Un Lazarillo para nuestras calendas
La novela picaresca como el alba del posmodernismo
La modernidad y su proyecto o búsqueda de un sujeto actuando y desarrollándose en el mundo no ha terminado. Más bien ha entrado en unas fases nuevas, entre ellas la posmodernidad; esta, a veces denominada la metamodernidad, no constituye el fin de dicho proyecto sino más bien, como ya queda dicho, un estado nuevo en que predomina, siguiendo a Lyotard, el fin de las grandes narrativas. En otras palabras, de los grandes hallazgos como los sistemas, las totalidades, las integridades; solo quedan fragmentos; solo perviven rastros o huellas o piezas.
Con la novela anónima La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades o, simplemente, Lazarillo de Tormes (publicada en 1554) nació la novela picaresca. Antecede al Quixote de Cervantes cuya primera parte salió de los tórculos en 1607; la segunda se publicó una década después. Con la inmortal novela cervantina surgió el proceso de apoteosis del sujeto moderno mediante las aventuras, en medio de la razón y de la locura. Ante todo, la aventura objetivizada (un relato desde el punto de vista omnipotente del narrador), superando los contrarios o las contradicciones cual el proceso dialéctico a la vez dibujando un nuevo horizonte de realización continua. Frente a ello, Lazarillo propone el tipo de sujeto valorado por los denominados posmodernos.
En efecto, podría afirmarse que el Lazarillo era ya posmoderno incluso en los albores cronológicos de la modernidad cuando la civilización europea todavía estaba a punto de despertarse a una nueva aurora. Aún no había nacido Descartes (1596-1650); tampoco Bacon (1561-1626). Apareció después del Cusano (1401-1464) denominado como el puente del medievo a la modernidad en su día. En la misma Salamanca por cuyas calles pasearía siglos después el rector agónico Unamuno, un paladín de los existencialismos e incluso posmodernos, ya se anunciaba un nuevo valor, siglos antes de Nietzsche con sus gritos zaratustrianos.
Con Lazarillo ya se anunciaba la denominada muerte del alma (Death of the Soul), expresión esta de W. Barrett en su estudio sobre el existencialismo y lo que vino después que era un diluvio temático acerca del alma o sujeto.La estructura de Lazarillo ya implica fragmentación (el estilo epistolar y autobiográfico). Al ser un relato dirigido a un personaje de mayor rango social, llamado ‘Vuestra Merced’ se puede palpar un intento de superar la contradicción, la dialéctica mediante una narración de vivencias en el pasado que no se oponen al rango del destinatario buscando una síntesis. Lo que se busca es que se oiga su voz, pues la narración es, como queda dicho, autobiográfica, en primera persona. Es el intento de inmortalizarse frente a las fuerzas o condiciones no favorables para su vida, mejor dicho, su estilo de vida como pícaro, que lleva toda su vida superando la dialéctica amo y esclavo, al ser sirviente de diferentes amos o dueños. Es este un grito de libertad, en pro las vivencias sobre los sistemas que atan por lo que el pícaro no se queda trabajando para un solo amo; este grito se oye con tonos realistas, como crítica social, destacando elementos de aquella época como la hipocresía religiosa, la pobreza, el hambre.
El pícaro es un Zaratustra antes de Nietzsche. Anuncia nuevos valores desde las dificultades de su estado social, de su origen humilde. Desdeña los valores heroicos propugnados por el Quixote; no reclama la autoría o la autoridad sino solo el relato fugaz y fragmentado con un tono crítico que es satírico poniendo de relieve la necesidad de la ironía frente a los sistemas que resultan totalitarios. Por eso, Lazarillo no pretende ser una gran narrativa; pretende ser una narrativa fragmentada, destacando la fragilidad del yo, que por servir a varios amos se convierte en ‘yoes’, en ecos, en fragmentos, en piezas que no logran sintetizarse. La crítica si bien es demoledora del gran sistema no logra proponer una alternativa.Más bien destaca la fragilidad de los valores tradicionales fortalecidos convencionalmente, sobre todo los religiosos al subrayar la realidad de la hipocresía que es, en efecto, la hipocresía de los sistemas que han sintetizado la realidad. Todo ello pone en descubierto la fragilidad de la realidad que no se presta a grandes narrativas o representaciones sino a una receta para la sobrevivencia, para la inmortalidad anhelada por Unamuno, para resignarse con dignidad al abocamiento a la muerte de Heidegger.
Mas no es una mera sobrevivencia, lo picaresco es sobrevivencia poética; no es épica sino que es episódica; los tratados ponen de manifiesto esta realidad hasta culminar con la actitud de Lazarillo frente a la infidelidad que es la naturaleza de la realidad que siempre se vuelve ficción. Por eso, insinúa Lazarillo que la esposa le es infiel con el arcipreste. Decide hacer la vista gorda a cambio de la estabilidad económica y el favor social, es decir, a cambio de la continuidad poética de la sobrevivencia cuya actitud es la ironía, concluyendo que ha llegado a ‘la cumbre de toda buena fortuna’. No es esta una cima cualquiera sino que es perpetuación en la fortuna o resignación al abocamiento al destino. Es decir, es inmortalidad al ser desgarrado de los valores y los sistemas que matan al hombre concreto haciéndolo perderse en la masa anónima de los convencionalismos y conformismos.
Incluso antes de las criteriologías o epistemologías posmodernas, ya había propuesto el autor anónimo una epistemología de la no conformidad y de la no coherencia al destacar la falsa honra, frente a la obsesión convencional de entonces que valorizaba las apariencias (schein) ante todo. Incluso antes de Rorty, este autor anónimo había llamado a romper ese espejo epistemológico reflejado en el estatus, haciendo hincapié mediante la sátira en la figura del escudero, del Sancho irracional de la novela Quixote que se daría a conocer en su integridad unos sesenta años después. Para el autor de Lazarillo, nadie es signo, símbolo, escudero o heraldo de nadie, pues solo hay involución ética en la medida en que uno evoluciona de niño a adulto. Esta involución desemboca en el cinismo, la ironía frente a los grandes sistemas, pues las representaciones epistemológicas, consolidadas en sistemas, no cuentan; solo la supervivencia.
¿No es este el conjunto de valores que rigen nuestros destinos hoy en día? Se necesitaría más tinta y mayor energía de la que disponemos en este ensayo para abordar todo ello. Cerremos haciéndonos eco de esta gran lección que solo los pícaros nos pueden proporcionar en estas calendas en que se pone de manifesto de manera contundente la fragilidad de nuestras expectativas. Quizá el pícaro nos pueda señalar el camino del abandono de las expectativas para poder abrazar la esperanza, en medio de la fragilidad, más allá de todas las expectativas que son hijas de las apariencias y de todas las representaciones.
El reto para nuestros días, a la luz de todo ello, es ser lazarillos para nuestras calendas ofuscadas por las representaciones y apariencias.