SETENTA Y CINCO AÑOS COMO NUNCIATURA EN FILIPINAS

Un acontecimiento que invita a la reflexión, a la evolución y al estudio histórico detenido de una institución significativa en la vida política, social y eclesial de las Islas Filipinas

El nuncio de S.S. Mons. Charles Brown predica la homilía durante la misa del  75 aniversario de la elevación de la delegación apostólica filipina en nunciatura
El nuncio de S.S. Mons. Charles Brown predica la homilía durante la misa del 75 aniversario de la elevación de la delegación apostólica filipina en nunciatura

Ayer, 08.04.2026, se celebró este acontecimiento para conmemorar cuando la representación pontificia en estas islas fue elevada al grado de nunciatura hace setenta y cinco años, primeramente con una misa concelebrada en la Catedral Basílica de Manila, de la cual fue celebrante principal el actual nuncio S.E.R. Mons. Charles John Brown, junto a dos cardenales filipinos, varios obispos y sacerdotes. Estaba presente también el cardenal arzobispo de Manila, Emmo. y Rvdmo. José F. Cardenal Advíncula.

             En este país mayoritariamente católico se respeta la tradición que dictamina que el nuncio de S.S. sea el decano del cuerpo diplomático.

             Después de la misa hubo una recepción en el antiguo Ayuntamiento de Manila, cerca de la catedral, en la antigua Plaza Mayor de la noble capital filipina, ahora llamada Plaza Roma. Contó con la asistencia del actual presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos, junior.

             Los asistentes fueron los denominados ‘glitterati’ (los luminosos cuyas joyas y riquezas pueden dejar ciegos a muchos tanto por su brillantez como por su valor) de la alta sociedad manileña, de proveniencia extranjera. Se subrayó, a tenor de ello, que ante todo este evento no era eclesial sino diplomático o con carácter secular.   Tampoco faltaron a la cita varias figuras religiosas más identificados con los que brillan mas no con luz propia.

             Esto no quiere decir que la nunciatura no haya acompañado pastoralmente a la grey filipina. De hecho, los nuncios, especialmente el actual, han estado presentes en las vidas eclesiales, tanto a nivel diocesano como a nivel parroquial, de los filipinos, empezando con los más pequeños.

             También en las redes hay una exposición virtual para proveer al público una visión panorámica de las andanzas de la representación pontificia en estas islas que comenzó en septiembre de 1899 cuando dejó de alzarse sobre estas islas la Rojigualda tras la revolución por la que se izó el pabellón de barras y estrellas de los nuevos amos.   Luego, se permitió que el pabellón tricolor con el sol de ocho rayos y tres estrellas se alzara pero al lado, a la izquierda de o bajo las barras y las estrellas. Esta situación que perduró hasta 1946. Y antes de este año fatídico, se había elevado el pabellón del sol naciente durante un período dificilísimo que era la ocupación nipona de este archipiélago durante la segunda guerra mundial.

             Incluso el emperador nipón envió a su delegado católico en la persona de Mons. Paul Taguchi, luego cardenal, cuyo papel no estaba del todo claro pero al parecer se llevó bien con el delegado apostólico de entonces, Mons. Guglielmo Piani y con el arzobispo manilense de aquellos tiempos.

             Desde entonces, nos venía acompañando a los filipinos la representación pontificia, muchas veces como presencia silenciosa. Mas lo más esencial pasaba entre bastidores o en la mayor discreción posible pero muchas veces salía a flote, sobre todo en tiempos de mentalidad colonial cuando afloraba el denominado ultramontanismo, cuando el primer nuncio, Mons. Edigio Vagnozzi, luego cardenal, ya se entrometía abiertamente en asuntos internos de, por ejemplo, la administración interna de la Archidiócesis de Manila, la única archidiócesis en estas islas hasta 1934. 

