La vida es un deporte

Reflexiones breves acerca de la aventura de nuestras caravanas y la ambivalencia entre la ostentación y la discreción en busca de la autenticidad

El balón es redondo, el mundo es redondo
El balón es redondo, el mundo es redondo

Cada vez que me entero por la prensa o por las redes sociales o por televisión de la victoria o la derrota de un equipo preferido, resuena un refrán en tagalo que a mi padre le gustaba repetir para recordarme la verdadera naturaleza de la vida: bilog ang bola, bilog ang mundo, es decir, el balón es redondo, el mundo es redondo. También puede significar que la vida, simbolizada por el balón o el mundo redondo, puede dar incontables vueltas, rodándose en la historia para hacer historia. Dicho refrán pone de manifiesto la visión circular que tienen (tenemos) los filipinos, como muchos asiáticos, que creen (creemos) en el karma.La vida, concretizada en los proyectos, viajes, negocios o deportes, se caracteriza por la incertidumbre e impredecibilidad por lo que es una exigencia para hacer todo lo posible para ir ganando, aceptar que a veces uno va perdiendo mas, dada la redondez de la realidad, siempre quedan oportunidades de dar la vuelta al resultado. En otras palabras, la vida es dinámica, con sus inevitables altibajos.

             En efecto, la vida es un deporte. Es esta la confesión de una persona que nunca ha tenido el talento ni talante deportista. Más allá del sentido jovial o lúdico aportado por corrientes vitalistas y existencialistas, sobre todo a partir del siglo diecinueve, la deportividad de la vida pone de manifiesto que esta tiene, por una parte, una cara descubierta, que normalmente se identifica con el espectáculo; y por otra, una oculta que engloba toda la preparación abnegada, muchas veces absolutamente silenciosa, para lograr el objetivo.

             El momento o punto bisagra entre las mencionadas caras o dimensiones lo constituye la estrategia. El refrán repetido por mi padre es solo el contexto de la realidad, que se caracteriza como deportiva, que tiene un punto de inflexión que es la estrategia. Esta une las dos dimensiones de la acción humana dentro del mencionado contexto sobre el que no tiene control sino que constituye el fondo ontológico, por así decirlo, para la realización de sus actos.

             El conjunto de todos los factores que el hombre puede controlar se denomina precisamente la estrategia. Esta es la convivencia humana con el contexto que queda fuera de su control. Es punto de inflexión, pues es el fondo del que uno puede optar hacia la ostentación o hacia la discreción.

             En realidad, todo es estrategia. Es esta la esencia de la deportividad de la vida. Muchas veces esta se ha reducido a la cuestión ‘existencialista’ de la autenticidad sobre todo cuando prevalece lo espectacular, cuando todo lo que luce es el dinero o el prestigio, o las dos cosas. Como es el caso de Filipinas. Aquí el silencio no suele ser rentable. Incluso puede ser interpretado como estupidez, ignorancia, indiferencia. También uno puede ser sospechado de encubrimiento de hechos malévolos por su silencio. Siendo así, también cabe afirmar aquí que por sí el espectáculo o el silencio son ‘neutros’ y cada uno conlleva sus propias ventajas y desventejas.

             La estrategia demuestra que la vida se desarrolla como una navegación ‘incidit in Scyllam cupiens vitare Charybdim’, es decir, ‘estar entre la espada y la pared’, entre un monstruo marino y un gigantesco remolino marino. La vida es navegación para evitar el naufragio, muchas veces el destino de todos nosotros pero que no debería ser el punto final. La vida es búsqueda incesante hasta llegar a tierra firme. Cobra significado cuando podemos gritar ‘¡tierra a la vista!’, contemplando el deseado puerto en el horizonte.

             La vida es encontrarse en un estado híbrido, es decir, de mezclas no siempre discernibles, en dilemas conflictivos, en circunstancias confluyentes.A veces esto es como el lodo que hace que las ruedas del carruaje se paren. A veces hace que el camino resulte resbaladizo e incluso peligroso.Por eso, es preciso emplear a veces el espectáculo, otras, el silencio. O una mezcla de los dos.  Pero evitando los excesos o la desmesura por medio de la estrategia que hace que se conserve el sentido lúdico, de la competencia (y también de la performatividad deseada) en vez de dejarse abocar al abismo irremediable del sin retorno.

