Otra de mis #CUIRadasDominicales para este Domingo de la Ascensión
Amar cuando la presencia ya no cabe en las manos
Otra de mis #CUIRadasDominicales para este Domingo de la Ascensión
La Ascensión incomoda porque no permite resolver la despedida con una frase bonita. Jesús se va, y quienes lo aman tienen que aceptar que la presencia que les dio sentido ya no estará disponible bajo la forma que conocen y a la que se había acostumbrado. En ese sentido, no se trata solo de mirar al cielo, como si la escena pudiera reducirse a una imagen piadosa de elevación, sino de preguntarse qué hace una comunidad cuando aquello que la sostuvo deja de poder ser retenido. Ahí se juega una dimensión afectiva y política del texto, porque toda comunidad necesita preguntarse si ama de verdad aquello que la funda o si, en nombre de ese amor, termina convirtiéndolo en propiedad o, incluso, ídolo.
La Ascensión incomoda porque no permite resolver la despedida con una frase bonita.
Lucas 24,44–53 no presenta una ausencia cualquiera. Antes de separarse, Jesús abre la inteligencia de sus discípulas y discípulos, les permite releer lo vivido, les promete una fuerza, les pide esperar y se va bendiciendo. Ese orden importa, porque impide leer la partida como abandono; pero también evita una conclusión demasiado cómoda, ya que la bendición no borra la herida ni convierte la distancia en algo fácil. La comunidad no recibe una anestesia espiritual para no sentir, sino una forma de atravesar la separación sin quedar destruida por ella.
La tensión está precisamente ahí: no toda distancia destruye, pero tampoco toda ausencia debe ser espiritualizada. Hay separaciones que liberan y hay abandonos que dañan; hay silencios que permiten respirar y silencios que castigan; hay vínculos que cambian para seguir vivos y otros que usan el lenguaje del cambio para no hacerse responsables de lo que realizan. Por eso la Ascensión no sirve para justificar cualquier partida, ni para maquillar con palabras religiosas las heridas que dejan quienes se van sin cuidado. Sirve, más bien, para preguntar qué tipo de huella deja una presencia cuando se retira, qué responsabilidad permanece después de la despedida y qué formas de comunidad pueden nacer cuando el amor deja de confundirse con posesión.
a Ascensión no sirve para justificar cualquier partida, ni para maquillar con palabras religiosas las heridas que dejan quienes se van sin cuidado. Sirve, más bien, para preguntar qué tipo de huella deja una presencia cuando se retira...
Desde una perspectiva cuir, podemos leer cómo el texto cuestiona la idea de que lo verdadero debe permanecer intacto. Muchas vidas han tenido que cambiar de nombre, de casa, de iglesia, de lenguaje o de modo de amar para no quedar atrapadas en formas que las reducían. A veces permanecer es fidelidad; otras veces es obedecer a lo que asfixia. A veces cambiar duele; otras veces salva. Por eso no basta con defender la continuidad como si fuera siempre virtud, porque también existen continuidades que disciplinan, familias que capturan, iglesias que expulsan mientras hablan de amor y memorias que se vuelven cárcel cuando no permiten respirar.
La comunidad vuelve a Jerusalén con alegría, pero esa alegría no es ingenua. Algo terminó y algo quedó; algo duele y algo sostiene. No vuelven porque la pérdida haya dejado de importar, sino porque han recibido una bendición que les permite no quedar paralizadas y paralizados ante lo que ya no pueden retener. La Ascensión no enseña a negar la pérdida, sino a evitar de que se convierta la presencia en posesión. Amar, quizá, también sea aprender cuándo una presencia ya no cabe en nuestras manos sin ser reducida, y cuándo abrirlas no significa renunciar al vínculo, sino dejar que ese vínculo encuentre una forma más libre, más responsable y más verdadera de permanecer.
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