Pastorear y criticar
Los caminos de la crítica, del discernimiento y de la determinación en las esferas eclesiásticas y civiles
De veras, me ha resultado refrescante oír una homilía con motivo del Domingo del Buen Pastor no centrada en el ministerio sacerdotal o en lo clerical. Más bien el predicador en mi parroquia, joven por cierto y de la diócesis castrense de Filipinas, ha subrayado que todos somos pastores: padres, políticos, maestros, jefes en el trabajo, etc. Dicho en otros términos, todos ‘pastoreamos’ de alguna manera al tener responsabilidades en la comunidad. Lo de pastorear no solo se limita a los clérigos o de las clases dirigentes sino que es una tarea que compete a todos, hasta el más ínfimo.
En un país en donde se les adora a los clérigos, o los de la casta privilegiada, la mencionada homilía, aunque se parecía a una conferencia para animadores y dirigentes en el contexto de esos cursos de formación acerca del liderazgo contemporáneo que puede aplicarse en diversos ámbitos como el profesional, el escolar, etc. y por no comentar directamente las preciosas lecturas.
Además de un ser social, el hombre es un hombre político. No solo necesitamos vivir juntos sino que también hemos de hacer cosas juntos para sostener lo que llamamos nuestra vida en común. La política son las estrategias para poder hacer cosas juntos con esa finalidad. Muchas veces se ha reducido a la dimensión partidaria que a su vez dimana de las diferentes maneras o estilos de lograr dicha finalidad.
Lo partidario es lo más dinámico y polémico de la política, de ese afán de hacer cosas juntos para construir y mantener aquel tejido social que es también tejeduría experiencial nuestra, prisma y, luego, mediación de nuestra autorrealización que no podría separarse de lo común que, desde la teleología, tiene como el bien por finalidad ya que el bien significa seguir siendo, seguir existiendo.
En efecto, en nuestros pastores y en nuestra relación con ellos hay algo del contrato social conceptualizado por figuras próceres como Hobbes, Locke y Rousseau. Las grandes sociedades no se pueden gobernar o gestionar directamente.
Aunque la Iglesia no es esencialmente una democracia o que los pastores, es decir, los párrocos y obispos se nos impone desde arriba, ciertamente hay algo de democracia, de consenso, de deliberación comunitaria en su selección y eventual designación.
La Iglesia es el Pueblo de Dios. Se compone del Pueblo de Dios, del laos, de la asamblea. De ahí surgen el cleros, el lote que se encarga de cuidar, de gestionar la comunión que vincula los componentes del laos que forma la ekklesia, la asamblea llamada a salir a caminar en la iglesia y como iglesia, como koinonia.
Muchas veces, y esto es de lamentar, el cleros o ese gremio de gestores, junto a sus colaboradores que no stricto sensu no tienen el estado clerical por no ser ordenados o por no tener un ministerio ordenado, que han de ser servidores o buenos pastores, se ha denominado en un exclusivismo dominante o el clericalismo. Muchas veces se ha reducido la asamblea a un sometimiento nocivo.
Pero a Dios gracias muchos laicos no se han callado. No han permitido muchos de estos abusos clericales que también en muchos casos son verdaderamente deplorables, como por ejemplo, el abuso sexual de los menores de parte de los clérigos.
No es esta la temática de estas reflexiones en las que quiero subrayar que muchas veces, y no solo en la esfera eclesial sino sobre en la civil, políticamente, el pueblo, es decir, las personas han renunciado su capacidad crítica de discernimiento acerca de la idoneidad de la gestión llevada a cabo por nuestros pastores.
En los pastores, vuelvo a insistir en ello, la comunidad delega ciertos poderes. Los ministros ordenados que reciben su autoridad de Dios son delegados por la comunidad, pues vienen de esta misma para cumplir ciertas funciones en nombre de la misma comunidad y para servir a esta misma comunidad. Lo mismo ha de decirse en la esfera civil, pues todo poder viene de Dios. Los gobernantes, en los diversos regímenes gubernamentales, reciben su poder de algo superior a la comunidad y ha de actuar en nombre de esta y por el bien de esta.