             Amén de evitar los excesos, es preciso emplear las estrategias éticamente, es decir, yendo más allá de las costumbres o mores de cada uno. Me refiero a los intereses egotísticos de cada uno que impulsan a los individuos a cometer barbaridades solo por conseguir la derrota del otro. Todos estos intereses han de dejarse englobar y purificar por lo comunitario que se configura como el discurso del bien común. Todo ello, con la excesividad al menos minimizada, permite un espacio amplio de desarrollo de la competividad. Esta es la fuerza ejecutante de toda estrategia, por la que se pone de manifiesto la verdadera grandeza y dignidad del hombre; no solo como ser racional que sabe emplear las facultades innatas y artefactos culturales a su disposición; sino sobre todo para establecerse como ser íntegro o espíritu capaz de ser grande conforme a los ideales espirituales perennes y ser comprometido, o persona capaz de involucrarse personalmente, lo cual significa, por de pronto, responsabilidad y participación en todo lo humano. Es aquí donde la divinidad ha dejado su rastro y ha mostrado su rostro.

             La gran lección existencialista de la autenticidad, lamentablemente convertida en un viejo tópico o reducida a un eslogán fácil podría recuperarse en términos de ir más allá de las apariencias, más allá del rédito público, económico e incluso político para llegar a un asentamiento más sólido para todos, a una tierra más firme aún, pues el suelo que pisamos, sobre todo por los vaivenes ideológicos y culturales, se está convirtiendo cada vez más en arenas movedizas en las que nuestras caravanas se quedan atrapadas hasta el punto de hundirse o sucumbir.  En el fondo, todo ello es una cuestión de ética que más que la mera moralidad ha de tener en consideración la responsabilidad hacia la comunidad que sostiene a cada individuo.

Todos vivimos, crecemos y viajamos en caravanas. Estas son la mejor concretización de la redondez de nuestra existencia, de que hay fuerzas que no controlamos y con las que hemos de convivir. En efecto, a esta luz, nos corresponde la tarea vital de convertir nuestra existencia en vida mediante las estrategias. Pero estas han de ser auténticas, esto es, éticas por lo que las mismas pueden servir para hallar y cimentar una tierra firme para nuestras aspiraciones y esperanzas compartidas, frente a los desafíos que soplan y rugen como las tormentas que, aunque siempre vienen, terminan por irse dejando rastros, huellas, cicatrices. Son estas, en efecto, insignias de honor para los que viven auténticamente.

             La autenticidad que supera las apariencias y que recupera la eticidad fundada en el bien común es el principio rector desde que toda estrategia debería formularse para poder lidiar este gran toro de la existencia y de sus retos para descubrir en esta faena lo que es la vida que, al fin y al cabo, es deporte que nos da la oportunidad de explorar nuestra creatividad para crear o hallar o descubrir en esta aventura, que es el reto de transformar nuestro ser ahí o existencia en ser ahí para otros y para una finalidad que merezca la pena o vida, una tierra más firme para todos nosotros.

             En Nuestra Santa Madre Iglesia, con sus innegables altibajos históricos, esta deportividad se llama la sinodalidad por la que todas nuestras caravanas viajan por las avenidas de esta aventura, que es la historia con sus cambios y retos, hacia la plena realización del Pueblo de Dios como Reino de Dios. Mas sin perder lo de siempre, que se denomina la tradición, pero haciendo que esta crezca, madure, se desarrolle hacia la plenitud escatológica.

El 'golazo eclesial' no es solo de los clérigos o los pastores, sino de todos los jugadores, de todos los componentes de la caravana, de todo el equipo. Es decir, de todos los fieles. Y este golazo, frente a la impredecible redondez de la existencia, consiste en una transformación constante, coherente y más firme de nuestra asamblea terrena en realización celestial y auténtica de la Voluntad de Dios para todos nosotros.

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