17 de mayo: La iglesia ante los cuerpos que no supo cuidar

17 de mayo
17 de mayo | Imagen creada con IA

Hay personas que aprendieron a orar contra sí mismas, y no puedo decir esto sin sentir que ahí se abre una herida que atraviesa la historia de nuestras iglesias, porque no lo hicieron por falta de fe, ni porque odiaran la vida, ni porque no hubieran sabido escuchar a Dios, sino porque alguien les enseñó que el camino hacia lo sagrado pasaba por negar su nombre, su deseo, su cuerpo, su forma de amar o la verdad más honda de su existencia. Por eso pienso en tantas niñas, niños, niñes y adolescentes que crecieron pidiendo dejar de ser quienes eran, no porque Dios se los hubiera pedido, sino porque una familia, una iglesia, una prédica, una consejería pastoral o una doctrina repetida sin misericordia les hizo creer que su vida era una falla dentro de la creación.

Por eso no puedo mirar este 17 de mayo de este año o de ningún año desde 1990 como una fecha más del calendario, ni como una cortesía institucional que se resuelve con una imagen de colores o con una frase amable, porque el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, nombrado cada vez más en algunos espacios como día contra la LGBTIQfobia, no existe para decorar discursos de tolerancia, sino para recordarnos que una sociedad que necesita reservar un día para afirmar que nadie debe ser corregido, humillado, expulsado, patologizado o asesinado por su orientación sexual, identidad de género, expresión de género o corporalidad, es una sociedad que todavía no ha aprendido lo elemental.

...el 17 de mayo... no existe para decorar discursos de tolerancia, sino para recordarnos que una sociedad que necesita reservar un día para afirmar que nadie debe ser corregido, humillado, expulsado, patologizado o asesinado por su orientación sexual, identidad de género, expresión de género o corporalidad...

No quiero comenzar diciendo, sin más, que “hay que celebrar la diversidad”, porque esa frase, aunque puede nacer de una intención legítima, me resulta insuficiente cuando no se deja atravesar por la violencia concreta, y porque la palabra diversidad, si no se politiza, puede convertirse en una forma limpia de nombrar heridas sucias, así como, si no se encarna, puede terminar funcionando como un gesto decorativo que no toca las condiciones reales de la existencia. Lo que me importa no es solamente el derecho a aparecer en una fotografía institucional, sino la posibilidad de vivir sin miedo, de nombrarse sin castigo, de amar sin disciplinamiento, de recibir atención médica sin humillación y de habitar una comunidad sin tener que pedir perdón por existir.

Louis-Georges Tin fundó el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia (IDAHOTIT)
Louis-Georges Tin fundó el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia (IDAHOTIT)

Cuando pienso en el origen del 17 de mayo, recuerdo que la fecha remite a una fractura histórica con uno de los lenguajes más persistentes del daño, porque señala la decisión de la Organización Mundial de la Salud de retirar la homosexualidad de sus clasificaciones diagnósticas en 1990, y aunque ese dato podría sonar lejano, casi administrativo, adquiere otra densidad cuando comprendo que durante décadas la vida homosexual fue interpretada como enfermedad, anomalía o desviación corregible. Ese lenguaje no se quedó encerrado en manuales médicos, sino que organizó imaginarios familiares, escolares, jurídicos, religiosos y comunitarios, como ha mostrado Jack Drescher al explicar que la salida de la homosexualidad del DSM no fue una simple rectificación científica, sino una disputa cultural, política y epistémica sobre quién tenía autoridad para definir la normalidad y qué vidas quedaban atrapadas en el vocabulario de la enfermedad (Drescher 2015), mientras que Tonia Poteat y Stefan Baral recuerdan que Louis-Georges Tin impulsó la conmemoración internacional del 17 de mayo para honrar aquella decisión de la OMS y situar la lucha contra la homofobia, la transfobia y la bifobia dentro de una agenda global de salud, justicia y derechos humanos (Poteat y Baral 2020).

