Defender al Papa de los ataques del nuevo galicanismo imperial
La principal amenaza para la Iglesia es el extremismo ideológico que usa la fe para sus fines mundanos
El pontificado de Francisco destacó sobre todo por poner el acento en la misericordia, clave de cualquier vida cristiana. Ya podemos darnos golpes de pecho, adorar sin descanso, que si no tenemos amor, caridad y empatía, nuestra fe cae en el vacío. De hecho, seremos juzgados por nuestro trato para con nuestro hermano. Porque en él se hace visible el rostro de Cristo. Nuestra fe se incardina en una adhesión personal. Es decir, el cristianismo se resume en una palabra: Cristo, y esto tiene consecuencias.
Es cierto, en este sentido, que nuestra religión no es una mera religión del amor —derivado en todo caso de nuestra fe en Cristo—, como muchas veces nos reprochan los guardianes de la fe, pero también hay que advertirles a estos que el cristianismo tampoco es una religión de la condena. ¿Quién soy yo para condenar? Todavía resuenan las palabras de Francisco en sus primeros vuelos, en esta pregunta tan didáctica respecto del colectivo LGTBI.
Vale la pena recordarlo al año de su fallecimiento, porque vanos resultan los intentos de establecer contrastes con el actual papa León. Todavía no hemos entendido que, como nos enseña San Pablo, en la Iglesia hay diversidad de carismas, ministerios y actuaciones, pero un mismo Espíritu, un mismo Señor, un mismo Dios que obra todo en todos. La Iglesia, comunidad de fe, esperanza y caridad, es plural, con diversidad de miembros, con sus pareceres y sensibilidades, unidos en este cuerpo cuya cabeza es Cristo. Nadie sobra, porque si uno sufre, sufrimos todos, y si uno es honrado, gozamos todos.
Nací con Juan Pablo II, y hasta León XIV, todos ellos han servido a la Iglesia desde su particular carisma y su supremo ministerio petrino, con un magisterio muy valioso para el anuncio del Evangelio en el mundo de hoy. Juan Pablo II destacó por su misión en la nueva evangelización, por su defensa inquebrantable de la fe ante el ateísmo institucionalizado pero también por su denuncia profética contra el capitalismo voraz. Al filósofo y deportista, le sucedió el Papa teólogo y humanista. Benedicto XVI aunó como nadie fe y razón, cuidó la liturgia y fue audaz con una renuncia que hizo posible la elección de Francisco.
León XIV inició hace un año su pontificado con un fuerte compromiso para cualquier cristiano, que consiste en “desaparecer para que permanezca Cristo”. Una interpelacion directa a una sociedad saturada de egos. Por eso, su protagonismo involuntario contra el belicoso Trump es fruto de la fuerza evangélica para que crezcan los frutos de la paz de Cristo.
En este sentido, León no se ha convertido en un Papa anti-Trump, sino que Trump ha optado por dar rienda suelta a las fuerzas contrarias al dulce Cristo en la tierra, según la famosa expresión de Santa Catalina de Siena. Una santa valiente que defendió el retorno a Roma de Gregorio XI del cautiverio babilónico en Aviñón y que hoy nos sirve de ejemplo para defender al Papa de los ataques del neogalicanismo imperial, aunque sito en América. El galicanismo, caracterizado por su voluntad de someter la Iglesia al Estado francés, ha migrado a Estados Unidos bajo el ropaje del universo MAGA.
Juan XXIII tuvo que lidiar con la crisis de los misiles y una Guerra Fría que dividió al mundo. Y que siguió con Pablo VI como papa que consolidó las reformas del Vaticano II, desde un humanismo integral. Hoy, León XIV se ha erigido en el papa de la paz, frente a los señores de esta tercera guerra mundial a pedazos, denunciada por Francisco. El sumo pontífice sigue el hilo conductor del magisterio de la Iglesia y del propio Evangelio. También en materia migratoria, pues siempre la Iglesia defendió el derecho a emigrar y el derecho a no emigrar en un mundo más equilibrado.
Por eso, no hay aquí ningún cambio de paradigma ante un supuesto modelo migracionista, como se afanan algunos en señalar. Al contrario, signos evangélicos son la acogida y el reconocimiento de la dignidad del extranjero, frente al discurso del odio, desgraciadamente cada vez más extendido en el espectro político conservador.
En este contexto, la principal amenaza para la Iglesia de hoy ya no es un comunismo derruido con la caída del muro de Berlín, sino el autoritarismo político y el extremismo ideológico que usa la fe para sus fines mundanos. Uno de sus principales movimientos es el Neoreaccionarismo, basado en la destrucción de la democracia y el domino técnico totalitario bajo una República Tecnológica. Su coartada religiosa es la denominada teología de la prosperidad para justificar el enriquecimiento injusto de unos pocos.
A este uso espurio de la religión lo llaman algunos teóricos cristoneofascismo, o simplemente tecnofascismo. Curiosamente, la preocupación por la venida del Anticristo de empresarios incardinados en este movimiento, como Peter Thiel, proyecta en su ideología la presencia de un antricristo cuyos signos son la idolatría del dinero, la deshumanización del diferente y la sustitución de Dios por el emperador yanqui o el CEO de su nueva Catedral. Ya se sabe que el mal suele vestirse de ángel de luz.