Eclipses en Filipinas

  Una breve reflexión acerca de la perpetuación de nuestra ceguera colectiva

Imagen del eclipse publicada en las redes por la Catedral de Segovia.  A cierta distancia de esta descansan los restos del sublime maestro de la Noche Oscura
Imagen del eclipse publicada en las redes por la Catedral de Segovia. A cierta distancia de esta descansan los restos del sublime maestro de la Noche Oscura | KAMARERO

No. No hemos visto desde estas islas esparcidas en el Pacífico aquel eclipse del que todos están hablando, con fotos en la red; incluso colas largas bajo el sol tostador de agosto para conseguir gafas gratuitas. Un amigo me escribió desde el Campo Charro que se revistió de magia el cielo helmántico y me imaginaba las torres de las dos catedrales y de San Esteban como astros aterrizados que tiritaban en su silenciosa majestuosa, creando armonías y contrapuntos con las campanadas desde la Plaza Mayor.

 Llevamos casi dos semanas, en el norte del archipiélago, asolados por los monzones, con las inundaciones, molestas incluso muertes. Mientras que en el sur hay una sequía tremenda, con índices térmicos que superan los 40 grados. Es El Niño, no el querido Santo Niño en cuyas manos juguetonas y solemnes reposa el mundo cual un balón, que asola el Pacífico. Promete o amenaza ser el más intenso en toda la historia escrita. Vivimos bajo condiciones extremas. Y esto no se limite a lo meteorológico.Todo el clima filipino, en todos los sentidos ambientales, es decir, social, político, religioso, etc. está en estado constante de ebullición. Hasta el punto de rebosar el frágil vaso colectivo. A pesar de todas estas lluvias incesantes, y sus dichosas riadas e inundaciones, los embalses deberían llenarse aún más para que seamos todos capaces de afrontar los meses venideros de este año, hasta principios del próximo, que prometen ser secos y asoladores.

             Los titulares en la prensa anglófona gritan: ¡Eclipse total sumerge a España en oscuridad total! Bueno, en España, ‘nació’ lo de la Noche Oscura, desde el calabozo toledano del gran místico (posiblemente con influencias del Pseudo-Dionisio y de la escuela nórdica de la espiritualidad).   Y esta Noche era luminosa para todo el mundo. Mas quiero explorar en las actuales reflexiones el eclipse actual en mi país, hija de España sobre todo a raíz de 1898, con muchos escándalos políticos, como el proceso de destitución contra la vicepresidente, la corrupción detrás de los proyectos de controles de la inundación, Pax Silica, etc. Y en medio de todo esto, una iglesia que se autoproclama sinodal, pero a nivel parroquial los parroquialismos clericales siguen multiplicándose como los virus potentes y las células malignas.

             Los eclipses siempre nos han fascinado, pues son, por de pronto, un ‘juego’ entre contrastes o puntos opuestos o contradicciones que se resuelven, pues siempre son temporales o fugaces. Los eclipses me recuerdan el Yin-Yang de la cosmogonía china que hablan de transformación y renovación, es decir, de constantes transiciones pero estas ocurren solo porque hay luchas, tensiones, conflictos por detrás. Pero siempre salen a flote en la esfera pública poniendo de manifiesto lo inevitable: los cambios de ciclos, las transiciones, los cambios necesarios. Siempre estamos dando paso a lo nuevo externamente pero no cambiamos en el fondo. Como un ciclo, un círculo. Los eclipses son circulares y son augurios de ciclos, de procesos que vuelven al comienzo que tienen su despliegue en conflictos.

             Como las tensiones que están pasando en Filipinas, en todos los niveles, incluyendo el medioambiente con las inundaciones y sequías, incluso las pretensiones e intervenciones humanas con, por ejemplo, centros mastodónticos de datos que se comerán no solo información sino también todos los recursos vitales como tierra, agua, energía electríca.

             Las sombras producidas a raíz de los eclipses señalan lo oculto, los intereses ocultos. Las sombras, en realidad, son vehículos de revelaciones. Y ahora con las sombras que perviven en nuestro ambiente, las tinieblas que todos atravesamos han puesto en manifiesto los intereses egocéntricos de las fuerzas políticas imperantes. Queda claro el predominio de sus intereses propios y no los del bien común.Las riadas de basura, agua, pobreza forman el ciclo que acompañan la retórica en la esfera pública que repiten los consabidos problemas y esquemas pero que siempre vuelven al origen de los problemas. Y cada regreso, cada fin de ciclo significa un empeoramiento del comienzo desatado por dualidades, mejor dicho, dobleces que son, en realidad, presagios de grandes acontecimientos como lo perenne de las dinastías políticas que se caen y se levantan, como por ejemplo, la de los Marcos.

             En cada eclipse parece como que la oscuridad o la energía negativa se comiera el astro mas se hace más evidente la falta, el vacío que dicha ausencia. Esto es en sí una iluminación que también es una alienación o al menos, una llamada a la alienación de ciertas fuerzas que amenazan con sumirnos en una oscuridad mayor e irreversible. Esto es lo que debería hacerse, pues cada eclipse es ocasión para una mayor esperanza. Lo que pasa es que esta supone una mayor conciencia pero en Filipinas estamos despiertos a las duras y crudas realidades acerca de las raíces de los males que nos siguen afligiendo pero seguimos en lo mismo, pues en nuestro caso esta mayor conciencia conlleva una especie de autoengaño colectivo por lo que no avanzamos para nada, seguimos romantizando nuestra resiliencia en vez de exigir de nuestros gobernantes una gestión más competente y más ético de todos nuestros recursos.

             Todo esto me recuerda un texto certero de Borges de 1980 titulado Siete noches. Reza así: ‘Es dramático el caso de aquellos que pierden bruscamente la vista: se trata de una fulminación, de un eclipse; pero en el caso mío, ese lento crepúsculo empezó cuando empecé a ver’. En Filipinas, estamos todos despiertos; vemos los abusos, la incompetencia, la corrupción, los problemas pero hemos preferido entrar en un crepúsculo sin fin, en un eclipse incesante en que lo oculto ya se ve, se hace palpable, sin bridas, sin rubor y se tolera. Hacemos la vista gorda, lo cual es una fulminación, una ceguera que solo ocurre porque vemos o que ha empezado a ocurrir cuando hemos empezado a ver.

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