León XIV y el viejo anticlericalismo ibérico
"Los diputados que se ausentaron del Congreso para no oír a Robert Prevost son la faz de ese vetusto e irracional anticlericalismo que en el pasado ha inspirado execrables actos de violencia"
La visita de León XIV a España nos ha dejado imágenes singulares, como los aplausos de Santiago Abascal a un discurso que contradice vigorosamente sus propuestas xenófobas a favor de la “remigración” (horrible neologismo) y su ultraliberalismo económico, y, en el otro extremo del arco parlamentario, la ausencia de los cuatro diputados de Podemos y el diputado del BNG. Abascal es la cara del viejo nacionalcatolicismo, que explota selectivamente aspectos del mensaje cristiano para fundamentar sus posiciones profundamente opuestas a las enseñanzas del Evangelio. Los diputados que se ausentaron del Congreso para no oír a Robert Prevost son la faz de ese vetusto e irracional anticlericalismo que en el pasado ha inspirado execrables actos de violencia. Aunque algún descerebrado ha pintarrajeado en muros o escrito en las redes sociales el lema “Arderéis como en el 36”, sé que ni Podemos ni el BNG fantasean con algo semejante, pero su hostilidad hacia el legado cristiano y la Iglesia como institución nace de los mismos tópicos que han propiciado explosiones de intolerancia.
Ciertamente, la Iglesia Católica acumuló poder y privilegios durante mucho tiempo y hasta la encíclica Rerum Novarum de León XIII se opuso a los cambios sociales y políticos, pero algunas órdenes religiosas y varios sacerdotes y laicos realizaron una gran labor social. Es el caso del padre Pedro Poveda, que representó una excepción muy destacada frente paternalismo caritativo de la Iglesia tradicional. Poveda consideró que las limosnas eran insuficientes y planteó como alternativas la educación y la promoción de la mujer para construir una sociedad más justa y libre. En 1902, Poveda se instaló el barrio marginal de las Cuevas de Guadix (Granada), donde vivían braceros y familias en condiciones de extrema pobreza. No se limitó a proporcionar auxilio material. Fundó las Escuelas del Sagrado Corazón, con comedores y talleres de oficios para dignificar a una población totalmente olvidada por el Estado. Además, comprendió que las mujeres, mayoritariamente analfabetas, podían desempeñar una papel esencial en la transformación de España. De ahí que creara en 1911 la Institución Teresiana, una asociación orientada a la formación de maestras y educadoras altamente cualificadas. Su objetivo no era el adoctrinamiento, sino el progreso social mediante la educación y la cultura. Poveda alentó el acceso de las mujeres a los estudios universitarios y promovió la idea de que la fe y la ciencia no era incompatibles, dos ideas que chocaban con la mentalidad de los católicos más inmovilistas. La gran labor social y pedagógica de Pedro Poveda no le libró de la violencia de las milicias anarquistas. El 28 de julio de 1936 fue fusilado extrajudicialmente por voluntarios de la FAI en las tapias del Cementerio del Este.
Victoria Díez, colaboradora y amiga del padre Poveda, sufrió un destino similar. Maestra del pueblo de Hornachuelos, Córdoba, utilizó métodos innovadores para combatir el absentismo de los niños de las familias más pobres: excursiones al campo y a ciudades como Córdoba y Sevilla, clases de gimnasia rítmica, clases de canto y pintura. Además, creó una biblioteca y organizó cursos nocturnos para mujeres trabajadoras. La ayuda que prestó a las familias más vulnerables le atrajo la simpatía de todo el pueblo y permitió que trabajara indistintamente con ayuntamientos de izquierdas y de derechas. Un grupo de milicianos anarquistas venidos de fuera la fusiló junto a diecisiete hombres y arrojó sus cuerpos a la boca de la Mina del Rincón. Victoria contempló la ejecución de sus compañeros de infortunio y fue la última en ser abatida a balazos.
Desgraciadamente, tampoco faltaron sacerdotes que colaboraron con la represión franquista, como el padre Rodríguez, conocido popularmente por los testimonios de los presos como el «cura verdugo»
No son casos aislados. Los hermanos Juan y Demetrio de Andrés García, dos maestros católicos, fundaron la primera escuela para niños necesitados en el modesto barrio de La Ventilla, en el norte de Madrid, pero una vez más milicianos de la FAI acabaron con sus vidas, arrojando sus cadáveres a la carretera de Colmenar Viejo. Desgraciadamente, tampoco faltaron sacerdotes que colaboraron con la represión franquista, como el padre Rodríguez, conocido popularmente por los testimonios de los presos como el «cura verdugo» o el «cura asesino» del Penal de Ocaña (Toledo). Según el preso político Victorino F., el capellán de la cárcel llevaba un pistolón debajo de la sotana, presenciaba los fusilamientos y muchas veces se encargaba de dar el tiro de gracia. En las misas, solía repetir que los rojos no tenían derecho a nada, salvo a los centímetros de tierra que se necesitaban para enterrarlos. La connivencia entre el régimen franquista y la Iglesia Católica comenzó a resquebrajarse después del Concilio Vaticano II. A finales de los 60, surgió el fenómeno de los curas obreros y los curas rojos. La dictadura respondió al desafío construyendo una cárcel en Zamora para internar a los sacerdotes desafectos. La prisión albergaría a 120 curas entre 1968 y 1976. Esos sacerdotes contribuyeron de forma muy significativa a la democratización del país, prestando sus parroquias a partidos y sindicatos clandestinos para sus reuniones. Ese hecho debería haber desactivado temporalmente el viejo anticlericalismo, pero el invierno eclesial provocado por los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI reavivó la aversión a la Iglesia.
