León XIV y MAGA: las raíces no levantan muros
Frente a una visión que encuentra en Europa un ejemplo de decadencia civilizatoria, León XIV encuentra una historia capaz de ofrecer todavía una tarea. Las raíces dan profundidad a la identidad; la responsabilidad le da futuro. La verdadera vitalidad de una tradición se mide por aquello que todavía es capaz de generar cuando pasa de la memoria a la acción.
El 28 de septiembre de 2026 coincidieron dos textos sobre Europa de naturaleza muy distinta. The Economist publicó “Why MAGA hates and loves Europe” —“Por qué el movimiento MAGA odia y ama a Europa”— , con el subtítulo “Three big reasons explain the New Right’s hostility to Europeans” —“Tres grandes razones explican la hostilidad de la Nueva Derecha hacia los europeos”—. Ese mismo día, en Metz, León XIV pronunció su discurso «A las raíces de Europa por la paz y la unidad». No existe una relación directa entre ambos. Pero su coincidencia permite una comparación reveladora. Los dos parten de una Europa en crisis. Los dos hablan de identidad, cristianismo y futuro. Sin embargo, utilizan de manera muy distinta la memoria europea. El artículo de The Economist describe una corriente que mira el pasado para explicar lo que Europa habría perdido. León XIV mira ese mismo pasado para preguntarse qué puede todavía construir Europa.
The Economist identifica tres motivos principales en la hostilidad de la nueva derecha estadounidense hacia Europa. El primero es geopolítico: Estados Unidos debería reducir la carga que soporta en la defensa europea. El segundo es cultural: la secularización, la inmigración y determinados cambios sociales son interpretados como síntomas de una pérdida de identidad occidental. El tercero es económico y regulatorio: la Unión Europea aparece como una estructura capaz de limitar los intereses de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses. Son conflictos diferentes, pero convergen en una misma representación. Europa sería demasiado dependiente en materia de seguridad, demasiado permisiva en materia cultural y demasiado intervencionista en materia económica.
La tesis se vuelve más interesante cuando el artículo señala la relación ambivalente de la nueva derecha con Europa. Habla de una “complicated love-hate relationship to Europe”. La expresión explica una paradoja real. Europa es presentada como decadente, pero sigue siendo necesaria como fuente de la tradición occidental que esos sectores quieren preservar. Se admira su herencia y se cuestiona su presente. Se reivindica su cristianismo y se denuncia su secularización. Se habla de Occidente mientras se acusa a una parte esencial de Occidente de haber traicionado sus propias raíces.
La expresión “civilisational erasure” —“borrado civilizatorio”— resume esta interpretación. El cambio europeo deja de analizarse como una suma de procesos sociales y políticos. Se convierte en una amenaza contra la continuidad de una civilización. La inmigración musulmana, la secularización y el progresismo quedan integrados en un mismo relato. El artículo de The Economist cuestiona esa representación al señalar la distancia entre algunas imágenes difundidas por la nueva derecha y la complejidad de la realidad europea. La cuestión consiste en distinguir entre una discusión política concreta y una narración de decadencia civilizatoria.
Esa distinción importa porque, cuando el conflicto político se formula como supervivencia cultural, cambia también la función de la identidad. Ya no basta con defender determinadas políticas. Se necesita delimitar quién pertenece a la comunidad y quién la amenaza. El extranjero, el musulmán, el secularista o el defensor de determinadas políticas sociales pueden terminar convertidos en figuras de una misma amenaza. La identidad deja entonces de ser una memoria compartida y se convierte en una frontera.
León XIV parte de una concepción diferente de las raíces europeas. En Metz afirmó que «no se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo». La frase podría haber conducido a una lectura identitaria. Inmediatamente, sin embargo, vinculó esa herencia con la dignidad de toda persona y con la tradición política de Robert Schuman. La referencia permite entender qué clase de cristianismo europeo está reivindicando: una tradición que reconoce la igualdad humana y puede contribuir, desde ella, a una concepción universal de la política.
El argumento de León XIV se apoya en una lectura histórica de Europa. El continente no nació como una comunidad homogénea. Su identidad se formó mediante sucesivos encuentros entre pueblos, culturas y tradiciones. El cristianismo fue una de sus fuerzas configuradoras y actuó dentro de un proceso histórico más amplio. Recordar las raíces significa comprender las fuentes de algunos de los principios que Europa ha desarrollado: dignidad humana, educación, solidaridad, derecho y búsqueda de la paz.
Esta concepción permite entender su posición ante la inmigración. En París, la visita a la Maison Bakhita puso el acento en la acogida y la integración. En Metz, León XIV habló de vías legales y seguras, cooperación internacional y auténticos procesos de integración. La cuestión se sitúa así en un terreno más amplio: ¿cómo puede una sociedad recibir a personas procedentes de otras culturas preservando su cohesión y reconociendo la dignidad de quienes llegan?
La respuesta exige una integración real. Una sociedad necesita instituciones capaces de integrar, normas capaces de ordenar la convivencia y una cultura común suficientemente sólida para que la diversidad no produzca fragmentación. La identidad europea se expresa entonces como una capacidad de convivencia.
La misma lógica aparece en su tratamiento de la secularización. Frente a la imagen de Europa como advertencia para una América que teme perder sus referencias cristianas, León XIV habla de una «justa laicidad» (Discurso, 25 de septiembre). Defiende la autonomía de las instituciones y, al mismo tiempo, el derecho de las comunidades religiosas a participar en la vida social. Para la Iglesia, esto supone aceptar una sociedad plural. Para el Estado, reconocer que las convicciones religiosas forman parte de esa pluralidad.