Louis-Georges Tin impulsó la conmemoración internacional del 17 de mayo para honrar aquella decisión de la OMS y situar la lucha contra la homofobia, la transfobia y la bifobia dentro de una agenda global de salud, justicia y derechos humanos...

Sin embargo, no puedo confundir la despatologización médica con una verdadera despatologización religiosa, porque en muchos espacios dejó de hablarse de enfermedad, pero siguió hablándose de desorden, confusión, pecado, ideología, amenaza contra la familia, crisis de la creación o ataque contra la verdad, con lo cual cambió la palabra, aunque permaneció la sospecha; se suavizó el tono, aunque continuó la vigilancia; se abandonó el diagnóstico clínico, aunque se conservó el juicio moral. Por eso, cuando escucho que una comunidad cristiana afirma que “ama a la persona, pero no su práctica”, cuando promete recibir a todas las personas siempre que acepten una conversión entendida como negación de sí, o cuando declara que “no odia, solo defiende la doctrina”, no puedo dejar de preguntar qué produce ese lenguaje en quienes lo escuchan desde la infancia, porque no toda violencia llega con gritos, golpes o insultos, ya que algunas violencias se pronuncian con voz tranquila, con Biblia en mano, con tono pastoral y con apariencia de cuidado.

Ahí reconozco una herida que la iglesia no puede seguir rodeando, porque no me basta hablar de acompañamiento si no revisamos, al mismo tiempo, la forma en que hemos fabricado soledades. Dado que durante demasiado tiempo muchas comunidades cristianas entendieron la pastoral como administración de la norma y no como cuidado radical de la vida, llamaron verdad a una forma de vigilancia sobre los cuerpos, confundieron compasión con tolerancia condicionada, ofrecieron escucha siempre que la persona aceptara entrar al relato institucional de la culpa y celebraron la familia mientras negaban las familias elegidas que sostuvieron a quienes fueron expulsadas, expulsados y expulsades por las suyas. La pregunta que me hago no es si las iglesias tienen algo que decir sobre el 17 de mayo, sino si estamos dispuestas a escuchar lo que esta fecha dice sobre nuestros cuerpos y deseos.

La pregunta que me hago no es si las iglesias tienen algo que decir sobre el 17 de mayo, sino si estamos dispuestas a escuchar lo que esta fecha dice sobre nuestros cuerpos y deseos.

Las cifras me impiden dejar esta discusión en el terreno de la sensibilidad o del lenguaje, porque TGEU registró 281 asesinatos de personas trans y de género diverso entre el 1 de octubre de 2024 y el 30 de septiembre de 2025, de los cuales 68 % ocurrió en América Latina y el Caribe, mientras que 90 % de las víctimas reportadas fueron mujeres trans o personas transfemeninas (TGEU 2025). No leo estos datos como una contabilidad cerrada de la muerte, puesto que se trata de asesinatos documentados y no de una cifra estatal exhaustiva; más bien, los leo como una señal del subregistro, de la invisibilización y de la precariedad institucional, de manera que lo que aparece ante mí no es la totalidad de la violencia, sino su borde visible, su zona apenas registrada, su parte menos negable.

Brasil vuelve todavía más difícil cualquier lectura complaciente, porque ANTRA registró 80 personas trans y travestis asesinadas en 2025 dentro de una tradición de monitoreo que existe porque el Estado no ha sabido, o no ha querido, registrar con suficiente seriedad la violencia contra travestis y transexuales brasileñas (ANTRA 2026), mientras que Colombia ofrece otra capa del mismo problema, dado que Caribe Afirmativo reportó 270 asesinatos de personas LGBTIQ+ durante 2025, frente a 165 en 2024, en una trama donde se cruzan prejuicio, impunidad, violencia territorial, economías ilegales, conflicto armado, redes digitales y abandono estatal (Caribe Afirmativo 2026). México, por su parte, me coloca frente a una paradoja brutal, porque los avances legales conviven con precarización, transfeminicidios e impunidad, como muestra Agencia Presentes al documentar al menos 11 transfeminicidios desde el inicio de 2026 hasta los primeros días de mayo, cifra que revela no solo la persistencia del crimen, sino también la insuficiencia de los registros oficiales para nombrar adecuadamente la violencia contra mujeres trans y personas transfemeninas (Presentes 2026).