La izquierda española saludó con simpatía a Francisco y ha elogiado las palabras de León XIV a favor de los inmigrantes y contra el belicismo de Trump, pero algunas de sus voces más estridentes han criticado ferozmente su comparecencia en el Congreso de los Diputados. No se trata de un hecho excepcional. Francisco habló en el Parlamento Europeo y en el Congreso de Estados Unidos. Y Benedicto XVI intervino en el Bundestag y el Westminster Hall. En esa ocasión, nadie dijo que ceder la palabra al Papa era como concedérsela a un ayatolá. Ciertamente, el Vaticano es una teocracia, pero el Papa no utiliza su poder para violar sistemáticamente los derechos humanos, como sucede en la teocracia iraní. Aunque el Vaticano no funcione democráticamente, la Iglesia Católica sostiene que la democracia es el sistema idóneo para garantizar la participación ciudadana, el bien común y la alternancia pacífica en el poder. El exiguo territorio de la Ciudad del Vaticano (0’44 kilómetros cuadrados con 500 habitantes) existe para garantizar jurídicamente la independencia de la Iglesia Católica frente a cualquier gobierno extranjero. La ciudadanía vaticana no se hereda por sangre ni se adquiere por suelo. Solo se otorga temporalmente por razones de trabajo o cargo eclesiástico y se extingue de forma automática cuando cesa la función laboral. La analogía con los regímenes teocráticos autoritarios es totalmente inapropiada.
Durante su intervención en el Congreso de los Diputados de España, León XIV ha criticado la colonización de América, ha reconocido la necesidad de la separación entre Iglesia y Estado, ha defendido el multilateralismo y la paz, ha pedido un trato justo y solidario con los inmigrantes, ha advertido sobre los riesgos del tecnofeudalismo, ha exaltado la libertad de pensamiento y ha criticado la descalificación permanente del adversario. En otras intervenciones, ha abogado por los derechos de los más vulnerables, ha hablado del dolor del desarraigo, ha reclamado leyes con un rostro humano y más inversión en cultura y educación. En definitiva, ha continuado la línea de Francisco, apostando por la cultura del encuentro, la humildad compartida y la opción preferencial por los pobres. Entiendo y respeto el escepticismo religioso de los diputados de Podemos y el BNG, pero considero que su condición de representantes de la soberanía popular les obliga a estar abiertos al diálogo. Escuchar a alguien no significa compartir sus opiniones. El discurso de León XIV no es antidemocrático y no promueve el odio. Sus opiniones sobre el aborto y la eutanasia son cuestionables, pero no atentan contra la dignidad humana. Se trata de dos temas polémicos y con muchos matices donde siempre es complicado adoptar una perspectiva tajante. El debate moral sobre estas cuestiones forma parte del juego democrático, como las discusiones sobre la libertad, la seguridad y la educación.
Nelson Mandela evitó una guerra civil en Sudáfrica dialogando con sus adversarios. El exjefe de las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica y líder de las milicias de la extrema derecha blanca, el general Constand Viljoen, preparaba una campaña de sangrientos atentados para descarrilar la transición hacia un futuro sin apartheid. Con un ejército de 100.000 combatientes con experiencia militar, se había dispuesto incendiar el país, pero Mandela insistió en entrevistarse con él. Viljoen aceptó a regañadientes. Sin embargo, un par de horas fueron suficientes para que Mandela le convenciera de que la nueva Sudáfrica no constituiría un peligro para la comunidad afrikáner. La conversación discurrió en el idioma de los Boers que el líder del ANC había aprendido durante sus 27 años de reclusión. Mandela había estudiado la historia de los colonos holandeses y destacó sus aportaciones al desarrollo de Sudáfrica. Impresionado por su inteligencia, cordialidad y autoridad moral, Viljoen canceló la sublevación que había organizado con tanto esmero. Meses después, cuando Mandela ya era presidente y el general diputado, se estrecharon la mano ante las cámaras. Cuando una voz animó Viljoen a abrazar a Madiba, contestó: “Soy militar y debo respeto a mi presidente”. En una conversación con John Carlin, el general declaró: “Mandela es grande entre los grandes”.
Mandela también desarmó con la palabra a otro de sus grandes adversarios, Mangosuthu Buthelezi, líder del Partido de la Libertad Inkatha, una poderosa organización que representaba los intereses de los zulúes. Buthelezi, que mantenía una estrecha alianza con el gobierno racista, se oponía al apartheid por miedo a perder privilegios. Durante los cuatro años posteriores a la liberación de Mandela, 20.000 militantes o simpatizantes del ANC murieron en ataques ejecutados por los milicianos de Inkatha. Frente a los deseos de venganza de sus partidarios, Mandela prefirió buscar una salida negociada. Se reunió con Buthelezi y le prometió el cargo de Ministro del Interior, asegurándole que no adoptaría represalias contra los zulúes cuando ocupara la presidencia. Las matanzas finalizaron de inmediato y Sudáfrica pudo celebrar por primera vez unas elecciones verdaderamente democráticas.
León XIV ha subrayado en sus intervenciones en España la necesidad del diálogo para resolver los conflictos. Despreciar esa posibilidad negándose a reconocerle como interlocutor es un gravísimo error político. En nuestro país, muchos votantes de izquierdas se declaran católicos. Ojalá recapaciten los diputados que se han ausentado del hemiciclo y entiendan que lo más ético no es protagonizar un desplante, sino seguir el ejemplo de Mandela, cuya bonhomía y flexibilidad llegó al extremo de invitar a su residencia para compartir una comida al fiscal que había solicitado su ejecución durante el famoso juicio donde afirmó con voz serena: “He luchado contra la dominación blanca, y he luchado contra la dominación negra. He abogado por el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y deseo alcanzar. Pero, si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.