A la postre, se trata de un contrato si bien implícito desde el punto de vista de las formalidades. En el fondo, todo esto puede comprenderse desde el contrato. Los pastores ‘firman’ un contrato con la comunidad y ellos están obligados a cumplir. Su autoridad viene de Dios mediada por la comunidad. Y esta comunidad no debe dejar de vigilar con ojos de discernimiento cómo se ejerce este pacto, este contrato.
Tanto las ovejas de la iglesia como los electores de la sociedad civil son constituyentes de un cuerpo orgánico.Ellos nunca deberían renunciar a esa necesaria función crítica tanto en la iglesia como en la sociedad civil. Lo mismo ha de decirse en cualquier ámbito.La crítica consiste en tener los ideales bien definidos y se articula en buscar los caminos para lograr estos mismos ideales, señalando los desvíos para poder corregirlos y eventualmente redirigir, recapacitar, reconducir hacia el buen camino y no hacia el camino que va al Infierno.
Desgraciadamente incluso en esta esfera política tanto en la iglesia como en la sociedad civil, asimismo en muchos ámbitos, muchos han entregado sus capacidades críticas y racionales a los mismísimos pastores abusivos convirtiéndolos en unas Inteligencias Políticas Artificiales. Al entregar nuestras facultades críticas totalmente a estas, en nuestras iglesias y sociedades civiles, anulamos nuestra humanidad, que Dios nos ha regalado para que seamos fértiles, fructíferos, instrumentos de su voluntad (Gen 1, 28).Esta fertilidad la hemos de difundir, ampliar, compartir con todos. La inclusión solo puede lograrse mediante el servicio que se vive en la Caridad. La Caridad nos urge a todos. Con la Caridad podemos seguir edificando todo lo bueno que es beneficioso para todos. Y todo esto se institucionaliza en la historia en las esferas de nuestra acción comunitaria, como la Iglesia, la sociedad civil y los diversos ámbitos de nuestras actividades humanas.
La crítica, el discernimiento que tiene su madurez en la determinación, que no es solo diferenciación sino empeño proactivo para llevar a cabo la ejecución de lo discernido, no es algo que se puede delegar en las personas con que se ha firmado un contrato de delegación, como son nuestros pastores. Esta crítica, este discernimiento, esta determinación no constituyen la finalidad de nuestros empeños pero sí son medios necesarios, pues todos somos humanos y la corrección fraterna es necesaria, aunque muchas veces dolorosa, dada nuestra realidad finita y lábil.
Esta racionalidad compete a todos. Esta racionalidad es tarea de todos. Solo por el ejercicio de esta racionalidad podemos crecer, madurar, desarrollar espiritualmente, como espíritus y personas con el bien como ideal no solo para algunos sino para todos. Esta racionalidad crítica en su comienzo, discernidora en su desarrollo, determinada en su perfeccionamiento la tenemos que ejercer todos. No es algo que se puede delegar, que se puede negar, que se puede renunciar pese a las presiones, muchas veces violentas como ha demostrado una historia salpicada de sangre y lágrimas, que se emanan desde instancias altas, incluso desde nuestros mismos pastores que son tan humanos como nosotros y a quienes hemos de corregir, si es necesario. La corrección es la instancia más crítica y radical de la Caridad que nunca deberíamos abandonar. Sin la corrección toda sociedad, incluyendo la Iglesia, deja de ser una sociedad sino una conglomeración monolítica, un sistema abstracto, un instrumento histórico de opresión.
Al fin y al cabo, todos somos pastores.Y como se ha subrayado en el Evangelio para este Ciclo A (Jn 10, 1-10) somos puerta, como Cristo, a todo lo bueno, a los pastos buenos. Hemos de conducirnos mutuamente a estos buenos pastos. Esto no lo podemos delegar en nadie. Nunca podríamos renunciar a ello. Es la responsabilidad de todos.
Todos somos la Iglesia y la sociedad civil. Nuestros pastores no son nuestros salvadores aunque muchos de ellos piensan y actúan como si lo fuesen, muchas veces por nuestra culpa, pues somos los que los encumbramos como ungidos o mesías por lo que inevitablemente adquieren este complejo un tanto complejo. Son nuestros colaboradores. Nosotros somos sus colaboradores. Todos somos colaboradores en el mismo empeño.