La memoria histórica de Filipinas en medio de bulos y posverdades

 La tarea de abandonar los modelos hagiográficos y triunfalistas para ser testimonios con credibilidad en una nación sacudida por mentiras revisionistas

Ferdinand-Marcos anunciando la declaración de la Ley Marcial dos días después de firmar el decreto en 1972
Ferdinand-Marcos anunciando la declaración de la Ley Marcial dos días después de firmar el decreto en 1972

En 1986, tras aquella ‘revolución’ que no era una verdadera revolución sino solo un cambio de régimen, se repetía que nunca olvidaríamos y que se exhortaba a las generaciones venideras que no nunca se olvidara. Parece que en aquellos momentos estaba sellada la memoria histórica filipina en lo referente a los sangrientos años de la Ley Marcial promulgado por el dictador Marcos, padre. Tras expulsar a este, se procedió a la formulación y promulgación de una nueva constitución. Filipinas comenzaba de cero, por así decirlo. Quería recuperar su dignidad, su honra tras veinte años de mentiras, matanzas y rapacerías.Verdaderamente aquellos años eran una gran epopeya de la maldad institucionalizada y la época tras dicho período podía haber sido un tiempo de recapacitación y sanación a nivel nacional.Pero no, salió a flote tanto en lo eclesiástico como en lo civil el monstruo interior nutrido en las entrañas nacionales y que se cultivó por una cultura que se resistía a cambios radicales si bien estos eran necesarios.

             En Filipinas, durante aquella época era necesario estabilizar, institucionalizar, perpetuar una nación estable, libre, honrada frente a los retos impredecibles del devenir. Y esto suponía una recuperación del orgullo nacional, la restauración de la dignidad colectiva tras haber sido violada por mucho tiempo por las fuerzas malévolas de aquel régimen. Pero en 2022, ganó en los comicios presidenciales, por medios no del todo honestos y por medio de una alianza nefasta con la dinastía del malévolo Rodrigo Duterte, el hijo del dictador junto a la hija de Duterte que es peor que el padre ahora encarcelado en La Haya por crímenes de lesa humanidad.

             Aquella revolución de 1986 era un fracaso. Muchos sectores, sobre todo la iglesia católica capitaneada entonces por el Cardenal Sin de Manila, promovía aquel evento como triunfo, atribuyendo esa victoria a la intercesión de la Virgen María a la vez que afirmaba su infalibilidad para leer los signos de los tiempos, recalcando su poder e influencia en la sociedad filipina. En efecto, era una nueva narrativa triunfalista que enmascaraba la fragilidad y la precariedad de todo. Esa Iglesia triunfalista se alejó de las realidades acuciantes del pueblo como la pobreza. En lugar de ayudar a este a levantarse, esa Iglesia quería llegar a ser más como fuerza influente, como poder contundente. El resultado, como botón de muestra, nos limitaremos a citar el escándalo financiero en la Archidiócesis de Manila por el que tuvo que hacer limpieza el sucesor del Cardenal Sin.

             Cualquier forma de triunfalismo oculta la verdad y los problemas que esta conlleva, pues solo tiene la finalidad de crear una fábula para promocionar sus propios fines y consolidar sus propios intereses. Lo que ha ocurrido desde 1986, y esto no ha ocurrido de manera repentina, es una marcha atrás, a un regreso a los pecados de siempre debido a la fuerza propagandística que en efecto es un revisionismo histórico.

             Por desgracia, la Santa Madre Iglesia ha desempeñado un papel importante para consolidar este revisionismo al proponer una hagiografía triunfalista, con la Virgen como patrona y con Sin como héroes, cuyas hazañas fueron objeto de himnos litúrgicos, celebraciones multitudinarias, homenajes exagerados que sigue extendiéndose en los desfiles y espectáculos como esas liturgias puramente externas como la coronación canónica de imágenes de la Virgen o la declaración de iglesias como basílicas menores.

             Gran parte de la cultura eclesiástica vigente puede resumirse en a una palabra: teatro. Es puro espectáculo lo cual ha logrado tejer una hagiografía que ha resultado ser una telaraña en que la conciencia nacional se ha quedado atrapada como presa a los monstruos del revisionismo disfrazado del triunfalismo eclesial y promovido por un gremio especial, es decir, los defensores del statu quo clerical que sigue marginado al pueblo, reduciéndolo a meras herramientas para lograr sus propios fines.

