¿Dónde estabas? La voz desde la tormenta

 Job y el camino de superación o perfección de la teodicea

Job en el muladar injuriado por su esposa por Francisco Giralte ca. 1550.  Obra renacentista que se conserva en el Museo nacional de la escultura en Valladolid, España
Job en el muladar injuriado por su esposa por Francisco Giralte ca. 1550. Obra renacentista que se conserva en el Museo nacional de la escultura en Valladolid, España

No cabe duda de que la teodicea —entendida en el sentido leibniziano como la justificación de un Dios bueno ante la realidad del mal— es la rama más crítica de la filosofía. A menudo se la confunde o mezcla con la teología natural y el discurso filosófico tradicional sobre lo divino, pero su problemática va más allá. Fundamentada en una metafísica frecuentemente reducida a la ontología, la teodicea se presenta como un itinerario hacia el sentido de la existencia. De hecho, bajo las exigencias kantianas, el mal se convierte en la ocasión crucial para poner en cuestión los fundamentos y las condiciones de la propia realidad.

Esta realidad se entiende desde los parámetros del Bien. Por el contrario, desde el prisma del Aquinate, el Mal es una tendencia hacia el no-ser o la nada; no como una potencia previa al devenir hegeliano, sino como una devastadora ausenci de la realidad. Se trata, en efecto, de una carencia que un místico de la talla de Juan de la Cruz captó con lucidez al definirla como aquello que carece de valor frente al 'Todo' de la plenitud divina.

      La teodicea entiende la vida como una travesía por el mundo en busca de sentido, un intento por hallar en él nuestro propio hogar. Aunque el mundo es una totalidad experimentable, rara vez coincide con la plenitud anhelada. Así, la existencia se convierte en el arte de navegar las circunstancias para transformarlas en vida verdadera; es decir, en el logro de establecernos, al fin, en el hogar deseado esto es  la vivencialidad deseada. La existencia es un navegar lejos del hogar; es ser un Odiseo, últimamente de moda por la película esperada de C. Nolan, navegando entre el rugido de Caribdis y la codicia de Calipso, evitando el naufragio que no solo se experimenta una vez en la vida. A tenor de ello, la teodicea es dar sentido a estos naufragios múltiples por los que todos pasamos en el regreso a nuestro hogar, a nuestra fuente, a nuestra soledad propia como indicara Plotino al final de las Enéadas.

Precisemos. La teodicea entiende la vida como una travesía por el mundo en busca de sentido, un intento por hallar en él nuestro propio hogar. Aunque el mundo es una totalidad experimentable, rara vez coincide con la plenitud anhelada. Así, la existencia se convierte en el arte de navegar las circunstancias para transformarlas en vida verdadera; es decir, en el logro de establecernos, al fin, en el hogar deseado.

             Sin querer reducir el relato bíblico, no histórico pero legendario, de Job a categorías griegas (o leerlo desde un prisma exclusivamente griego), es preciso afirmar, por de pronto, que Job es símbolo de la situación humana de estar, ‘in medias res’, como es el caso de la situacionalidad en las obras épicas griegas. Esta situacionalidad se abre a una aventura, constituyendo la vida como ‘voluntad de aventura’, en expresión de Ortega.

             Las pruebas de Job son como las de Odiseo, quien a mi juicio es la versión griega del hombre no solo sufriente sino sobre todo el hombre puesto a prueba.Como Odiseo, Job se encuentra desviado por la prueba que en su conjunto son tormentas, monstruos y momentos que le empujaban a la blasfemia o a la locura. Tras intentar justificar sus males, escuchando a sus amigos, logra llegar a muchas partes, logra explorar diversas coordenadas geográficas del espíritu pero no llega a casa, al hogar deseado de comprender o compaginar la realidad del mal con la del Dios bondadoso.

             La teodicea tal como la conocemos ha sido una serie de aventuras, de epopeyas, de exploraciones hermenéuticas encarnadas en tópicos, costumbres y paradigmas todos arraigados en el concreto. Pero se ha reducido en distintos modelos intentando justificar el mal frente al bien o a pesar del bien o justificar el bien a pesar del mal. Los discursos de los amigos de Job son algunas muestras de estos intentos racionales.

             Mas es preciso ir más allá de todos estos intentos.  Mis conversaciones por el Claustro de los Reyes en el Monasterio de San Esteban de Salamanca con el renombrado exegeta Maximiliano García Cordero O.P., me abrió los ojos. Gracias a las mismas me libré de la muy común reducción simplista del relato no histórico de Job a una mera teodicea al estilo de los consabidos intentos racionales como la teología natural que tradicionalmente se ha empeñado en explicar el mal como algo permitido por el Dios Bueno y Bondadoso. Sin embargo, el renombrado exegeta no me indicó el texto en el mismo libro para fundamentar esta tesis muy sugerente.

