Vamos, vamos en Filipinas

 El fútbol como punto de convergencia del fantochismo y arribismo

El fútbol.  Una ocasión propicia para falsear o revisar la propia genealogía en Filipinas
El fútbol. Una ocasión propicia para falsear o revisar la propia genealogía en Filipinas

En los años de mi niñez y mocedad, en casa de los abuelos o de otros familiares, normalmente se oía ‘vamos’ para indicar que ya era hora de comer, es decir, ‘¡vamos a comer!’ Y a la hora de despedirnos de los abuelos o tíos anfitriones mis padres normalmente decían: ‘¡vamos ya!’ o, a veces, ‘¡vámonos!’ Es decir, a casa o a la rutina normal que comenzaban los lunes.

             Solo en esta nueva generación de hispanófilos, con la pretensión de falsificar, revisar o cambiar sus genealogías, autoproclamándose más españoles o hispanos que los mismos españoles o al menos mestizos de españoles, sobre todo para poder trepar hacia las cumbres de las escalas socioculturales de Filipinas, se ha vuelto popular lo de ‘vamos, vamos’. Esto empezó a popularizarse con la llegada de la tecnología satelital en la década de los 90 por lo que los filipinos comenzaron a ver los partidos de fútbol, sobre todo de la FIFA, usando nuestros televisores.Eso de ver partidos, en que juegan los extranjeros y no los filipinos, sobre todo en directo, hasta el punto de acudir a los lugares (como a los USA para ver la NBA o al Reino Unido para ver el prestigioso torneo de tenis de Wimbledon) es símbolo de status. Incluso un cura de mi diócesis que malgastó los fondos parroquiales para vivir como la jet internacional iba a Wimbledon, usando dinero que no era suyo y al que el obispo de entonces hacía la vista gorda.

             En fin, en Filipinas toda es apariencia, espejismo.   En una palabra, autoengaño, más allá de las fachadas felices y alegres en medio de tanto sol y lluvias incesantes con temblores de tierra que últimamente se están haciendo más frecuentes, que es el resultado de lo que los existencialistas en su día denominaban la inautenticidad. En Filipinas, entonces y hasta ahora, sigue prevaleciendo una mentalidad colonial con tiñes nostálgicos por lo hispano y por lo católico que simbolizaban o siguen simbolizando el poder y el prestigio de la denominada ‘alta sociedad’ en estas islas perdidas por la Madre España en 1898, cuya lengua era lengua oficial pero no muy diseminada entre las masas (y solo hablada por una clase denominada elite por ascendencia, educación y estratificación social).

             Y ahora con España y Argentina ‘vamos, vamos’ ha vuelto a ser la moda de aficionados y trepadores, algunos de los cuales son verdaderos hispanos pero la mayoría son aficionados hasta cometer barbaridades con la lengua, que dicen era o es suya por su familia pero ‘olvidada’ o ‘trasnochada’ por varios motivos históricos.

             Existen incontables fantoches que son engreídos, presuntuosos, altaneros y alardosos en todas las culturas. Pero en Filipinas lo hispánico y lo católico se hacen ocasiones para casos extremos de fantochismo que, en medio de la precariedad de la vida, puede resultar alarmante. En los saraos, que son ocasiones de demostrar superioridad de raza, cultura y de ascendencia, como la final de la FIFA 2026, la gente fantoche se solidariza para cosas pasajeras.

             No es que la Final de la FIFA no sea importante. Yo mismo soy fan del fútbol. Pero he de decir que el fantochismo, del que el fenómeno de ‘vamos, vamos’ edición de 2026, es síntoma de un mal, de un cáncer social sobre todo en un país hiperdigitalizado en donde abundan los bulos, las intrigas y las falsas acusaciones que han destrozado la vida de incontables personas.

             Es lamentable que no se diga ‘vamos, vamos’ para fines más nobles para todo el país y que tengan que ver con el bien común. Por ejemplo, en el proceso de destitución contra la vicepresidente de Filipinas. La nación sigue dividida al respecto si bien no cabe duda que la familia Duterte es el mal encarnado en estos tiempos. Toda esta obsesión ‘seudohispana’ por un partido de fútbol, en que convergen todos los esfuerzos arribistas del país en estos momentos, se nos está haciendo bola a todos. La obsesión por el balón nos hace a todos correr en círculos interminables por lo que nunca progresaremos, nunca cambiaremos, nunca iremos adelante, nunca superaremos o corregiremos los mismos errores. Es esta la dura lección de la denominada revolución de 1986 pero que en realidad era solo un cambio de gobierno. Esta historia nuestra con respecto a nuestros mandatorios puede resumirse en esta frase: ‘el mismo perro pero con diferentes collares’. Empleando unos ejemplos recientes, Marcos, hijo es del mismo molde no solo de su padre el dictador sino también de su antecesor inmediato, Duterte. Mas es preciso reconocer que el actual presidente Marcos es el mal menos comparado con los dos mencionados.

             Más allá de la falta de incomprensión acerca del significado verdadero, con todas sus implicaciones en la esfera social y política, de ‘vamos, vamos’, dado que la expresión se ha reducido a la moda creada por jugadores españoles de tenis de renombre internacional como Arantxa Sánchez Vicario y Rafael Nadal, y la insistencia ridícula e irremediable (pese a las incontables lecciones de español en ciertos lugares o institutos que se han convertido en los nidos y manicomios de los nuevos trepas hispanos de Filipinas) de pronunciar la ‘v’ inicial de manera labiodental (y no de manera oclusiva), hemos de reflexionar seriamente acerca de este fenómeno.

             Al menos, la Final de la FIFA, que es mucho más que un mero pretexto coyuntural para estas reflexiones, es ocasión para un momento fugaz de solidaridad y compañerismo para los filipinos. Pero el verdadero espíritu de ‘vamos, vamos’, empezando con su sentido y contexto deportivos, ha de ser un desafío para todos para vivir esta vida como voluntad de aventura, dicho orteguianamente, pero con un norte específico: el bien común de todos fundado en la verdad, con todo el fantochismo, con su correspondiente arribismo, completamente superado abriendo así un Itinerario recto caracterizado por la rectitud no solo individual sino sobre todo colectiva frente a los monstruo multicéfalos que nacen desde nuestras entrañas colectivas y que no dejan de acercarnos a aquel abismo sin escapatoria, sin salida, sin retorno.

Como le gustaba decir a mi padre en tagalo 'bilog ang bola, bilog ang mundo', es decir, el balón es redondo, el mundo es redondo. La vida es impredecible. El balón rueda y nunca se sabe dónde va a parar. Como la mismísima vida por lo que, para superar el karma oriental que es una telaraña viciosa, es preciso elegir el camino recto, hacia el cual hemos de reunir todos nuestros esfuerzos diciendo, cómo no, '¡vamos, vamos!'

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