Sueño, arte, creatividad
Hacia una mayor humanización que es itinerario de la divinización
En un país como Filipinas, es importante el poder (y querer, mejor dicho, seguir queriendo) soñar para poder sobrevivir a las incontables pruebas cotidianas. De día en día el sueño se está constituyendo en el único santuario, refugio, cobijo de los que habitan el archipiélago magallánico que siempre se encuentran, sobre todo los más vulnerables, en la intemperie ontológica; en un despertar incesante caracterizado por el miedo, la ansiedad, la preocupación dado que este mismo despertar es heraldo del hecho fatídico y fehaciente de que la vida cotidiana y concreta se caracteriza por la precariedad y fragilidad, desembocándose inevitablemente en la caducidad.
Es humano soñar porque es divinizador. El sueño verdaderamente humano debería ser humanizador, esto es, para lograr un mayor humanismo. Antiguamente, se creía que la fuente de todos los sueños, que se identifican con la creatividad, era el daimón o genio o una especie de espíritu incorpóreo.En otras palabras, con lo divino o con Dios. En la creatividad, el hombre participa en lo divino, en lo trascendente; se hace divino, trascendente. Y esto llegó a un extremo a partir de la modernidad, que respiraba los aires de un humanismo excesivo cuyo origen es el renacimiento, que consistía en una reconceptualización del genio. Desde entonces, el genio ya no era algo trascendente; el hombre era el genio y de ahí la modernidad tuvo su despliegue mediante la constante afirmación de la autonomía absoluta del hombre hasta el extremo de que el hombre, totalmente liberado de lo divino o de lo trascendente, se convirtió en el nuevo dios y la historia es testigo de la inhumanidad que ha dejado manchas imborrables en las páginas de nuestra narrativa compartida y cultivada.
Por todo ello, solo mediante el sueño el hombre podría llegar a ser como Dios; y no el nuevo Dios. En otras palabras, la creatividad es el atributo del hombre porque es Dios por Participación, como sentenciara san Juan de la Cruz o modo finito de ser Dios, en expresión feliz de Zubiri.
La verdadera creatividad significa una mayor humanidad; nunca podría desligarse de lo trascendente, esto es, de lo Absolutamente Necesario en que el hombre podría participar, sobre todo por el arte, pero que el hombre nunca podría llegar a ser por su inherente contingencia que es, a la vez, finita y culpable. El mito de la caída adámica en Gen 3 diserta sobre esta pretensión del hombre de deshacerse de lo trascendente para ser ‘como dioses’; el exilio del Paraíso fue el comienzo de un proceso de deshumanización que conlleva el reto de recuperar, salvar los vestigios de lo divino en el hombre para que el hombre pueda seguir siendo humano en ser humanitario. Mas el relato del fratricidio original (Caín y Abel) es la primera narrativa de la deshumanización del hombre que pretendía deshacerse de lo divino al hacer algo inhumano, como matar al hermano, que es la epopeya que se está desplegando hasta la fecha.
El filipino es aquel, en palabras luminosas de Antonio Machado, ‘pobre hombre en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla’ (Soledades LXXVII). La niebla se vuelve cada vez más espesa con el correr de la historia; no solo es ofuscante sino que asimismo es asfixiante. Con nuevas tinieblas como un centro gigantesco de datos para la IA y la posible implantación de energía nuclear, como anunciaba hace unos días el presidente Marcos, en nuestras islas, surgirán problemas ecológicos que harán estragos en esta tierra en que se derraman sangre y lágrimas en el río de su historia.
Ser hombre es ser humano, es soñar con Dios, buscándolo entre la niebla de nuestra existencia para poder encender una lámpara en medio de ella para los demás que siguen bregando en medio de tanta oscuridad, para que todos encontremos el buen camino para poder ser humanos, para ser humanitarios y volver a ser dioses por participación, hombres necesitados de Dios y de los hombres; asimismo colaboradores, trabajadores, creadores para los mismos.
Por lo pronto, podría encontrarse el arte como guindola en este naufragio constante e incesante. El mismo arte que se ve atacado por la embestida y avalancha de las nuevas tecnologías que en vez de facilitar las cosas se han revelado como fuerzas esclavizadoras que han resultado en la deshumanización de las condiciones vitales. Y ahora nos vemos, gracias a una política extremadamente materialista carente de humanismo, amenazados por las nuevas tinieblas mencionadas arriba, además de los fantasmas y espíritus maléficos de siempre que llevan siglos acechando y atormentando nuestras moradas interiores hasta consolidarse en las crisis colectivas que, al parecer, somos incapaces de superar.
El arte es el único camino de la belleza. Y la belleza es el nombre oculto de Dios que se ha esparcido en todo lo que existe en clave de armonía porque Dios es lo bello en sí y lo verdadero es su discurso es la verdad cuya discursividad se oye de varias formas, entre ellas el arte.
No me refiero a las obras de arte sino al arte, esto es, lo que está detrás de cada obra de arte.
