Más solera. La gran ficción de la identidad falsifica y fingida

Los colores como códigos en los bulos de identidad racial y social en Filipinas

Josefina Bracken de origen irlandés y Vicente Abad Recio de padres españoles, afincados en Filipinas y bisabuelos del autor de esta columna
Josefina Bracken de origen irlandés y Vicente Abad Recio de padres españoles, afincados en Filipinas y bisabuelos del autor de esta columna

Soy morena pero hermosa, muchachas de Jerusalén, como las tiendas de Quedar, como las lonas de Salmá. No os fijéis en mi tez morena, pues el sol me ha bronceado. Mis hermanos se enfadaron conmigo; me pusieron a guardar las viñas. ¡Y mi propia viña no la guardé!’ (Cantar de los Cantares 1, 5-7)

En mi tierra, el español tradicionalmente (hasta la fecha) se identifica con los colonizadores, con la clase alta, con la ‘alta sociedad’, con la jet. Incluso más que el estadounidense que suele verse como los ricos o los poderosos pero no de la clase elevada. Superior sí pero no del todo alta porque, como colonizador, España sigue teniendo más solera en la conciencia de los filipinos, pese a los nacionalismos rabiosos. Estos siguen siendo, en el fondo, una reacción al pasado colonial, sobre todo al pasado español cuyos vestigios siguen hasta la religión dominante, hasta la mayoría de los apellidos (y de la tradición o regularización de los apellidos impuesta por los españoles con el Decreto de Clavería del 21.11.1849).

Gracias a dicho decreto, se creó el registro civil moderno de Filipinas, que es un sistema que sigue vigente. También forjó la identidad familiar del país, por la que el estilo occidental de identidad y sistema de herencia y hacienda se estableció en estas islas hasta el día de hoy. A España debemos nuestra identidad familiar y queremos seguir identificándonos con esta madre hasta el punto racial, es decir, social o clasista. Cuando vinieron los estadounidenses y japoneses este deseo, este eros de autoidentificación genealógica, social, racial ya existía y ya estaba profundamente arraigada.

             Más solera. En el fondo, los filipinos somos unos románticos, unos nostálgicos.Seguimos soñando con la utopía. Y el pasado, el pasado remoto es el mejor ‘topos’ para contextualizar este sueño de raza, de color y de lengua. El español nunca llegó a ser la lingua franca en Filipinas pese a su oficialidad, pese a que esta tierra fue colonia española por más de 400 años por razones en las que no entraremos aquí. El ‘boom’ del aprendizaje de la lengua española como lengua extranjera (o el denominado producto E/LE con marca ‘España’), que es una implantación e imposición reciente y no una tradición de mucha solera, se debe a esta obsesión de no solo poder conectarse con este pasado idílico, utópico, romántico, imaginario sino para poder identificarse en términos genealógicos con la elite de aquella belle époque filipina antes de la hecatombe de 1898 cuando España perdió Filipinas y Cuba.

             De ahí la falsificación patológica de la solera.Una idea errónea que se extiende mucho hasta hoy en día es que si un filipino coetáneo tiene un apellido español (como Cruz o de la Cruz, Gómez, Reyes, Mendoza, García, Coronel o Suárez), significa que tiene ascendencia o sangre española. Esto ha de calificarse como falso en la mayoría de los casos. El hecho es que dicho apellido simplemente fue seleccionado o impuesto a los antepasados de este filipino por el Decreto de Clavería.

             Con el aprendizaje del E/LE, que muchos identifican por ignorancia o por afán arribista en la escala social con el denominado ‘español decimonónico filipino’ es decir tradicional o con solera, del que un servidor es quizá uno de los últimos hablantes, la ficción, que se va tejiendo desde una genealogía fabricada por su identificación con la clase o raza elitista del pasado colonial, llega a unas alturas risibles hasta ridículas.

             Ciertamente el ecosistema lingüístico y cultural ha cambiado muchísimo desde 1898 o al menos desde la década de los sesenta y setenta en que el español tradicional de Filipinas comenzó su declive irreversible.Lo cierto es que estas nuevas generaciones de usuarios de la lengua española, que aprendieron el E/LE, no tienen el contexto para sus pretensiones de identidad hispana, que son pretensiones falsas y elitista, creando una red extendida de tipo axiológico de racismo y colorismo en Filipinas en que los filipinos, por crear ficciones acerca de su linaje y competencia lingüística, discriminan en contra de los paisanos, de otros filipinos como ellos pero no tan ‘blancos’ o no son ‘hispanohablantes’ como ellos que ‘fingen ser nativos’, hablando el E/LE hasta el punto de imitar casi a la perfección el acento de los españoles, en su mayoría unos advenedizos y unos don nadie en España pero que florecen en esta tierra que buscan ídolos de fuera por mentalidad colonial.