Vagnozzi, quien llegó a Filipinas en 1949 acompañado de un tifón que era el presagio de la naturaleza de su estancia tormentosa en el archipiélago que duró hasta 1958, ya practicaba el ultramontanismo incluso tiempos del último arzobispo extranjero de la capital, el irlandés Mons. Michael O´Doherty, quien ocupó la cátedra manileña de 1916 hasta su fallecimiento en 1949, hasta los tiempos del primer arzobispo filipino, Mons. Gabriel Reyes quien sucedió a O´Doherty al morir este pero falleció precipitadamente en 1952 tras un período marcado por tensión en una iglesia que con dificultades estaba en proceso de resucitar como un ave fénix tras la segunda guerra mundial. 

No cabe duda de que el estilo del entonces nuncio Vagnozzi, quien declaró públicamente que mientras fuera el titular de la nunciatura filipina a ningún filipino le llegaría el honor del birrete cardenalicio, que se creía superior a los prelados de las islas contribuyó a la última enfermedad de Mons. Reyes. En aquellos tiempos, acababa de iniciarse el proceso de nombramiento de la primera tanda de obispos filipinos al frente de las diócesis filipinas. Mas todavía no había un cardenal filipino (el primer purpurado filipino fue nombrado en 1960, el nuncio era ya distinto y sobre todo el papa era ya otro, pues el papa Roncalli era ‘enemigo’ del nuncio Vagnozzi) y solo un cardenal podría afrontarse al ‘todopoderoso’ nuncio como se demostró en el conflicto en 1986 entre el cardenal de Manila, Jaime Sin, y el entonces nuncio, Bruno Torpigliani, cuya amistad con la entonces primera dama filipina Imelda Marcos era notoria, a raíz de la ‘revolución’ de 1986.

             Esta nunciatura, elevado a tal rango el 08.04.1951 gracias al convenio entre el papa Pío XII y el entonces presidente filipino Elpidio Quirino. Filipinas había adquirido la independencia de los Estados Unidos el 04.07.1946 mas tardó en convertirse la entonces Delegación Apostólica en Nunciatura. Durante aquella transición el titular era el ya mencionado Edigio Vagnozzi, quizá el más controvertido entre los representantes pontificios en estas islas. A tenor de ello, no está de más decir aquí que tampoco su estancia en la Delegación Apostólica en Washington, D.C. fue exenta de polémicas y tensiones con los obispos estadounidenses.

             Sin duda la Nunciatura Apostólica en Filipinas ha sido una testigo y compañera del pueblo filipino en su evolución, en su crecimiento sobre todo a nivel político y social, como pueblo colonizado y luego como país independiente, con sus dependencias insuperables dentro de la dinámica de la geopolítica.Merecería la pena realizar un estudio monográfico y exhaustivo, o al menos detallado, de esta evolución y crecimiento.

             Y cabe desear que, mientras va evolucionando la nación y sociedad de este país, esta nunciatura evolucione en algo más eclesial, en una entidad ante todo en pro de los más pequeños, en una representación más y más al servicio de la iglesia de los pobres si bien tiene que codearse, a la fuerza, con sonrisas a veces falsas y silencios engañosos con los que brillan, asombran, ciegan con el poder y prestigio que tienen su origen en el Reino que no es de este mundo.

             Que esta Nunciatura tenga la parresía, como la de aquel nuncio francés quien antes de terminar su misión pero que no titubeó en aquella capital que es, en cierto mundo, la capital del mundo libre pero que en estos momentos está en el punto de mira por razones muy lamentables. Si mal no recuerdo, el gentilhombre con gran sensibilidad pastoral y don de gentes, que es Mons. Charles Brown, calló en tiempos de aquel dirigente nefasto, ahora encarcelado en La Haya cuando blasfemaba, insultaba al papa y mataba a muchos inocentes. 

La denuncia profética no es solo tarea de los pastores locales. Para eso también están las representaciones pontificias. Asimismo que esta Nunciatura organicen comidas, cenas o festejos, es decir, banquetes que anticipan el Reino de los Cielos, en que los más pequeños, carentes de joyas y rangos cegadores, sean los invitados de honor.

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