Kenya Cuevas, impulsora de la ley contra los transfeminicidos en México
Kenya Cuevas, impulsora de la ley contra los transfeminicidos en México

Pero no quiero que una cifra llegue sola, porque detrás de cada número reconozco un nombre, una historia, una comunidad rota, una identidad que muchas veces fue corregida después de la muerte, una prensa que insistió en borrar el nombre elegido, una familia que quizá negó la verdad de esa vida, un expediente que no supo escribir lo ocurrido y un Estado que llegó tarde o nunca llegó. Cuando una muerte no se nombra bien, la violencia continúa después del asesinato, porque se le arrebata a la persona incluso la posibilidad de ser recordada como quien fue, y por eso, en este punto, el problema no es únicamente el crimen, sino la disputa por la memoria; no es solamente la sangre derramada, sino el modo en que la sociedad decide si esa sangre cuenta, si ese duelo importa y si esa vida merece ser llorada.

Cuando una muerte no se nombra bien, la violencia continúa después del asesinato, porque se le arrebata a la persona incluso la posibilidad de ser recordada como quien fue, y por eso, en este punto, el problema no es únicamente el crimen, sino la disputa por la memoria...

Por eso creo que la palabra diversidad necesita perder inocencia, porque no todas las personas LGBTIQ+ viven la violencia del mismo modo, ni todas las formas de discriminación se inscriben con la misma intensidad sobre los cuerpos, ya que las mujeres trans, las travestis, las personas transfemeninas, las personas racializadas, las trabajadoras sexuales, las personas empobrecidas, las migrantes y las activistas ocupan lugares especialmente expuestos dentro de la economía social del daño. Por ello no me basta que una iglesia diga que está “a favor” o “en contra” de la diversidad, pues esa pregunta es pobre y, en muchos casos, tramposa; la pregunta real es si nuestras palabras, nuestros silencios, nuestras doctrinas, nuestras bromas, nuestras liturgias, nuestras catequesis y nuestras formas de acompañamiento han protegido esas vidas o han contribuido a dejarlas en intemperie.

No sostengo que las iglesias sean responsables materiales de cada asesinato contra personas LGBTIQ+, pero sí reconozco un problema complejo e incómodo: Muchas iglesias hemos participado en la producción de marcos morales donde algunas vidas se vuelven menos llorables, menos creíbles, menos protegibles y menos legítimas; hemos participado cuando usamos la expresión “ideología de género” para desautorizar experiencias reales de dolor, cuando redujimos a las personas trans a debate doctrinal, cuando llamamos prudencia a nuestro silencio y cuando dijimos que no odiábamos, mientras sosteníamos enseñanzas que produjeron miedo, vergüenza y aislamiento.

Aquí siento que la teología cristiana queda emplazada ante su propia verdad, porque si la encarnación significa algo, no puede ser solamente una doctrina sobre Dios hecho carne en abstracto, sino una provocación permanente contra toda espiritualidad que desprecia los cuerpos concretos; si el evangelio significa algo, no puede reducirse a una moral de control sexual, sino que debe escucharse como buena noticia para quienes han sido colocades fuera de la mesa, fuera de la casa, fuera de la pureza y fuera del duelo legítimo; y si la resurrección significa algo, no puede ser únicamente una promesa futura, sino también una insurrección contra los poderes que administran muerte, vergüenza y abandono en nombre del orden.

...si la encarnación significa algo, no puede ser solamente una doctrina sobre Dios hecho carne en abstracto, sino una provocación permanente contra toda espiritualidad que desprecia los cuerpos concretos...