Para poder hacer arte, que se concretiza en obras de arte que no solo son objetos estéticos o de percepciones placenteras e inmediatas, hace falta poder soñar. Esto, empero, no se limita al estado onírico sino que significa sintonizar con lo trascendente mediante la imaginación que es la facultad de fabricar figuras o configurar en términos finitos y culpables los valores que trascienden esta condición inmanente, caracterizada por la finitud y la culpabilidad
El hombre es Dios que sigue soñando en el tiempo y el espacio. Somos la temporalización y espacialidad del sueño de Dios. Dios nos delegó una tarea a través de la creación, que Él solo puede realizar. Y esta tarea es la creatividad por lo que es preciso seguir soñando. Dios delegó pero no renunció a la creación. Pero el hombre con la IA, por ejemplo, está renunciando a su creatividad, a su participación creativa en la obra de Dios.El resultado es un mundo más deshumanizado. Dios nos sigue soñando para que sigamos siendo hombres y para seguir siendo hombres hemos de ser más humanos, más humanitarios haciendo que este mundo no solo sea una casa sino un hogar para todos. El uso responsable de la tecnología como medio para que la casa sea veramente acogedora como hogar es nada menos que la realización de la delegación dada por Dios, que es nuestra vocación creativa y de la que son manifestaciones o muestras concretas las obras de arte.
La creatividad en sí es arte. Y este tiene su despliegue en varias formas. Arte es vivir la vida, recreándola con el propósito de mejorar, aumentar, ampliar la creación de Dios. Arte es cultura, lo que cultiva el hombre, la red relacional que contextualiza nuestras experiencias; es una red vivencial, frágil que ha de cuidarse, cultivarse, conservarse no solo como obras sino para que los demás sean capacitados a seguir obrando, esto es, poder continuar sin renunciar a la dignidad de ser co-creador por medio de la creatividad.
Esta dignidad no podría renunciarse, esto es, solo podría delegarse en el sentido de compartirse, como compartir una responsabilidad o un proyecto; debería respetarse siempre haciendo que el mundo en sí inhóspito se constituya como un verdadero hogar. El arte es ocasión para la hospitalidad para que Dios se sienta con nosotros y compartir la mesa con nosotros; la comensalidad es nutrición y descanso; es cuando Dios descansa, haciéndose verdaderamente humano para que los hombres seamos muy humanos en ser divinos como el que compartió nuestra mesa como en el caso de Abrahán y los tres visitantes (Gen 18-20) o Jesús con los discípulos en Emaús (Lc 24, 13-35).
Dios nos sueña para que podamos seguir el sueño, siendo responsables, delegando o compartiendo nuestra humanidad forjando entornos experienciales desde la totalidad de lo existente que es el universo y del mundo que es la porción habitable del mismo universo. Este entorno experiencial es cultural; es el hogar donde podemos todos descansar y soñar como Dios. El cumplimiento de este sueño es hacer que el mundo sea hogar, habitable mediante la creatividad que se ejerce en la cultura que es la matriz del arte como tarea, como ejecución de la divinidad y su sueño en el hombre.
Dios sigue soñando con el hombre, Dios por participación y modo finito de ser Dios hasta el punto de ser verdadero hombre en Jesucristo por lo que Dios es hombre por participación y modo infinito de ser hombre. El sueño es el modo por el que en los relatos bíblicos Dios se comunica con el hombre. El sueño se radicalizó cuando Dios tomó carne en la Encarnación del Hijo y comenzó a perpetuarse sacramentológicamente por el Espíritu. En el sueño, se dan la mano Dios y el hombre compartiendo la tarea sin renunciarla para que la divinidad siga fluyendo en una mayor humanidad creando ámbitos que son hogares en donde, como san Ireneo de Lyon refiere con maestría inigualable, ‘porque la gloria de Dios es el hombre viviente: y la vida del hombre es la visión de Dios. Si la manifestación de Dios por la creación da vida en la tierra a todos los vivientes, mucho más la manifestación por el Verbo del Padre da vida a aquellos que contemplan a Dios‘ (Contra los herejes, 4,20,5-7).
¿Con estas implantaciones tecnologías como aquel gigantesco centro de datos de IA (Pax Silica) y la energía nuclear, seguirá siendo un hogar, ya muy precario y destrozado, Filipinas sobre todo para los más pequeños? En estas islas los recursos y los suministros son cada vez más amenazados por fuerzas malévolas como la corrupción y el egoísmo en una sociedad destrozada por dinastías políticas nefastas y valores actuales insostenibles. Es preciso seguir indagando al respecto.
Sin embargo, todo esto se aclarará en los días venideros. A tenor de ello, por el momento, ha de proponerse un sentido renovado del arte sobre todo para estas cuestiones no solo políticas y sociales, sino también económicas y ecológicas. Es preciso verlo todo desde una óptica adecuada, unificadora, equilibrada. Y esta óptica es el reto del arte, el desafío de la creatividad que delega pero que nunca renuncia a lo humano, a lo humanitario, a lo divino en que todos nos nutrimos y que se derrama en las copas frágiles de nuestros seres que siguen tejiendo redes relacionales que constituyen lo que se denomina la cultura.
Con esta renovada conciencia, la tiniebla se revelará como noche oscura de encuentro en que Dios se hará el encontradizo. Él aportará una luz que no solo centelleará en los astros de las bóvedas celestes para iluminar nuestros hogares. Esta luz se consumirá como sed por lo divino que solo puede satisfacerse en cumplir el sueño para que el mundo sea un verdadero hogar. La verdadera luz de estos mismos hogares se enciende en cada uno de nosotros, sus habitantes. Esto ocurre cada vez que construimos puentes para acercarnos más a los hermanos, sobre todo a los más débiles y desamparados, a los sin techo, cuyos sueños son los nuestros porque lo son de Dios.