MISOGINIA EN FILIPINAS
Cómo el machismo y el sexismo están arraigados en la cultura filipina desde una conceptualización de tipo feudal
Ayer, 08.03.2026, día de la mujer, hubo una manifestación un poco agresiva pero generalmente pacífica enfrente de la embajada estadounidense, entre otras cosas. El feminismo, en sus diversas formas, está vivo en Filipinas. Claramente tiene sus variantes más potentes, radicales o agresivas.Y también más racionales, dialogantes, tranquilas, por así decirlo. Mas no cabe duda de que está presente en la sociedad filipina, sobre todo en el ámbito académico en que se han desarrollado disciplinas o asignaturas afines con estudios de investigación, simposios, publicaciones, foros, etc. Todo ello merece nuestro aplauso y apoyo, pues en Filipinas queda muchísimo por hacer en este campo tan importante.
Y los hechos recientes en la legislatura filipina son botones de muestra en que legisladores, que son a la vez letrados, han hecho comentarios sexistas, convirtiendo a objetos de imaginaciones traviesas, salvajes y traviesas a personas en concreto y en el mismo acto de dilucidad una cuestión política importante, como es, por ejemplo, el proceso de la destitución contra la vicepresidente, Sarah Duterte, hija del exdirigente Rodrigo que ahora se encuentra encarcelado en La Haya por crímenes de lesa humanidad.
El mismísimo Rodrigo Duterte es la encarnación del discurso sexista y antifeminista en Filipinas. Con él se ha vuelto de lo más soez el discurso tanto en la esfera política como en la pública. Y tiene muchos imitadores o emuladores. Asimismo muchos críticos. Nunca se podrían borrar de nuestra memoria histórica las numerosas ocasiones en que Duterte mismo insultó o denigró a mujeres, incluyendo a sus oponentes en la política o a inocentes víctimas. Hasta el punto de menospreciar la competencia femenina en la política pero irónicamente es su deseo de que su hija sea la ganadora en las elecciones presidenciales en 2028 al menos para vengarse de su exaliado el actual presidente Ferdinand Marcos, junior, hijo del exdictador.
Como bien se sabe, todo ello no comenzó con Duterte y sus emuladores. La misoginia está muy arraigada en la sociedad filipina incluso antes de la colonización hispana de estas islas.Pero con Duterte se hizo la norma en el discurso público y político. Incluso el criterio para muchos para definir el liderazgo adecuado en Filipinas. Y lo peor de todo es que muchas mujeres y muchos simpatizantes del movimiento feminista se encuentran en las filas de los aduladores dutertianos. En un país que ha habido dos presidentas, muchos nombres destacados en la política, incluyendo a Gloria Macapagal Arroyo expresidenta y ahora congresista, una de los incondicionales de Duterte.
En un país en que predominan los intereses egotistas, esto no es de extrañar.Pero sí es de extrañar en un país, mejor dicho, en una cultura predominantemente matriarcal. Y no me limito al área católica con sus incontables formas de devoción a la Virgen, sino también al área musulmana. Nuestros hermanos musulmanes forman el casi 7 % de la población filipina y su presencia no se limita al sur de Filipinas.
No se puede dudar de la importancia de la figura de la madre en la sociedad filipina. Es algo que compartimos con la gran comunidad hispana en el mundo. Los casi 400 años de colonización española de estas islas han fortalecido los lazos o los amores colectivos hacia la figura de la mujer, empezando con la madre.
Lo que pasa es que el respeto innato de nuestra cultura filipina hacia la mujer, empezando con la madre, tiene su origen en la noción de que a la mujer o a la madre se la respeta por medio de la protección sobre todo física. Me explico. En la epopeya filipina, enriquecida con contactos culturales con sus raíces malayas e hispanas, el hombre es ante todo un guerrero o un conquistador o un hombre fuerte que protege su territorio, su clan, sus dioses, entre ellas, la mujer empezando con la madre, luego la esposa e incluso la esclava.
Las mujeres desde el principio constituyen el protectorado común. El respeto de los filipinos hacia la madre, hacia la mujer en general brota de esta noción. Todo el amor, el respeto, el cariño hacia la madre, hacia la mujer queda reducido a la noción de protectorado en que la madre, la mujer se ve reducida a una colonia, a un dominio, a una posesión. En efecto, se trata de una noción de soberanía masculina sobre la mujer que es territorio, objeto, cosa. De ahí la cosificación de la mujer, algo que también se ve reflejado en la devoción mariana de los filipinos en que la Virgen queda reducida a una imagen o ídolo o miembro del panteón de dioses lares. De hecho, en el lenguaje común entre los aficionados a las imágenes religiosas, estas se encuentran ‘under the care of’ o bajo el cuidado o custodio o patrocinio de tipo feudal o medieval de los dueños de las mismas en vez de hablar de las mismas imágenes en términos de patrocinio de las mismas sobre un determinado lugar, por ejemplo.
El amor hacia la mujer, pues, en estas islas es ante todo una cosificación por lo que se han desatado estas fuerzas socioculturales en que abundan abusos físicos contra la persona de la mujer o discursos ofensivos en la esfera política y pública.
En efecto, para superar todo ello, hemos de comenzar hablando de ‘nuestra’ madre, por ejemplo, no en términos de posesión cosificante sino desde un personalismo o humanismo sano, sensato, respetuoso abierto a posibles cambios paradigmáticos sobre todo en un mundo de incontables competencias que el sexo masculino claramente no puede dominar ni acaparar.
Ninguno tiene dueños, pues ninguno es un objeto o una cosa pese al concepto de feudo, aplicado incluso a las personas, fomentado y cultivado sobre todo en las epopeyas cristianas con origen en el medievo anquilosado y que ha llegado hasta los tiempos de las conquistas de América y Filipinas, en que se debatían si los indios eran personas o si tienen almas. Somos personas. He aquí la verdadera modernidad. No hay dueños solo corresponsables, cooperadores, colaboradores en ‘nuestro’ mundo, en ‘nuestra’ sociedad, en ‘nuestra’ familia que exige una noción de posesión que supere lo caballeresco (por lo de la posesión de tipo feudo) para alcanzar una conceptualización de responsabilidad solidaria, respetuosa, liberadora, afirmadora, creadora, mejor dicho, co-creadora en una sociedad cada vez más plural, complicada y diversificada.