Desde esa clave, leo el 17 de mayo no como una fecha secular que las iglesias también deberían observar, sino como una interpelación teológica que desnuda la calidad real de nuestra fe, porque una comunidad cristiana puede confesar correctamente todos sus credos y, aun así, fracasar pastoralmente si una persona trans no puede sentarse sin miedo, ser nombrada con dignidad, orar sin esconderse, amar sin ser disciplinada, llorar sin ser corregida y recibir cuidado sin ser convertida en problema. Por eso me atrevo a decir que la ortodoxia, cuando se separa del cuidado de la vida, se vuelve una forma refinada de idolatría, porque protege la idea de Dios mientras abandona a las personas que dice que Dios ama.

Retrato de Marcella Althaus-Reid dedicada al nombramiento de la sala "Althaus-Reid" en New College, Edimburgo. Ella es una de las mayores exponentes de la teología queer/cuir
Retrato de Marcella Althaus-Reid dedicada al nombramiento de la sala "Althaus-Reid" en New College, Edimburgo. Ella es una de las mayores exponentes de la teología queer/cuir

Baruch-Domínguez, Mendoza-Pérez y Guerrero Mc Manus, pensando desde México, advierten que no puede haber retrocesos en el reconocimiento de derechos LGBT+, precisamente porque los avances legales no eliminan por sí mismos las desigualdades sanitarias, el estigma ni la violencia estructural (Baruch-Domínguez, Mendoza-Pérez y Guerrero Mc Manus 2023), y por eso pienso que las iglesias tendríamos que tomar esto con una seriedad que muchas veces no hemos tenido, ya que una pastoral que produce vergüenza del cuerpo o silencio sobre el deseo no acompaña la vida, sino que la pone en riesgo.

También miro el campo político, porque Jordi Díez mostró, al estudiar la campaña nacional contra la homofobia en México, que los marcos de política pública son decisivos para traducir la lucha contra la discriminación en lenguajes de ciudadanía, salud y derechos (Díez 2010), lo cual me parece importante porque las iglesias suelen pedir que la discusión permanezca en el terreno de los valores, como si los valores no tuvieran consecuencias en leyes, presupuestos, registros, escuelas, hospitales y juzgados. Por ello sostengo que toda teología pública responsable debe admitir que la dignidad no se protege solamente con declaraciones pastorales, sino también con políticas que registren bien, investiguen, sancionen, eduquen, reparen, prevengan y que motiven a cambiar doctrinas.

...toda teología pública responsable debe admitir que la dignidad no se protege solamente con declaraciones pastorales, sino también con políticas que registren bien, investiguen, sancionen, eduquen, reparen, prevengan y que motiven a cambiar doctrinas...

No quiero dirigir toda la crítica hacia las iglesias abiertamente conservadoras, porque ese gesto sería demasiado fácil, demasiado cómodo e incluso tranquilizador, ya que permitiría a las comunidades que se nombran inclusivas o afirmativas colocarse rápidamente del lado correcto sin revisar sus propias prácticas; porque no basta con abrir las puertas si no modificamos la estructura de autoridad, no basta con colocar una bandera arcoíris en el altar si no revisamos la catequesis, no basta con invitar a personas LGBTIQ+ a cantar, leer o predicar si no las reconocemos como verdaderas sujetas teológicas, capaces de producir pensamiento, memoria y discernimiento comunitario, y no basta con bendecir una vida si no acompañamos su acceso a salud, seguridad, trabajo, duelo, nombre, vivienda y comunidad.

La inclusión simbólica puede volverse una forma sofisticada de administración progresista si no toca la materialidad de la existencia, porque incluir puede significar, todavía, que alguien conserva el poder de abrir o cerrar la puerta, de conceder presencia, de autorizar palabra y de permitir participación bajo condiciones. Por eso ya no me basta preguntar cómo incluir a las personas LGBTIQ+ en una casa ya construida; prefiero preguntar qué revelan esas vidas sobre la arquitectura de una casa que durante mucho tiempo llamó orden a su propia exclusión, y desde ahí me pregunto si las personas LGBTIQ+ no son invitadas tardías a una comunidad ajena, sino parte del pueblo que revela a la iglesia aquello que la iglesia no quiso ver de sí misma, así como me pregunto si las vidas trans no necesitan primero ser traducidas a una gramática eclesial para tener dignidad, sino que obligan a la iglesia a revisar la gramática con la que confundió creación con orden fijo, cuerpo con destino, diferencia con amenaza y santidad con domesticación.

