DONDE HUBO FUEGO, CENIZAS QUEDAN
Un post sobre el ‘post’
En otras palabras, ‘algo queda’. Y los que quedamos somos testigos de lo que queda, de los restos. Protagonistas o causas por lo que quedan. En la mayoría de los casos, víctimas juntos de los que quedan. Pese a ello somos también actores. Y hay muchas categorías de estos: héroes, protagonistas, antagonistas, colaboradores, comparsas, en fin, testigos…
Tiempos atrás yo comprendía el refrán que da título a este escrito que hoy en día se llama post en términos positivos. Un botón de muestra: a un profesor mío en las aulas salmantinas que fue dominico le gustaba hablar tanto en clase como en los bares de tiempos superados llevando el hábito, correa, el rosario y la capa negra con capilla, yendo al coro varias veces al día, predicando desde el púlpito, confesando a las beatas. Con muchas críticas. Pero incluso fuera de las murallas del convento, proseguía con la ascesis intelectual, es decir, el estudio y toda la disciplina que este conlleva. Siempre empezaba: ‘Yo fui dominico’…y a este estribillo seguía relatos acerca cómo la Orden de entonces apoyaba a Franco y que todo esto, entre otras cosas, reflejaba algo anquilosado pero cuando comenzaba a hablar de los manuscritos encontrados en los archivos y la convicción de creyente que los partidismos políticos no han logrado mermar era cuando el tono cambiaba el tono por lo que añadía con un brillo en sus ojos y exclama con tanta emoción a la vez dando un manotazo a la mesa del profesor o un golpe al suelo con su bastón con el botón charro típico de tierras salmantinas: ‘¡pero algo queda!’ Y repetía con una voz apagada tal vez melancólica: ‘¡algo queda!’
Los que quedamos somo nostálgicos a la fuerza. Nostálgicos de lo Absoluto. Y este lo identificamos con Dios (que puede ser personal o impersonal como la naturaleza de Spinoza), ¿no es así?
Asimismo nos vemos constreñidos a escribir sobre el post, un post sobre el ‘post’ como reza el título arriba, este último vocablo es pluriforme: postmodernidad, postestructuralismo, postguerra…En fin, de tiempos superados. Ahora es el tiempo de las cenizas, es decir, de los que quedan, de los que quedamos.Somos como el búho de Minerva, conforme a la versión ideada por Hegel en sus Lecciones de filosofía del derecho, que emprende su vuelo al atardecer, después del día, al concluir la jornada, tras la debacle, llenos de hubris. Este vuelo es un post sobre el ‘post’.
Volamos leyendo en esta cueva platónica, encadenados a nuestro presente que es un ‘post’. Nuestra lectura es un post que quizá podamos mandar como ‘postal’, como dijeran Derrida y sus secuaces. En esta cueva percibimos las sombras, sombras o restos de lo que había; son los que quedan junto a nosotros lectores, espectadores, actores. El mismo aire que respiramos son sombras, restos y la vida que nos infunde a nosotros al aspirar es la de un resto, de un fragmento de lo que había, suponiendo que lo que había era mejor o más grande que lo que hay ahora.Y respiramos sobre estos restos, estas cenizas, estos escombros cuales unos espíritus vagabundos como refería Wittgenstein en Aforismos cultura y valor.
Espíritus no son fantasmas ni seres inmateriales sino personas íntegras o con integridad que buscan sentido, norte, dirección incluso en medio de las ruinas en donde se oyen ecos del vacío que son el canto de sirenas que nos llevan a la vorágine del sinsentido. Estas para los espíritus son ambiente que es preciso transformar en medio, en ecosistema.Las ruinas son mundo o lo circundante que es preciso convertir en hogar.
De antaño, el fuego era luz, era calor que constituía el hogar. Ahora el fuego es el que causa los escombros, las ruinas, las cenizas…la destrucción o la perdida del hogar. Mas siguen las sombras, pues algo sigue quemándose, ardiendo.Antes el fuego daba calor hogareño y las cenizas son signos vivos de que hay un hogar y su ambiente acogedor, caluroso, amoroso. Hoy en día, sobre todo a raíz de nuestra historia largas de bombardeos, en muchísimos casos ya no hay hogares o ambientes hogareños solo cenizas que señalan la muerte, la destrucción,
Y perviven las sombras. Ahora con las cenizas estas cenizas viven de los discursos que ya no arrojan luz sino que crean sombras más amplias y engañadoras, incluso seductoras pero más vacías, con ecos más chirriantes, sobre todo con la proliferación de bulos que incitan a más violencia, a más mentiras, a más sinsentidos.
Y las sombras hacen su danza vertiginosa para que el búho se quede como sombra que va a ninguna parte, como rezara en parte el título de una novela del cineasta Fernando Fernán Gómez. Se pueden enumerar aquí otras más referencias culturales, es decir, de las que quedan para cantar o lamentar lo que queda y los que quedamos. Añoramos aquel tiempo cuando la llama era de ‘amor viva’, como rezara san Juan de la Cruz, es decir, creía hogares en vez de destrozarlos, que creía Presencia, que era Presencia. Mientras que hoy en día lloramos por las presencias que había y que ahora no están.Hoy son ausencias.
