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No todo silencio es paz

Soy Enrique, #ReverendoCuir y les comparto otra de mis #CUIRadasDominicales. Se basa en Mt 10: 26-29

No todo silencio es paz
No todo silencio es paz

Quiero decir esto con cuidado, porque muchas veces hemos usado las palabras de Jesús como si fueran una orden lanzada desde lejos, como si “no teman” significara que el miedo no existe, que basta tener fe para hablar sin temblar o que toda persona herida debe volverse visible de inmediato para demostrar que entendió el evangelio; yo no leo así este texto, ni quiero predicarlo de esa manera, porque conozco demasiadas historias donde el silencio no nació de la mentira, sino de la necesidad de seguir viviendo.

Cuando escucho a Jesús decir “no teman”, no oigo un mandato frío contra quienes tienen razones para cuidarse, sino una voz que se acerca a quienes han respirado durante años dentro de una casa, una iglesia, una escuela o una familia donde cada palabra debía calcularse. Pienso en quienes aprendieron a cambiar el nombre de la persona amada, a esconder una foto, a medir el gesto, a decir “amistad” donde había amor, a guardar una parte de sí para no perder la mesa, el apellido, la bendición o esa pertenencia concedida solo si una acepta reducirse.

Por eso me parece decisivo que Jesús hable primero de lo que se dice en la oscuridad y de lo que se oye al oído. Antes de la azotea hay una palabra protegida; antes de la proclamación hay un susurro; antes del espacio público hay una vida tratando de no romperse. Eso me ayuda a no convertir el evangelio en violencia pastoral. Nadie tiene derecho a sacar a otra persona del clóset en nombre de Jesús, ni a pedirle exposición como si la valentía fuera barata, ni a usar su historia como prueba de coherencia, militancia o fe. Hay verdades que necesitan refugio, nombres que se ensayan en voz baja, cuerpos que primero tienen que dejar de pedirse perdón antes de respirar frente a otras personas.

Cuando escucho a Jesús decir “no teman”, no oigo un mandato frío contra quienes tienen razones para cuidarse, sino una voz que se acerca a quienes han respirado durante años dentro de una casa, una iglesia, una escuela o una familia donde cada palabra debía calcularse.

Pero también necesito decir la otra parte, porque el cuidado del susurro no puede transformarse en bendición del encierro. Una cosa es callar para proteger la vida cuando el riesgo es real, y otra muy distinta es que una familia, una comunidad o una iglesia llamen prudencia a lo que en realidad es control. Hay casas donde nadie grita y, sin embargo, alguien se apaga lentamente para que todo parezca en orden; hay afectos que abrazan con una mano y corrigen con la otra; hay vínculos que dicen “te quiero” mientras piden que la pareja no venga, que el cuerpo no incomode, que la historia no se nombre, que el amor se disfrace para no alterar la paz de quienes nunca tuvieron que esconderse.

A mí me parece que el evangelio entra justamente en esa habitación, no para romper por romper, ni para despreciar a la familia, ni para celebrar el conflicto como si fuera una virtud, sino para preguntarnos qué clase de paz estamos defendiendo. Si la tranquilidad de una casa depende de que alguien desaparezca por dentro, esa paz ya está herida. Si la unidad familiar necesita que una persona mutile su alegría, esa unidad se parece demasiado al miedo. Si la iglesia ofrece acompañamiento, proceso o comunión, pero solo mientras ciertos cuerpos no hablen demasiado alto, entonces no estamos ante prudencia evangélica, sino ante administración religiosa de la vergüenza.

Por eso me conmueve que, en medio de este discurso tan duro, aparezcan los gorriones. Jesús no habla de grandes símbolos de poder, sino de una vida pequeña, casi invisible, una existencia que podría caer sin que el mundo se detenga. Y, aun así, dice que ni uno cae fuera de Dios. Yo necesito escuchar esa imagen desde nuestros cuerpos concretos: cuerpos cuir, trans, maricas, migrantes, enfermos, empobrecidos, racializados, feminizados, expulsados, cuerpos convertidos demasiadas veces en problema, escándalo, cifra o tema incómodo. El evangelio dice que ninguna de esas vidas cae fuera de la memoria divina; que ninguna historia escondida es irrelevante para la Divinidad; que ningún cansancio acumulado queda perdido ante su ternura.

El evangelio dice que ninguna de esas vidas cae fuera de la memoria divina; que ninguna historia escondida es irrelevante para la Divinidad; que ningún cansancio acumulado queda perdido ante su ternura.

También por eso me preocupa la manera en que se ha usado la cruz. Se nos ha dicho demasiadas veces que cargarla significa aguantar, soportar, permanecer donde nos destruyen, aceptar la humillación como si fuera madurez espiritual. Yo no puedo predicar así. La cruz de Jesús no es resignación ante cualquier sufrimiento, sino el costo de vivir según el Reino en un mundo que prefiere la mentira cómoda, la familia intacta por fuera, la iglesia tranquila, el cuerpo disciplinado y la diversidad convertida en silencio. Tomar la cruz puede significar dejar de obedecer la vergüenza como si fuera destino; discernir cuándo callar para cuidarse y cuándo hablar para no morir por dentro; aceptar que quizá se pierda una aprobación que mantenía la vida encerrada, pero también se gane una verdad más respirable.

Tomar la cruz puede significar dejar de obedecer la vergüenza como si fuera destino; discernir cuándo callar para cuidarse y cuándo hablar para no morir por dentro...

Entonces, cuando Jesús dice que quien pierda su vida por causa de él la encontrará, yo no pienso en una invitación al sacrificio vacío, sino en esa pérdida difícil de las falsas seguridades: perder la paz que era miedo bien educado, perder la pertenencia que exigía mutilación, perder el amor condicionado que solo recibía una versión reducida de nosotrxs. No todo debe decirse hoy, no todo proceso necesita público, no toda verdad está obligada a subir ahora mismo a la azotea; pero sí creo que ninguna vida amada por la Divinidad nació para obedecer eternamente al miedo de otras personas.

Yo quisiera que esta palabra llegara, sobre todo, a quien todavía habla bajito. No para empujarle, no para exigirle nada, no para medir su dignidad por el volumen de su voz, sino para recordarle que Dios no desprecia su ritmo ni abandona su deseo de vivir con más aire. Si hoy solo puedes susurrar, que ese susurro sea cuidado; si mañana puedes abrir una ventana, que haya comunidad cerca; si algún día la azotea llega, que no sea espectáculo, sino resurrección. Porque lo que la Divinidad dice sobre nuestros cuerpos heridos —que valen, que cuentan, que no están fuera de su amor— merece, cuando llegue su hora, luz, mesa y descanso.

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