La inclusión simbólica puede volverse una forma sofisticada de administración progresista si no toca la materialidad de la existencia, porque incluir puede significar, todavía, que alguien conserva el poder de abrir o cerrar la puerta, de conceder presencia, de autorizar palabra y de permitir participación bajo condiciones.

No creo que exista pastoral cristiana contra la LGBTIQfobia sin memoria del daño, y sé que esta afirmación incomoda, pero me parece necesaria, porque muchas iglesias quieren pasar directamente a la reconciliación sin atravesar la verdad; quieren abrazar sin reconocer que antes expulsaron, quieren decir “aquí todas las personas son bienvenidas” sin preguntar quiénes dejaron de venir porque ya no soportaban la humillación, quieren proclamar que Dios ama sin admitir que durante años ese amor fue presentado como una condición imposible, como si Dios amara solo si la persona cambiaba, callaba, no nombraba, no deseaba, no amaba o no hacía visible lo que era. Por eso afirmo que una pastoral sin memoria se convierte en sentimentalismo religioso, y que el sentimentalismo religioso, cuando evita la reparación, solo maquilla la herida.

En una celebración en la Ciudad de México
En una celebración en la Ciudad de México

Desde mi propia fe, no puedo separar este día de la imagen evangélica de los cuerpos tocados por Jesús cuando la sociedad ya había decidido que eran impuros, peligrosos o impropios, aunque esa memoria no debe romantizarse, porque Jesús no ofrecía únicamente consuelo privado, sino que interrumpía públicamente sistemas de clasificación; tocaba donde otras personas evitaban tocar, escuchaba donde otras imponían silencio, comía donde otras veían contaminación y reconocía fe donde las autoridades veían desorden. Por eso, si la iglesia quiere seguir diciendo que lo sigue, tendrá que preguntarse por qué tantas veces se ha parecido más a quienes vigilaban los límites que a quien los atravesaba para devolver vida.

Tampoco creo que baste con denunciar la violencia externa, porque la iglesia debe preguntarse por la violencia que administra internamente mediante liturgias, catequesis, documentos, bromas, silencios, requisitos de membresía, consejos pastorales y modelos familiares presentados como únicos, ya que hay muertes que ocurren lejos del templo, pero también hay heridas que comenzaron dentro de él. Hay expulsiones que no necesitaron actas, porque bastó una mirada, una predicación, una conversación de consejería, una oración de “liberación”, una promesa de cura, una amenaza sobre el infierno o una frase dicha con la serenidad de quien cree defender a Dios.

...ya que hay muertes que ocurren lejos del templo, pero también hay heridas que comenzaron dentro de él.

Por eso, cuando pienso en el 17 de mayo, no pienso en una celebración limpia, sino en los colectivos que han hecho el trabajo que muchas instituciones evitaron, en quienes registran asesinatos cuando el Estado no clasifica bien, en quienes corrigen nombres en notas periodísticas, en quienes acompañan velorios donde la familia elegida sostiene lo que la familia biológica niega, y en quienes han convertido el dolor en insistencia política. Pienso también en las personas creyentes LGBTIQ+ que no pidieron permiso para existir delante de Dios y que, con su sola permanencia, han construido una teología más honesta que muchos tratados.