Hemos reducido a la Presencia en sí a meras presencias. Por eso ha habido una enorme falta de respeto institucionalizada en diversos sectores. Esta falta ha reducido a todo en meras presencias que el viento o el fuego o el agua puede llevarse a un viaje sin ninguna parte dejando solo vacíos, escombros, ruinas con sus ecos y nosotros, los supervivientes, llorando o añorando mientras seguimos dejándonos seducir por las sombras creadas por los fuegos fatuos con su poder destructivo que arrasa y no construye.
Nos hallamos en un impasse de sombras, de reliquias que nos siguen condicionando y engañando con presencias fatuas e incluso maléficas que llevan a más fuegos como bombardeos o a más aguas como inundaciones o más aires como explosiones alejándonos cada vez más del sentido originario de estos elementos de cobijar, de construir un hogar que es santuario, cobijo, refugio de un mundo totalizante y totalitario cada vez más hostil.
Por reducir a todo a meras presencias que pueden negarse fácilmente en ausencias hemos perdido nuestra hospitalidad, nuestra capacidad de crear hogares. Ya no somos hogareños en este viaje incesante sino hosteleros solo interesados en el dinero o en lo utilitario perdiendo todo sentido de gracia y gratuidad que apunta a lo trascendente, que siempre es experiencia colmante porque no está simplemente presente sino que es Presencia en sí más allá de todos los ausentes y los vacíos que remanan y dimanan.
Este es el ‘post’ que nos toca vivir. Podemos reducirlo a la ‘posthospitalidad’ en que ya no quedan hogares o hospicios sino hoteles, hostales, fondas. Ya no somos Presencia sino presentes o ausentes que se abstraen ontológicamente en cifras, figuras, estadísticas puesto que en el número lo concreto se une con lo ideal para cifrarse, descifrarse, simbolizarse como presente, que en realidad está ausente, pues todo símbolo apunta a lo que no está pero que está mentado.Y lo mentado comparte con el mentido, con la mentira la misma raíz de la confabulación mental que ha reducido a todo a instancias o momentos de una enfermedad mental que es enfermedad espiritual en que los espíritus no solo están manchados de las cenizas o de los escombros sino que están enterrados bajo el peso de todos estos ecos y vacíos que diluyen a todo en presentes desde categorías de los que se van, de los que se reducen en ausentes en un viaje a ninguna parte.
Desde estas ausencias de los presentes solo podemos otear un horizonte de expectativas que carecen de la contemplación de las esperanzas. El futuro está lleno de expectativas que son prolongaciones de las sombras que nos condicionan y engañan y que nos empujan hacia la vorágine mientras que seguimos como náufragos en esta mar que se ha reducido en el gran cantar de sirenas. Estas expectativas nos han infectado con una diarrea espiritual en que todo lo cercano se convierte en lo lejano en la urgencia de llegar por la incontinencia del deseo.
Hace falta la verdadera esperanza en que la Presencia vuelve a ser la atmósfera, lejos, como dijera san Juan de la Cruz, ‘lejos la retórica del mundo; quédense las parlerías y elocuencia seca de la humana sabiduría, flaca e ingeniosa’. Con la Presencia vuelve la inefabilidad que respeta la trascendencia, que no intenta reducir en ruido o sílabas todo lo profundo, todo lo importante, todo lo vital.Con la Presencia vuelve la hospitalidad que acogerá incluso el silencio de donde nace y se nutre todas las palabras para que nazcan como Palabra y que no se reduzcan en palabrerías de las que se nutren las expectativas muchas veces falsas, siempre cortas, normalmente rápidas pero que hacen más lejanos los puertos deseados.
Con la hospitalidad la Palabra nunca desaparece a pesar de los bombardeos, las inundaciones y las explosiones. Con la hospitalidad siempre hay un hogar en medio de las ruinas, un silencio que no es falta de comunicación sino plenitud del lenguaje que no se reduce en expectativas o en vaticinios sobre el futuro sino que crece en cumplimiento y fidelidad en que el origen se vuelve originario o el origen como meta en el Presente que no está simplemente presente sino Presencia. No solo como camino o itinerario sino como compañero de viaje a la vez meta que es origen que se cumple en fidelidad en un Presente incesante a pesar de los pesares en que el peso se vuelve ligero, amoroso, solidario.Así todo ‘post’ ya no es expectativa sino esperanza que se vive en el hoy apremiante, en el Presente que es Presencia en el hogar que seguimos creando, disipando las sombras al abrir las ventanas superando las formas engañosas para volver a abrazar aquella Llama que es luz y calor del hogar. Así volveremos a recuperar nuestro gran cantar de las garras de las sirenas.
Tenemos motivos para esperar que esto se logre esto porque de verdad, a pesar de los pesares, queda algo.