IN MEMORIAM, JÜRGEN HABERMAS
Con la esperanza de que finalmente, tras el fallecimiento del filósofo alemán Jürgen Habermas, se podrá sintetizar su obra casi inabarcable para hacerla más digerible y comprensible
No quiero decirle adiós porque incluso tras su muerte el 14 de marzo de 2026, permanecerá entre nosotros. Y no solo en el recuerdo. No creo que comparta nuestras creencias escatológicas sobre la vida eterna pero sí es ya un inmortal, incluso antes de su fallecimiento.
Longevo como persona y prolijo como escritor, no era, es fácil comprender a Habermas. Incluso costaba entenderlo cuando hablaba debido a una fisura palatina congénita.Ante todo, su obra intricada e ingente impresiona e incluso intimida. Seguramente a muchos inspira, amenaza, provoca, pues la grandeza de un pensador no consiste en la persona en sí misma sino en la telaraña que crea, como una araña. Esta telaraña se convierte en red de significado, de búsqueda, de retos.
Cansaba seguir a Habermas a lo largo de todos estos años, pues opinaba sobre prácticamente todo. Estaba en prácticamente todos los saraos para permanecer en el candelero. Claramente usaba su prestigio ganado desde tiempos atrás para seguir figurando en nuestras vidas, al menos en las de nosotros que nos creemos occidentales, posmodernos o herederos de un legajo cultural complejo en estado constante de ebullición en que el debate es la constancia de la vida.
El diálogo, la discusión, el debate parecen ser los estribillos de su vida y obra en un mundo que quiere acallar voces, opiniones, perspectivas. Para mí su foto discutiendo con el entonces Cardenal Ratzinger es icónica. Pero en el fondo, sabiendo la disparidad de sus posturas, yo pienso que solo lograron hacerse oír mutuamente. No hubo acercamiento, en efecto. Por lo que me pregunto, ¿basta dejarse oír o expresarse?
Al menos sí se oyeron las voces. Al menos hubo o hay ocasión de intercambiar pareceres. Todo lo demás sobra. Mas muchas veces esta cacofonía de voces es vertiginosa y no delirante.Y ahora estallan las bombas o proliferan soflamas. De las voces al menos hay que seguir buscando o confeccionando acordes o consenso a la vez de edificar las condiciones para todo ello.
Es este, a mi juicio, el carácter perenne del legado de Habermas, que había nacido en el lejano 1929 cuya vida fue marcada por el nazismo y que desde fecha temprana emprendió la vida de un estudioso. Para mí más que una persona, porque nunca tuvo la dicha de conocerla, es un un símbolo. Lejano, abstracto, difícil para mi mente obtusa pero de alguna manera presente como un eco.Leerlo o citarlo significa una especie de elitismo tan común en círculos académicos que no me agrada para nada. Tener sus libros es como un ‘status symbol’, sobre todo por lo difícil y prolijo que son.
Pero en un mundo de superficialidades y aforismos fáciles, sobre todo en círculos demagogos, es todo ello un contrapeso que conlleva un reto importante. Quizá pensar de verdad significa tejer una red complicada o un laberinto de espejos en que nos podamos ver a nosotros mismos, sabiendo que esta casa común es una pecera: transparente, frágil e incluso superficial.
Renuncio a comentar cualquiera de sus obras, incluso las que he leído, sacrificando sueño y tranquilidad. Pero sí ya que su voz física se ha apagado para siempre es tiempo de cosechar lo que había sembrado para pasarlo a las generaciones futuras. Les debemos perdonar la tarea odiosa de perderse en las diversas veredas de sus escritos y ofrecernos una visión más clara, más sintética, más aplicable. Es hora de hacerle a Habermas, gran hombre y pensador, más cortés. Como escribiera Ortega en su día: La claridad es cortesía del filósofo.