No creo que se trate de sustituir una condena por una moda, como suelen decir algunos discursos reactivos, sino de volver a una cuestión elemental del cristianismo, porque el cuerpo herido del mundo no puede ser tratado como tema secundario. Cuando una mujer trans es asesinada, cuando una persona no binaria es ridiculizada, cuando un joven gay aprende que Dios lo rechaza, cuando una mujer lesbiana debe esconder su amor para conservar su comunidad, cuando una persona bisexual es borrada desde varios lados o cuando una persona intersex es sometida a intervenciones o silencios que niegan su historia corporal, las iglesias no pueden responder con abstracciones, sino que tiene que decidir de qué lado coloca su palabra.

Si el cristianismo quiere tener algo que decir, tendrá que hablar menos desde la defensa de su respetabilidad y más desde la responsabilidad por sus efectos, porque tendremos que admitir que no toda doctrina presentada como fidelidad produce vida, que no toda tradición merece ser conservada cuando su fruto es vergüenza y que no toda apelación a la verdad es evangélica si destruye a quienes debería cuidar. Además, tendremos que aprender que la dignidad no se concede pastoralmente, sino que se reconoce; que el nombre no se negocia, sino que se respeta; que el duelo no se administra, sino que se acompaña; y que el cuerpo no es un problema que resolver, sino una vida que custodiar.

Al final, el 17 de mayo me deja menos tranquilidad que tarea, porque no me interesa una iglesia que se limite a decir que no odia, ya que esa frase ya no alcanza. Me interesa una iglesia que revise a quién hizo llorar, a quién obligó a esconderse, a quién dejó sin lenguaje, a quién llamó amenaza, a quién no defendió cuando era necesario, a quién nombró tarde y a quién enterró sin reconocer su verdad. Me interesa una iglesia que entienda que la vida abundante no se predica de manera creíble si no se verifica en condiciones concretas de seguridad, salud, casa, palabra, comunidad, justicia y alegría. Contra la LGBTIQfobia no me basta con pronunciar una oración, aunque la oración pueda sostener, ni me basta con publicar un comunicado, aunque la palabra pública importe, ni me basta con abrir una puerta si la casa sigue organizada para que algunas personas entren pidiendo disculpas, porque lo que exijo, desde mi fe y desde mi propia responsabilidad eclesial, es conversión institucional, memoria honesta, reparación pastoral, compromiso político y una teología capaz de decir, sin rodeos, que ninguna doctrina merece ser defendida al precio de volver inhabitable la vida de quienes también llevan en su cuerpo la imagen de Dios.

Bibliografía

ANTRA. 2026. Dossiê: Assassinatos e violências contra travestis e transexuais brasileiras em 2025. Associação Nacional de Travestis e Transexuais.

Baruch-Domínguez, Ricardo, Juan Carlos Mendoza-Pérez, y Siobhan Guerrero Mc Manus. 2023. “Not One Step Backwards in Recognition of LGBT+ Rights.” Journal of the International AIDS Society 26 (5): e26087. https://doi.org/10.1002/jia2.26087.

Caribe Afirmativo. 2026. Colombia enfrenta una crisis estructural de violencia contra personas LGBTIQ+: una persona fue asesinada cada 32 horas en 2025. Caribe Afirmativo.

Díez, Jordi. 2010. “The Importance of Policy Frames in Contentious Politics: Mexico’s National Antihomophobia Campaign.” Latin American Research Review 45 (1): 33–54. https://doi.org/10.1353/lar.0.0091.

Drescher, Jack. 2015. “Out of DSM: Depathologizing Homosexuality.” Behavioral Sciences 5 (4): 565–575. https://doi.org/10.3390/bs5040565.

Poteat, Tonia C., y Stefan Baral. 2020. “Celebrating the Struggle against Homophobia, Transphobia and Biphobia as Central to Ending HIV Transmission by 2030.” Journal of the International AIDS Society 23 (5): e25532. https://doi.org/10.1002/jia2.25532.

Presentes. 2026. “México: registran 11 transfeminicidios desde que comenzó 2026.” Agencia Presentes, 4 de mayo de 2026.

TGEU. 2025. Trans Murder Monitoring 2025. Trans Europe and Central Asia.

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