Resiliencia, complacencia, incompetencia

 Más allá de las sonrisas filipinas hacia el compromiso por el Reino

Las dos dinastías que están poniendo a prueba la resiliencia de los filipinos en este período más álgido en su historia
Las dos dinastías que están poniendo a prueba la resiliencia de los filipinos en este período más álgido en su historia

Parece que hay una tregua en los monzones que llevaban casi dos semanas asolando al norte de Filipinas mientras que hay un sol de justicia y justiciero en el sur, con temperaturas elevadas e incluso peligrosas.Ha escampado por el momento pero dicen que la semana que viene las lluvias van a superar las que ya han caído e inundado nuestras vidas y avenidas.

             En medio de las riadas, en que han aparecido la basura acumulada, tirada, escondida, seguimos sorteando, nadando, navegando. Así evitamos, al menos por el momento,  el naufragio colectivo mientras que algunos en las cumbres siguen nadando en dinero que era o es del pueblo que se ahoga, incluso en tiempos de sequedad; en el sudor y sangre, sobre todo esta última derramada por la violencia institucionalizada. Es que la impunidad aquí reina y de ahí que todo tipo de privilegismo sea imperante.

El filipino lleva siglos sonriendo a las adversidades de la vida que no le sonríe. Es esta la dura lección impartida que ha atravesado todas las generaciones. Sonreír y aguantar. También dar gracias no solo al Señor Altísimo sino a los señores de aquí, por no haber robado tanto o por lo menos han dejado caer algunas migajas o granitos de arroz frío (duro y algo malo) de sobra de sus mesas para que, de alguna manera, seamos todos comensales. Pero no comemos en la misma mesa. Se decía en tiempos de la pandemia que todos estamos en el mismo mar, en las mismas barcas o embarcaciones. Yo mostraba mi desacuerdo. No compartimos el mismo mar o al menos no las mismas barcas y embarcaciones, pues algunos las tienen a orillas del bienestar, de la seguridad. No me puedo olvidar de la pésima gestión del gobierno de Duterte, caracterizado por la corrupción en lo referente a los seguros y beneficios médicos, asimismo en lo referente a las vacunas durante aquel período algidísimo de nuestra historia.

             ‘Macario, ¡agunta!, ¡aguanta!’ o ‘¡Sufre en silencio! ¡No te quejes!’ o ‘Quejarse no llevaría a nada’: incontables veces me han dicho o me siguen diciendo estas cosas, incluso a raíz de mis publicaciones en este foro. Por aguantar tanto no progresamos. No escarmentamos. Seguimos atrapados en el mismo ciclo vicioso que, al parecer, empeora cada vez más.Es mucho más que un eterno retorno.Es un retorno en el mismo torno, cada vez más vertiginoso, insoportable; que se vuelve más que eterno; se vuelve en un eterno en que desaparece el entorno que solo se queda un eterno sin retorno.

             Es digna de alabarse nuestra resiliencia comprobada que ha sobrevivido a incontables crisis. Pero si seguimos en este eterno sin retorno, nos transformamos en unos cómplices. Y esta actitud se explica por una incompetencia estructural cuya raíz es la ceguera, esto es, la actitud de no querer abrir los ojos y dar unos pasos, aunque mínimos, para avanzar un poco, para salir en la senda eterna que imposibilita todo retornar para que todo quede en un retornar que sabe a eternidad, sabe a repetición cuyas vueltas cada vez son más dañinas.

             La resiliencia, que a veces se expresa con una frase como ‘¡hasta que Dios quiera!’, muchas veces una expresión de fe profunda, ha de cambiarse por una que suena como ‘hasta que queramos nosotros’. Las urnas, en la esfera política, son el lugar para dar el primer paso para salir de este ciclo. Mas hay una inercia tan asentada, tan consolidada, tan tradicional que nos sigue encajando en sus moldes de manera forzada e incluso violenta.

             Es bueno comprobar que tenemos una resiliencia innata, incluso a nivel social o estructural. Pero esta misma resiliencia debería significa la apertura de filones para poder explorar fuera de los consabidos esquemas, para pensar fuera de la caja, por así decirlo; para no tener una cabeza cuadrada, rompiendo moldes, atreviéndonos a ser creativos, pues la creatividad solo tiene sentido si se usa para mejorar o aligerar al menos la vida a todos o a los demás.

             Aunque hace sol, se oye que vienen más fantasmas, es decir, monzones y vientos a lo lejos; más cercanos que aquellos astros que tiritan y que son testigos a nuestras luchas cotidianas con sus sollozos y gozos que muchos intentamos diluir en la oscuridad. Así es Filipinas: tierra de sol y sonrisas que ocultan tinieblas y lágrimas. Con todos estos elementos edificamos las mismas estructuras que son productos de los no retornos eternos. A ver si salimos de ahí, de este impasse. Y la Iglesia ha de tener este cometido, pues el Evangelio es construir el único Camino que es la única Verdad y Vida que no permite los eternos sin retornos solo Vida Eterna, cuyas primicias han de probarse aquí y no en el más allá; no como pretenden algunas teologías escatológicas.El Paraíso comienza aquí, ahora y no ahí o después.

             Los púlpitos no deberían ser plataformas de una resiliencia que lleva a la lamentable complacencia cuya finalidad es alimentar nuestra incompetencia.Tampoco han de ser plataformas para agendas clericales, de controlar la gestión del Evangelio en vez de facilitar un caminar juntos, un viaje sinodal para encarnar las consecuencias del Evangelio cuyo precio no es barato sino que se gana por medio del gran precio de la Sangre del Redentor que se derramó y en la que han de confluirse todos nuestros sudores, todas nuestras lágrimas, todos nuestros gozos, todas nuestras esperanzas para formar aquella sangre eclesial, que es el sentido de la Eucaristía, que es preludio a los Nuevos Cielos y a la Nueva Tierra. 

En fin, el Reino, que está cerca y que deberíamos hacer más cercano al ser más cercanos a los más pequeños, enredados en la complacencia de los resilientes y en la incompetencia de los inertes, es ante todo un desafío. Aceptar el Reino y sus ideales es deshilvanar estos tejidos nocivos que nos impiden a abrazar las necesarias novedades para avanzar en lugar de repetir con los mismos patrones sociopolíticos que habían demostrado con creces su carácter nocivo en nuestra historia de manera rumbosa y estrepitosa.

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