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Más allá de las fronteras conocidas de la vida contemplativa

Thomas Merton y el reto de seguir remando por adentro

No se puede dudar que aquellos ojos escrutadores siempre buscaban ir más allá de los sistemas para hallar la esencia de ser cristiano desde el prisma de un contemplativo comprometido radicalmente con el mundo

Me alegró muchísimo la beatificación reciente de Mons. Fulton J. Sheen de la cual publiqué hace unos días un ensayo. Antes que nada, Sheen, a mi juicio, era un profeta para su tiempo, sobre todo por ser un hombre atípico. Entre otras cosas, en medio de la postura mayoritaria entonces de los obispos estadounidenses y por ser anticomunista como él, sosteniendo a la vez la teoría clásica de la guerra justa, Sheen hizo una llamada para el fin de la guerra en Vietnam y sintonizó más bien con las corrientes nuevas del Concilio Vaticano II.

             Desde este fondo, se destacan varias figuras cristianas y católicas estadounidenses que son modelos de santidad y sobre quienes espero poder dedicar ensayos, si Dios quiere. De momento, quiero fijar la atención en uno que quizá nunca lograría los honores del altar, como Sheen, pero sin duda es un modelo de santidad.

             Me refiero al monje cisterciense y renombrado escritor espiritual, Thomas Meron (1915-1968). A mi juicio, no solo es un gran escritor en lengua inglesa, cuyas páginas merecen inscribirse entre las más bellas en dicha lengua; tampoco es solo un escritor de espiritualidad, con visión tanto literaria como teológica. Es un autor verdaderamente místico.

             Sus escritos, que son reflejos de su vida, ponen de manifiesto cruces en que se experimentan tensiones, como su juventud hedonista e increyente que por fin encontró a Cristo y su Iglesia, su vocación monástica y la tensión de ser un escritor renombrado y publicado, amén de la tensión de enamorarse de una enfermera, hasta tener experiencias físicas intensas con esta misma, al final de su vida. Dentro de esta vocación monástica, existía también, por una parte, su deseo por una soledad más intensa (sus superiores le permitieron vivir como ermitaño dentro de los terrenos de su abadía) mas a la vez, era viajero; hombre de contactos, y no solo de oración. Para él, ser monje significaba estar inmerso en el mundo, en constante diálogo no solo con Dios pero también con los hombres de diversas tradiciones culturales y religiones. De hecho, la muerte lo encontró en Tailandia, en uno de esos giros como conferenciante y dialogante.

             Tradicionalmente, su vocación monástica no le permitía tantos ‘engagements’ o encuentros comprometidos. Sin embargo, Merton creía que la contemplación y la justicia deberían darse la mano. En esto, los vientos que soplaban debido a la apertura del entonces papa Juan XXIII, sobre todo por lo del Concilio, resultaron refrescantes e incluso estimulantes, al menos a nivel oficial. Mas seguían las tensiones en casa, con la propia Trapa, con su propia situación.

             La contemplación era para él era un encuentro no solo vertical sino también horizontal con diversas religiones del Oriente. Al parecer, todo esto podía verse desde la perspectiva de un interés por lo exótico pero una lectura atenta de los escritos mertonianos revelará que su autor, lejos de un mero exotismo de tipo orientalista (conforme al modelo de E. Said), quería, de verdad, el rostro de lo Absoluto, más allá de las mismas fronteras de su fe y de su vocación, sin diluir la novedad cristológica y el mensaje cristiano.

             Hasta la fecha, a mi modesto entender, no se ha comprendido esta postura mertoniana justamente. Junto a ella era su deseo pacifista, incluso más radical que el del ya mencionado Fulton J. Sheen, lo cual le llevó a rechazar por completo toda la actividad bélica, protagonizada por su propio país, los Estados Unidos de América. Durante los años de la guerra fría, que también se desataba en guerras calientes como la que lamentablemente se desató en Vietnam, Merton, junto a varios, se opuso a la postura de muchos obispos norteamericanos, abogando la paz, el fin de la violencia. Todo ello era una llamada (o sigue siendo una llamada) a revisar la convivencia fe y amor patrio, tan identificados o mezclados entonces sin el debido sentido ‘crítico’ discernidor.

             La raíz de toda esa tensión vivida en propia carne por Merton es, sin duda, una redefinición de la contemplación, más allá de las fronteras consabidas de entonces. La oración, que es el camino primordial de una vocación monástica, ha de basarse en un humanismo mayor que ha de desembocar en la defensa de os los derechos y libertades fundamentales frente a agresiones injustas o regímenes tiránicos, que no solo existen entre estructuras internacionales sino también incluso en ámbitos monásticas en que la cuestión de la conciencia individual tendía a diluirse bajo el pretexto del voto monástico de la Obediencia.

             Solo en las tensiones puede crecer nuestra fe que conlleva vivencias inusitadas dentro de las cuales se descubre el Misterio que actúa entre nosotros y en donde todos vivimos y nos nutrimos. Este acto es la verdadera mística, más allá de las fronteras impuestas por sistemas humanos y más en acorde con el Evangelio cuya discursividad se halla en Parábolas en que las paradojas y las contradicciones superan las condiciones epistemológicas comunes y nos llaman a seguir adelante, a remar o navegar mar adentro: Duc in altum (Lc 5, 4).

             Mas para lograr esto es preciso tomar riesgos y en esto Merton, pese a sus imperfecciones y manías que no todos entendemos del todo, tiene algo que ofrecernos a todos hoy en día.

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