La verdadera independencia supone la conversión

Los posibles pasos hacia una nueva política en Filipinas mediante un examen de conciencia

La bandera filipina en el Parque Nacional de la Luneta, Manila, Filipinas
La bandera filipina en el Parque Nacional de la Luneta, Manila, Filipinas

Cuando yo realizaba mis estudios de doctorado en Salamanca trabajé sobre un texto juvenil de Ortega y Gasset que marcó el comienzo de su vida pública y política. Me refiero a Vieja y nueva política, su conferencia pronunciada el 23 de marzo de 1914 en el Teatro de la Comedia de Madrid. Este mismo texto lleno de unción sirvió como el manifiesto fundacional de la Liga de Educación Política. Sin comulgar totalmente con el pensamiento orteguiano, como queda expuesto en el mencionado texto, he de decir que me sigue pareciendo fascinante la distinción que hace el filósofo madrileño, quien entonces solo tenía 31 años, entre la España oficial y la España vital y entre la Vieja Política y la Nueva Política.

             He aquí un resumen de las diferencias que se desprenden del texto:Por una parte, la España oficial la forman las instituciones del Estado, los partidos políticos tradicionales (liberales y conservadores) y la burocracia. Para Ortega esta España es como un cadáver; es una estructura hueca, ficticia y sin vitalidad que solo desea perpetuarse a sí misma mediante el turno pacífico de partidos. Por otra, la España vital (o real) es para nuestro filósofo la España que trabaja, piensa y sufre; es la encarnación, por así decirlo, de la energía social espontánea que, lamentablemente, se halla completamente divorciada y huérfana de representación en las instituciones del Estado.

            A tenor de todo ello, la Vieja Política se caracteriza por el pragmatismo cortoplacista, el clientelismo, el caciquismo y la falta de un proyecto nacional. No tiene ideales, solo intereses. Es la política de la Restauración de entonces que mantiene al país en el estancamiento. En cambio, la Nueva Política es ante todo una actitud antes de ser un ejercicio.  Dicha actitud ha de ser vanguardista, científica, organizada y dotada con una visión a largo plazo. Su objetivo principal no es el rédito público dentro del sistema corrupto sino la transformación de la mismísima estructura misma de la nación.

             Siempre he sostenido, desde que mi profesor de filosofía social en la universidad nos lo expuso en clase, que la revolución que expulsó al dictador Marcos en 1986 no fue una revolución de verdad sino solo un cambio de régimen.Sigue imperando la que Ortega denominó con maestría Vieja Política, que Rizal, nuestro héroe nacional, denominó un cáncer social. El filósofo madrileño abogaba una solución minoritaria, es decir, elitista.  Años más tarde, en su obra clásica Rebelión de las masas (primero como artículos en 1929 y en 1930 como libro completo), Ortega desarrollaría su concepto de élite intelectual y moral. Se trata de minoría educada que tiene la responsabilidad de pedagogizar a la sociedad, elevar el nivel cultural del pueblo y liderar la construcción del nuevo Estado.

             De verdad, nuestro pueblo filipino no solo necesita pedagogía. Necesita sobre todo conversión: una inversión de los valores vigentes a nivel social y político que ha de venir desde dentro, desde la moral personal que ha de desarrollarse y ejercerse éticamente, es decir, en comunión con los demás para poder no solo convivir (vida social) sino para poder hacer algo juntos a raíz de dicha convivencia (vida política).

             Tras pasar por muchos eslabones desde 1986, en 2016 fue elegido presidente el nefasto Rodrigo Duterte, peor que el dictador Marcos, sucedido por su entonces aliado y ahora enemigo acérrimo y mortal, el hijo del dictador. Es la misma vieja política; el mismo cáncer.En 2022, volvió al poder la familia Marcos por una mayoría aplastante.

             Todo ello pone de manifiesto que la corrupción ya no nos escandaliza. De hecho, podemos dormir bien de noche sabiendo que todo va mal. Filipinas obtuvo una puntuación de 33 sobre 100 en el último Índice de Percepción de la Corrupción y se ubicó en el puesto 114 de 180 países. Ese número ya no nos sorprende. La corrupción se ha normalizado en Filipinas. Sobre todo, durante el mandato de Duterte de 2016 a 2022, se ha hecho normal la violencia contra los indefensos en nuestra tierra en donde solo los privilegiados viven bien. Esto se puso de manifiesto en tiempos de la pandemia con el robo de los fondos de la Philhealth. Esta es el programa nacional de seguro de salud público de Filipinas. El robo fue protagonizado por el secretario de salud pública del entonces presidente Duterte quien lo protegió.

             En las urnas seguimos depositando las papeletas con los nombres de individuos que encarnan los ideales de la detestable Vieja Política. Son individuos quienes hacen que sean normas o normales que las reglas se salten se vuelve normal desde una lógica que puede resumirse en esta frase escueta: todos lo hacen de todos modos.  Por eso resistirse resulta arriesgado e inútil.  La corrupción, que es la hermana gemela de la violencia, está integrada de tal forma que la vida nacional en Filipinas depende de quienes ostentan el poder por tener los recursos para quebrantar la ley solo para beneficio propio. Y lo lamentable es que todos, incluyendo los inocentes, ayudamos a mantenerlo porque este mal es ya sistémico, forma parte de nuestro ADN.Es mucho más que un cáncer. Es algo congénito. No bastará toda la pedagogía de la que es capaz del ser humano.