             Incontables veces he oído frases tontas o irracionales como ‘soy mestizo’ (sin reconocer que Tiger Woods es un mestizo) o ‘soy de una familia española’ o ‘soy español’ cuando en realidad son tan ‘indios’ o filipinos como yo. O frases como ‘yo sabía el español antes pero ahora me he olvidado de él’. Son telarañas de autoengaños que al parecer son graciosas pero que son peligrosas, pues desentrañan la realidad de una sociedad y cultura propensa no solo a los bulos y posverdades sino a la falta de respeto hasta el punto de ser racistas contra la propia tierra y los propios paisanos.

             Todo ello también queda patente en el colorismo filipino, es decir, la creencia de que la piel clara es más atractiva, tiene más éxito y es más respetable que la piel oscura que hace que los jabones y los ungüentos blanqueadores estén agotados en las farmacias. Esto explica que en programas televisivos, spots publicitarios y películas los actores de piel blanca o clara, y también con linaje español, interpretan los papeles de personas ricas y existosas. También la morenez no es algo del que se enorgullece.Hasta el punto de que muchas madres dicen a sus hijos que no se expongan al sol para que no se pongan morenos.  La morenez de la piel es motivo de orgullo (no como en los países europeos cuando la morenez es apreciada por su belleza extraña y exótica).

             Tras siglos de colonización, la piel más clara, los rasgos europeos y las lenguas occidentales (sobre todo el español) se asocian con el poder, la educación y la riqueza hasta el punto de constituirse como los parámetros de prestigio en Filipinas de tal forma que lo moreno, lo indígena, lo que se entiende por ‘filipino puro’ está menospreciado.

             El mestizaje se entiende exclusivamente por tez blanca o clara y no por lo que verdaderamente significa: mezcla de razas.Esto hace caso omiso al otro uso tradicional del mestizaje en estas islas que se refieren a los mestizos de chino que son amarillos. Lo filipino es una confluencia de razas, colores, lenguas y culturas. Se ha tergiversado el sentido del mestizaje limitándose al mestizaje blanco-filipinos. Estos son idolatrados, los modelos en una sociedad de trepadores. Frecuentemente se cree que son ricos, atractivos, educados o fotogénicos. Es esta la ficción de la sociedad filipina que es una telaraña en que estamos todos atrapados y pudriendo hasta que este monstruo de nuestras tejedurías nos está comiendo vivos hasta el punto de diluir nuestro vínculo como sociedad de la que nace nuestra política para elevar la misma sociedad a alturas vivenciales que se traducen en una vida mejor para todos, respetando a todos, lo cual significa aceptando la verdad de nuestras identidades y nuestros destinos.

             A mi juicio, los filipinos somos los peores racistas. Odiamos a nosotros mismos, a nuestra propia identidad y cultura hasta el punto de fabricar una utopía peligrosa y alejada de la realidad y que podría tener consecuencias funestas hasta el punto de discriminar contra los pobres o los de la clase baja o no educada, normalmente identificada con gente humilde, con tez oscura. Mucho más que criterios estéticos esto también entra en una afirmación totalmente fabricada en lo que a competencia lingüística hasta el punto de ser identificados con los kastila o los españoles blancos para reclamar una tradición con mucha solera que sí era parte del patrimonio común pero que ya dista muchísimo de los contextos actuales. Aunque cerca del 30% del vocabulario del filipino moderno proviene del español y que la herencia hispánica sigue viva de forma híbrida en el habla y la praxis cotidianas de los filipinos hoy en día, es preciso recordar que todo esto se transmutó por lo que es preciso abrazar la verdad de nuestra identidad tal cómo es y no fabricar una red experiencial imaginaria hasta el punto de discriminar en contra de otros filipinos.  Todo en nombre de una aristocracia no existente.

A lo que voy, puesto que llevo ya días reflexionando sobre la Independencia Filipina: la verdadera independencia no es solo política, sino mental. La verdadera libertad comienza con la aceptación de la propia identidad híbrida. Así un pueblo puede relacionarse bien con otros países, comenzando con sus excolonizadores. El autoodio cultural a lo indígena es una cadena perpetua de autoengaño. Esto racismo interno feroz se encuentra en las raíces de nuestros problemas coetáneos como la impunidad de los poderosos, de la clase alta que ocupan los escaños políticos, por ejemplo.

         Se podrían verter ríos y ríos de tinta sobre esta temática pero por el momento termino con una anécdota. Soy moreno, con rasgos asiáticos, nacido en estas islas. Se me hizo esta pregunta (muy tonta a mi parecer) incontables veces por varias razones pero todas ellas relacionadas con mi quehacer como hispanista tanto por filipinos como por españoles advenedizos y arribistas en esta tierra en que por fin tienen el reconocimiento social y cultural que nunca llegarían a tener en sus aldeas de origen: ¿Usted tiene sangre española? He aquí mi respuesta de siempre: Sí pero eso era antes.Ahora ya no porque toda la sangre española que tenía me la chuparon los mosquitos de esta isla por lo que solo me queda la sangre, es decir, la identidad filipina.

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