             Lo mismo puede decirse acerca de la esfera política ahora tan dividida entre dos ejes potentes, dos dinastías principales, a saber, los Marcos y los Duterte que lograron esta victoria en los comicios en 2022 con revisionismos, con triunfalismos escondiendo una historia sangrienta y corrupta larga y sostenida en la que el pueblo, el pobre pueblo se ha reducido como herramientas, como víctimas, como peones.

             La Santa Iglesia y su liderazgo, quien había iniciado tras la ‘revolución’ de 1986 un proceso de estabilidad mediante la nueva constitución con el apoyo a las medidas extraordinarias para expulsar al entonces presidente Joseph Estrada en 2001 y a sustituir a este con Gloria Macapagal Arroyo, ayudó a desestabilizar la fábrica nacional e inició el proceso de conversión de este país en una república bananera.

             Gloria Macapagal Arroyo, quien le perdonó a Estrada todos sus crímenes hasta que este pudo rehabilitarse políticamente, resultó ser peor que su antecesor y con ella comenzó un proceso vertiginoso culminando en los regímenes de Duterte y de Marcos junior. Y, al parecer, ella que sigue ostentando el poder como destacada congresista en la Baja Cámara de Representantes apoya a Duterte en lugar de apoyar a Marcos junior, hijo del gran enemigo de su padre también presidente y claramente el mal menor comparado con la dinastía nefastísima de los Duterte.

             Los hechos vergonzosos ocurridos el 11 y 12 de mayo en el Senado filipino, que no tienen nombre por su maldad incomparable, es otra prueba contundente del revisionismo, del triunfalismo que se ha nutrido de este ambiente enrarecido en esta época digital en que ha nacido el nuevo monstruo policefálico que es la posverdad, con sus discursos agresivos y violentos que son los ingredientes de los bulos que se han comido los cocos de las personas ordinarias.

             Todo esto se ha llevado a cabo empleando y ostentando una aureola de santidad proporcionada por la mismísima Iglesia que sigue bendiciendo a los ricos y poderosos que han convertido a las masas en sus marionetas en una liturgia que se ha vuelto en una orgía que ha anulado la perpetuación de una memoria histórica que servía de lección para todos los tiempos.

             Es que la Iglesia ha optado por las comodidades con incienso, velas y mitras en vez de mancharse las manos para catequizar, para hablar de la verdad dura pero ‘verdadera’, en expresión feliz de santa Teresa, más allá de triunfalismos arribistas y siempre al lado de los más pequeños, oliendo a las ovejas a quienes han tocado tragar y abrazar la escoria circundante.

             A Dios gracias, quedan voces sensatas y verdaderamente pastorales en la Iglesia. Incluso nuestros hermanos evangélicos no han faltado a la cita. La memoria histórica no es simplemente un santuario.Lamentablemente se ha reducido en un templo, en una basílica triunfalista de ganadores bendecidos por las vírgenes coronadas. La memoria histórica es un reto, un trabajo que ha de transmitirse, vivirse al lado de los más pequeños con sus luchas y cuyos problemas pueden resumirse en tres palabras: desayuno, almuerzo y cena, es decir, los tres momentos principales para alimentarse, para sobrevivir a los desafíos cotidianos. Y no solo en el sentido material. Sino sobre todo espiritual. La Iglesia tiene que ganarse la credibilidad luchando al lado de los más pequeños y viviendo como ellos y no por encima de ellos.

             A estas alturas, gracias en gran parte a la Iglesia por insistir en sus discursos triunfalistas, esta república bananera es una república de bananas podridas que a la fuerza se han de tragar por no quedar otra opción. El triunfalismo no es la solución a esta difusión de mentiras hechas espectaculares hasta el punto de desplazar a las dolorosas verdades, que son ante todo desafíos, con una retórica envenenada y con un efecto paliativo mas engañoso, sino la educación constante e incesante. No necesitamos maestros sino modelos, testimonios, profetas de verdad, parafraseando a san Pablo VI.

Y la verdadera maestría comienza con la propia vida, con el propio aprendizaje. Es preciso convertirse antes de presentarse como maestros y modelos a las masas crédulas en busca incesante de norte. Lamentablemente esto lo hallan en personajes no preparados, superficiales y, peor, malévolos mas siguen teniendo atractivo o siguen arrasando por ser figuras popularizadas sobre todo por los medios digitales.

En Filipinas, la pobreza siempre obnubila las perspectivas. Incluso, la verdad tiene su precio. Se puede negociar la verdad, sobre todo a la hora de acudir a las urnas, acto que suele ir acompañado con misas con mucho incienso y copiosa agua bendita, capaces de asfixiar a los ángeles, inundar a los cielos y alegrar a los diablos en las zonas subterráneas de nuestras conciencias.

  

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