Esta posición modifica la relación entre cristianismo y política. Si el cristianismo depende de la hegemonía cultural, su pérdida de influencia se convierte en una experiencia de decadencia. Si puede actuar en una sociedad plural mediante el testimonio, la argumentación y el servicio, la secularización se convierte también en el contexto en el que la fe debe mostrar qué puede ofrecer sin recurrir al poder.
La referencia a Robert Schuman lleva el argumento hasta la política europea. León XIV recuerda una generación que aprendió de las guerras que la soberanía nacional, sin mecanismos de cooperación, podía convertirse en una fuente de conflicto. La integración europea nació de una decisión concreta: transformar la relación entre antiguos enemigos. La unidad no significó eliminar las naciones. Significó impedir que sus rivalidades volvieran a conducir a la guerra. De ahí la importancia que León XIV concede al derecho internacional y al multilateralismo como instrumentos frente a la dominación.
En este punto aparece una diferencia significativa con el realismo geopolítico descrito por The Economist. La nueva derecha estadounidense cuestiona compromisos internacionales y reclama que Europa asuma más responsabilidades. León XIV sitúa la cuestión en otro nivel: la paz europea necesita estructuras de cooperación capaces de ordenar los intereses nacionales dentro de un marco común.
Por eso su idea de Europa tampoco es una defensa romántica de la Unión Europea. El Papa agustino reconoce las dificultades del proyecto europeo y las tensiones que atraviesan el continente. Su punto de referencia es más profundo: la experiencia europea conserva sentido cuando mantiene viva la voluntad de resolver los conflictos mediante el derecho, la negociación y la cooperación. La integración adquiere valor por aquello que construye y por aquello que evita.
Aquí se encuentra la diferencia fundamental entre los dos textos. The Economist describe una corriente que convierte Europa en un caso ejemplar de decadencia. León XIV convierte la historia europea en un argumento de responsabilidad. En un relato, el pasado sirve para identificar lo perdido y justificar una reacción. En el otro, sirve para recordar lo que las generaciones anteriores aprendieron a un precio enorme.
La diferencia puede resumirse en el significado de la palabra «raíces». Para la visión identitaria, proporcionan continuidad y protección. Para León XIV, proporcionan también obligaciones. Una tradición cristiana que habla de dignidad debe traducirla en una determinada relación con el extranjero. Una Europa que apuesta por la paz debe valorar el derecho internacional. Una sociedad que defiende la libertad religiosa debe aceptar el pluralismo. Una civilización que reivindica sus raíces debe ser capaz de explicar qué valores de esas raíces siguen siendo válidos para todos.
Esto sitúa al cristianismo ante una cuestión decisiva. Europa ya no es una sociedad cristiana en el sentido tradicional. La Iglesia tampoco ocupa la posición cultural de otras épocas. Su tarea consiste en asumir una presencia diferente: dialogar con una sociedad secular, defender la dignidad humana y participar en la construcción del bien común sin confundir evangelización y poder político.
Desde esta perspectiva, la coincidencia del 28 de septiembre adquiere un significado especial. The Economist pregunta por qué MAGA “hates and loves Europe”. León XIV habla de las raíces de Europa «por la paz y la unidad». Ambos reconocen la importancia de la tradición. La diferencia está en el uso que hacen de ella.
Una tradición puede convertirse en una identidad defensiva. También puede convertirse en una fuente de responsabilidad. Europa puede ser presentada como una civilización que necesita protegerse del mundo. También puede ser comprendida como una experiencia histórica capaz de aportar algo al mundo. El primer enfoque encuentra su energía en la amenaza. El segundo, en la memoria y en la responsabilidad.
La cuestión final consiste en determinar qué significa recuperar las raíces de Europa. El pasado adquiere sentido cuando ilumina el presente y ayuda a abrir caminos hacia el futuro. Las raíces no están para levantar muros, delimitar identidades excluyentes o convertir la pertenencia en privilegio, sino para alimentar una sociedad abierta, capaz de integrar la diversidad, defender la dignidad humana y construir la paz mediante el derecho y la cooperación.
Esta es la dirección que toma el magisterio de León XIV. Su lectura de Europa parte de sus crisis —la secularización, las migraciones, la fragmentación política, las guerras y la pérdida de confianza— y busca en su historia los recursos para afrontarlas. Frente a una concepción de las raíces que las convierte en frontera y de la identidad que se afirma excluyendo al diferente, propone recuperar una herencia capaz de generar responsabilidad y compromiso. La tradición cristiana no se reduce a una seña de identidad cultural ni puede convertirse en instrumento de confrontación política: es una fuente de responsabilidad hacia la persona, hacia el extranjero, hacia la paz y hacia el bien común.
Recuperar las raíces de Europa significa, por tanto, reconocer aquello que la ha configurado sin quedar prisioneros de una imagen idealizada del pasado. Significa comprender que una tradición permanece viva cuando ofrece respuestas a los desafíos del presente, no cuando se utiliza para cerrar el paso a quienes llegan de fuera. Las raíces nutren; no cercan. Sostienen una identidad, pero no justifican la exclusión. Porque una Europa fiel a sus raíces no necesita levantar muros para reconocerse: necesita hacer de su herencia una razón para acoger, dialogar y construir un futuro compartido.
En este punto, el contraste con The Economist resulta especialmente fecundo. Frente a una visión que encuentra en Europa un ejemplo de decadencia civilizatoria, León XIV encuentra una historia capaz de ofrecer todavía una tarea. Las raíces dan profundidad a la identidad; la responsabilidad le da futuro. La verdadera vitalidad de una tradición se mide por aquello que todavía es capaz de generar cuando pasa de la memoria a la acción.