeleia heautou) es fundamental. Tal vez no deba ser la finalidad (lo cual sería una espiritualidad egocéntrica que anularía su propia esencia o misión) mas no hemos de olvidar este principio.
Este cuidado no debería reducir a nadie a categorías fijas a esquemas monolíticos o a sistemas monistas. La espiritualidad es camino de liberación de poderes opresivos y oprimentes. No solo trata de cuidar al espíritu, tomado como fuerza o principio inmaterial como el alma, sino incluso de la carne, de la sexualidad, como el mismo Foucault expuso con lucidez, pero con una erudición tendenciosa y por lo tanto criticable, en diversos tomos.
Cuidarse a sí mismo es un proceso integrador que define y establece la subjetividad como meta, frente a los reduccionismos de identidades definidas de etiquetas impuestas por una sociedad y política oprimentes. Nuestros papeles no deben ser regulados por una sociedad dictadora sino que hemos de ser libres para cuidarnos a nosotros mismos para poder cuidar a los demás.
Se necesitarían ríos y ríos de tinta para homenajear con suficiencia a Foucault. Baste por ahora indicar aquí lo siguiente: si no podemos encasillar a nuestro pensador cómodamente, hemos de dejar todos los esfuerzos de controlar todas las interpretaciones hechas a partir de su obra. Esto lo hemos de hacer sabiendo que la pluralidad, es decir, las muchas vidas, son las que, a la postre, cuentan y no los sistemas que intenten borrar o anular todas las diferencias legítimas. Toda espiritualidad válida tiene una diferencia legítima con respecto a las demás en este mercado, caracterizado por la competencia, que es cuestión de poder, influencia, retórica y discurso, dentro de un mundo y orden racional cada vez más frágiles.