             Tras incontables relecturas e indagaciones, ayudado por numerosos comentarios, creo haber encontrado la clave en el discurso pronunciado por Dios en el mismo relato: ‘¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Cuéntamelo, si tanto sabes’ (Job 38, 4). Este discurso subraya que la realidad es un misterio insondable. Nos recuerda que no somos Dios ni siquiera dioses y no podemos sondear la Providencia divina en su inmensa integridad. Si se lee despacio todo el discurso, veremos que Dios y su actuación, entre la que se encuentra la tolerancia del mal (que en libro de Job fue ejecutado por Satán que según la tradición en la que se desarrolló esta obra era uno de los hijos de Dios y no un adversario),trasciende a todas nuestras expectativas humanas y que solo se abre como camino de esperanza, más allá de toda capacidad humana y que exige el abandono de criterios meramente justificativos y empíricos en orden a sondear toda su gama experiencial, desde nuestra propia finitud y culpabilidad.

             Por lo pronto, desde al menos el segundo capítulo del libro de Job podría inferirse que hay un pacto entre Dios y Satán en lo referente a la tolerancia del mal en el cosmos pero existe un nivel profundo: el del misterio insondable.Siendo así, merecería la pena leer todo el discurso de Dios del capítulo 38 hasta el 41. No podemos comentarlo con la debida parsimonia aquí mas solo podemos limitarnos a destacar el Misterio insondable.

             Y este Misterio es una llamada a ir más allá de la justificación de Dios frente al mal o la del mal frente a Dios, conforme al planteamiento ontológico que Dios es el sumo bien en que no hay mancha de mal, dada la existencia del mal en el mundo. Esta llamada nos llevaría a otro puerto, a otro nivel, es decir, de la justificación de Dios a la Justicia de Dios, a la Justicia del Orden de la Realidad tal como lo ha decretado el Dios insondable y trascendente que se hace inmanente. Este mismo Dios se hace Presencia viva y verdadera en la historia humana que se abre al hombre, invitando al hombre a vivir conforme a este Misterio. Todo ello supone la superación de los paradigmas y modelos ofrecidos por otros que intentaban justificar a Dios frente al mal (como las hermenéuticas teodiceales que se han desfilado ante nuestros ojos y hacia las cuales Dios en el relato de Job mostró su enojo).

             Las palabras de Job: ‘Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echado en el polvo y la ceniza’ (Job 42,5-6) ponen de manifiesto el tránsito de la mera teodicea de la justificación al reconocimiento de la Justicia de Dios que es relacional, pues indica la superación de los meros modelos y paradigmas de carácter hermenéutico a una vivencia representada por los ojos, por una intuición profunda y relacional con el Misterio, viviendo agradecido al mismo Misterio por lo que al final del relato puede leerse lo siguiente: ‘El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio’ (Job 42, 12).

             Más allá de la obsesión por lo debido, que es lo que caracteriza a los modelos o paradigmas hermenéuticos de la teodicea anclados en la justificación), se halla el agradecimiento de la Justicia, de la verdadera Justicia que no es meramente justiciera sino que es sobre todo gratuita, siendo la Gratuidad en sí, la Gracia derramada constantemente en medio de las luchas y los vaivenes como Misterio, creando así una historia de relacionalidad que precisamente consiste no en justificar sino descubrir la verdadera Justicia que subyace a todo envuelto no como enigma en este mundo o esta vida sino ofrecida como Misterio que no debiera ser conocido solo de oídas sino visto, vivido, reconocido.Y esta vivencia y reconocimiento del Misterio, más allá de los empeños hermenéuticos, es precisamente la Mística o vivir el Misterio intensamente, no de oídas, reconociendo que somos polvo y ceniza pero abiertos a ser bendecidos por el Misterio incluso más aún que al principio. Con la mística se logra la perfección o la realización de la teodicea, pues consiste en ir de la justificación a la fuente de la Justicia en sí misma, viviéndola para ser bendecida por ella misma.

             En fin, la filosofía, como amor de la sabiduría, no consiste en saberlo todo para justificarlo todo, pues el hombre no estaba cuando se cimentó toda la realidad. La filosofía, como teodicea (o en su función primordialmente teodiceal), no es llegar tarde como el búho de Minerva, según la versión hegeliana para justificarlo todo encontrándose en la historia como cárcel o proceso dialéctico circular, sino que consiste en relacionarse con lo Absoluto que desde la eternidad se presenta en el tiempo para hacer Historia insondable, en medio de todas las voces, cacofonías y tormentas, con el hombre. Esta Historia es relacional. Tiene por fin hacer ver cómo lo Absoluto deja experienciar su Justicia como bendición, más allá de todas las expectativas. Dicha bendición solo puede lograrse con la confianza, es decir, mediante la esperanza.

             

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