CUANDO LA LUNA NO SE DEJA VER
Los cambios de las fechas del inicio y del fin del Ramadán en Filipinas en 2026
Tanto el inicio como el fin del Ramadán están previstos.En mi vecindario, que se encuentra a unos pasos de una colonia musulmana con su mezquita bella, yo desde pequeño he estado viviendo al menos vicariamente este mes de ayuno (sawm) y de festividades de nuestros hermanos musulmanes. Como bien se sabe, en este archipiélago de cocoteros y arrozales, la convivencia entre los hermanos de Jesucristo y de Mahoma no siempre ha sido fácil, este sagrado mes es un modo de acercamiento. Al menos para mí, con mi propia tradición, me recuerda mucho no solo el ayuno cuaresmal sino también las prácticas ascéticas muy peculiares de los 40 días que preceden a la pascua cristiana.
Para los judíos, cristianos y musulmanes el avistamiento de la luna es primordial para las celebraciones más sagradas de sus respectivas tradiciones.Y este año, una vez más, no se ha dejado ver la luna creciente en el momento previsible, lo cual ha movido a las autoridades, es decir, los muftis a emplazar las fechas del comienzo y el fin del mes musulmán de ayunos y festejos.
Como queda dicho, se halla una mezquita bella a unos pasos de mi vecindario de cristianos en donde residen también algunos vecinos musulmanes quienes nos invitaban, en mi juventud, al fin de su sagrado mes, llamado ‘Eid'l Fitr’ al banquete en sus casas. Cuando quedaban con nosotros, pues la fecha se había fijado en la prensa filipina siempre había una advertencia: dependerá si se verá la luna o dependerá de la luna. Es decir, ‘in shaa Allah’, si Dios quiere. Esta frase me recuerda lo que repetía mi abuela: ‘el hombre propone pero Dios dispone’.
He de confesar que me hacía ilusión ir a esos banquetes. En Filipinas, nuestros amigos musulmanes son amantes de los pescados y de los mariscos. Y nunca falta una gran parrillada con los sabores inconfundibles del mar que rodean nuestras islas bendecidas y atormentadas por el sol benévolo e inmisericorde y de las lloviznas que muchas veces se tornan en lluvias torrenciales.
Desde mi vecindario, se oyen las llamadas a la oración desde la torre de la mezquita sobre todo de madrugada cuando todo está sosegado por el sueño, cuando todo está recogido para poder prepararse para una nueva jornada de retos y acontecimientos. Como madrugador, yo salgo de mi casa para darme un paseo por el parque al lado de la iglesia parroquial. Muchas veces me siento a la sombra de uno de los árboles tropicales de Filipinas para ‘devorar’ ansiosamente los acordes vibrantes e dichas llamadas que me son sabrosos al paladar espiritual.
Dicha llamada para mí es también una invitación a la oración. Los amigos musulmanes se dirigirán a Mecca, al menos espiritualmente, mientras que yo y otros feligreses de mi vecindario nos dirigimos de madrugada a nuestra parroquia bajo el patrocinio de san Martín de Porres, donado dominico, hijo del cruce de culturas o razas, como nosotros vecinos que somos vástagos de este mismo cruce.
Cada vez que escucho la llamada resonante de madrugada, yo busco la luna.A veces no se ve. Pero sé que está ahí, como el sol. Muchas veces no los percibimos pero están ahí. Como Dios quien se ha vuelto muy callado en momentos dificilísimos de carencias, guerras, problemas.
Soy lector cotidiano de la Biblia, pero leo gran parte del Corán traducido a lenguas occidentales durante el mes sagrado de Ramadán. Y veo que en ambos textos, en ambas tradiciones se nos recuerda que Dios es misericordioso. Esto se subraya de manera especial en Ramadán cuando los amigos musulmanes se vuelven más pacientes, más pacíficos, más sobrios y más generosos, pues este mes no es solo de privaciones pero de celebraciones, pues todos vivimos de la plenitud y esta es la que es nos sabrosa al paladar, sabiendo que el Dios misericordioso proveerá, veamos o no la luna.
Y dentro ya del templo parroquial abro las Escrituras nuestras, condensadas en la Liturgia de las horas. Al volver cada una de sus hojas, siempre corre una brisa suave y percibo desde mi interior un aleteo de paloma y me veo envuelto en un soplo caluroso y confortante, cuyo origen y destino se ignoran pero están ahí para rellenar el vacío o la desilusión de no poder ver la luna muchas veces.
El no poder ver la luna significa para mí, y quizá para algunos de nuestros amigos musulmanes, el silencio de Dios en medio de tantas dificultades. La gran lección es esta: Dios no se reparte en bocados asequibles ni se deja ver en las manifestaciones potentes. A veces Dios susurra, se calla, como aquella brisa suave en 1Re 19, 3-15. No se ve pero está ahí. Pero, ¡cuesta muchísimo!
Sin embargo, más allá de las invisibilidades momentáneas persisten las verdades eternas cuya presencia no la podemos descifrar, vaticinar, dominar. Si seguimos buscando la luna, escuchando el silencio nos dejamos conducir sin desfallecer a una Presencia sin fronteras que resonará no solo en nuestro interior sino en nuestra integridad. Así nos constituimos en Morada de Dios, universo inmenso, inabarcable, inmarcesible cuyas entrañas esconden aquel manantial inagotable que riega constantemente nuestro huerto cercado abrazado en una nube confortante que no oscurece sino que ilumina mas no conforme a nuestro paradigma.
Puede que se pospongan los festejos. Puede que los horizontes a veces no estén claros. Mas la luna está ahí siempre para acompañarnos. En otras palabras, siempre es ocasión para felicitarse y darse la mano.