             En efecto, somos nuestros mismos enemigos. Todo ello encuentra su raíz en el valor filipino por excelencia: el utang na loob que suele traducirse por ‘deuda de gratitud’. En realidad, es mucho más que una mera deuda o mera gratitud. Es como deberlo todo al otro, esto es, como deber, como una deuda perpetua, la interioridad o la integridad o lo más profundo de uno mismo al otro. Es este el principio del ciclo vicioso e inacabable de todos los males en nuestra vida política.

             Esta deuda constantemente se hace concreta en el apoyo incondicional, sin sentido crítico, a las dinastías que reflejan sin titubeos y sin ruborizarse el parentesco, el clientelismo y un sentido de deuda que define el panorama de la vida social y política por lo que muchos no se sienten dispuestos a castigar a los políticos corruptos incluso cuando quedan patentes sus malas acciones.Esta deuda es algo que se paga con el voto en un esquema donde la rendición de cuentas en el sentido ético y jurídico desaparece por lo que la nación sale perdiendo, por lo que se sacrifica el futuro colectivo.

             La tolerancia a la corrupción se ha hundido profundamente en nuestra psique colectiva. Nos hemos vuelto apáticos, indolentes, desidiosos frente a este mal colectivo.

             Llevan generaciones las dinastías políticas en el control de la política filipina. Por exasperación, solemos decir que ya ‘no nos queda otra hay opción’. Muchas veces eso es literalmente cierto.  Los nombres de primos, hermanos e hijos de las mismas pocas familias figuran en nuestras papeletas. Lo mismo ha de decirse de los muros, los puentes y los espacios públicos en que figuran los carteles e imágenes de estas familias que también han acaparado los medios de comunicación.  La permanencia de las dinastías no se debe principalmente a que los votantes no estén informados o, mejor dicho, no estén educados. Su permanencia se ha hecho endémica o genética literalmente pues con el paso de las generaciones aumentan los lazos familiares y esto se traduce en una omnipresencia diabólica por lo que está en auge el clientelismo junto a los mediadores de poderes que son los lameculos oportunistas del vecindario.

             Y el ciclo se vuelve más vicioso porque en los enclaves de un clan político la vida social y política gira en torno de este mismo cla hasta el punto de que la gente con menos recursos depende de ellos para conseguir empleo, atención médica o asistencia básica. Todo el poder y los recursos se centran en ellos.Todos de una manera somos como los insectos atrapados en las telarañas de estos clanes que son devoradores del poder, que son los que controlan todas las estrategias de supervivencia en una nación con condiciones precarias.  Este mismo sistema castiga a cualquiera que rechace ser atrapado en esta telaraña relacional que se controla por servicios públicos deficientes y riqueza concentrada.Se trata de la telaraña relacional tejida del clientelismo en que la principal red de seguridad es la alianza, la sumisión, el vasallo en nombre de la deuda perpetua de gratitud.

             Es de lamentar que la tolerancia a la corrupción se haya hundido profundamente en nuestra psique colectiva. Aunque no somos los que han tejido las mencionadas redes o telarañas pero todos somos autores de los patrones culturales de los mismos. La cultura es trabajo de todos. Se hace cultural ese rechazo a los posibles cambios, a la lucha, a la opción por convertirse. La conversión puede comenzar con pasos humildes como la denuncia a un funcionario corrupto o la opción por rehusar un soborno o por no votar a personas porque ‘son capaces de hacer algo’  incluso cuando se limita a redistribuir fondos robados con su nombre impreso en la lona o en los envoltorios con que hacen paquetes esas ayudas que vienen de los fondos del pueblo y no de las cuentas bancarias personales de dichos personajes.La conversión puede comenzar con una visión humilde, por ejemplo, si echamos de ver la eficiencia no como un favor sino como algo al que todos tenemos derecho porque es el trabajo de los que están en el gobierno. Lamentablemente muchas veces nos reímos de todo. Nos enorgullecemos de nuestra resiliencia o resistencia colectiva pero no solo seguimos cargando con la misma cruz pero esta misma cruz se la pasamos a las generaciones venideras. En cuanto estas reciban la cruz esta pesará mucho más.

             En fin hay que tener iniciativa. Y la iniciativa puede comenzar con una palabra o un grito: ¡basta!De ahí hemos de seguir luchando para una nación verdaderamente independiente de nosotros los opresores y esclavizadores de la actualidad de nuestro propio porvenir.

             En vez de pensar en los festejos del Día de la Independencia o en los demás aniversarios o fiestas nacionales, con sus correspondientes fiestas en el Palacio Presidencial al que la gente ordinaria no está invitada, hemos de pensar en las luchas cotidianas que convergen en las elecciones. Las elecciones no solo son eventos o convocatorias ocasionales. Son cosas de todos los días. Son opciones diarias, aburridas, agotadoras, repetitivas. Hemos de aprender a votar, a expresar nuestra opción pensando en el bien de todos. Y no en el de unas familias. El espectro de la Ley Marcial de Marcos de 1972 nos sigue rondando. Su familia y la de otros malévolos siguen impunes mientras ya se han derramado ríos y ríos de lágrimas, sudores y sangre.

             La conversión es un proceso doloroso. Comienza con la educación pero ha de penetrar nuestro fondo, ha de desentrañar nuestra integridad mediante un lento, constante y continuo desenredo interno de nuestros propios criterios, hábitos y actos acompañados por nuestros patronos mentales y culturales patológicos que muchas veces se expresan mediante una complicidad silenciosa e incluso sonriente bajo la dureza del sol de Oriente.

             El texto de Ortega, que leí por vez primera hace más de seis lustros, me ha ofrecido un espejo para estas reflexiones.  Pero el espejo lo llevamos todos. Lo lamentable es que no todos queramos mirarnos en él para un examen de conciencia que ha de ser cotidiano.

             

También te puede interesar

Lo último

stats