Última hora:
Operación al Papa

La seguridad de las certezas: cuando la rigidez nos protege de nuestras propias preguntas

La rigidez no se manifiesta únicamente en aquello que hacemos, sino también en nuestra manera de relacionarnos con aquello que es diferente de nosotros.

Hace unos días leí en Religión Digital el artículo de Carla Pérez Sosa, “La histeria litúrgica: ¿Estamos formando sacerdotes para servir al altar o para ocuparlo?” https://www.religiondigital.org/opinion/histeria-liturgica-formando-sacerdotes-servir_1_1469285.html

Su lectura me suscitó una pregunta que quisiera explorar desde otra perspectiva, más allá de las valoraciones concretas sobre las formas de celebrar la liturgia, y es, ¿qué nos sucede cuando aquello que consideramos verdadero o valioso se encuentra con alguien que lo vive, lo piensa o lo expresa de otra manera? 

No siempre vivimos el cuestionamiento de una idea como un simple desacuerdo intelectual. Cuando una convicción está estrechamente ligada a nuestra identidad, ponerla en cuestión puede hacernos sentir que también se cuestiona una parte de nosotros mismos. No se tambalea solamente una idea: puede tambalearse la imagen que tenemos de quiénes somos y el lugar que sentimos ocupar ante los demás.  En esas circunstancias, defender la convicción puede convertirse también en una forma de protegernos de la inseguridad que nos produce revisarla.

La rigidez no se manifiesta únicamente en aquello que hacemos, sino también en nuestra manera de relacionarnos con aquello que es diferente de nosotros. Puede aparecer cuando necesitamos que el otro piense como nosotros, comparta nuestra manera de entender las cosas o confirme aquello en lo que creemos para sentirnos seguros. Cuando nuestras convicciones están estrechamente ligadas a nuestra identidad, la diferencia puede dejar de vivirse como una posibilidad de encuentro y comenzar a experimentarse como una amenaza. Escuchar al otro implica entonces tolerar cierta incertidumbre: aceptar que puede haber algo que no habíamos considerado, que nuestra mirada puede ser incompleta o que podemos mantener una convicción sin necesidad de que el otro la comparta.

Y al ser rígidos, rápidamente cerramos esa incertidumbre. Nos lleva a simplificar, a polarizar y, a veces, a situarnos en un “o esto o aquello”, o “conmigo o contra mí”, que dificulta reconocer matices. Y puede suceder en cualquier ámbito de nuestra vida: en la familia, en la Iglesia, en la educación, en nuestras relaciones, en nuestra manera de entender la autoridad o incluso en nuestras propias convicciones.

En esto se manifiesta nuestra incapacidad para convivir con quien piensa diferente. El otro no está para confirmar permanentemente nuestra manera de ver el mundo. El otro es otro. Tiene una historia distinta, una sensibilidad diferente, otra forma de interpretar y de expresar aquello que considera valioso y relacionarnos supone encontrarnos con esa alteridad.

Una relación sana no exige que el otro sea igual a nosotros para poder permanecer cerca, sino que consiste precisamente en poder permanecer en relación sin necesitar eliminar la diferencia. 

Cuando alguien cuestiona nuestra manera de actuar, podemos escuchar, reflexionar y explicar nuestras razones. La posibilidad de integrar algo del otro no significa siempre abandonar nuestra posición. A veces significa enriquecerla, matizarla o hacerla más consciente. Merece la pena preguntarnos qué nos sucede cuando necesitamos demostrar constantemente que tenemos razón o que nuestra manera de hacer las cosas es la correcta.

Formar para la relación y para la libertad

Formar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, normas y prácticas. También implica acompañar a la persona en el desarrollo de su madurez afectiva, su capacidad de discernimiento y su manera de relacionarse con la autoridad, con los demás y consigo misma. Por eso la formación debería ayudar no solo a aprender una tradición, sino también a aprender a relacionarse con quien vive esa tradición de otra manera. La singularidad no debe confundirse con la uniformidad, ni la unidad tampoco debe exigir que todos pensemos, sintamos o expresemos exactamente igual.

Esto exige también a que quienes forman en la vida religiosa, puedan preguntarse por sus propias necesidades de control, reconocimiento y seguridad. Porque no es posible acompañar a otro en el reconocimiento de su mundo interior si uno no está dispuesto a examinar el propio. Todos podemos empezar a prestar atención en dónde nos volvemos rígidos y qué diferencias nos cuesta aceptar, haciendo un recorrido personal indagando: ¿Qué sucede en mí cuando el otro no piensa, no siente o no vive las cosas como yo? ¿Puedo escucharlo sin necesitar corregirlo inmediatamente? ¿Puedo aceptar una diferencia sin sentir amenazada mi identidad? ¿Puedo incorporar algo de su mirada sin sentir que traiciono la mía? ¿Puedo revisar una conducta sin vivirlo como una derrota?

Porque la rigidez no comienza o se expresa solo en ser fieles a una tradición. Puede comenzar en pequeñas experiencias cotidianas, con el prójimo. En nuestras relaciones mutuas, comunitarias. Y es importante que aprendamos integrar realidades que no son necesariamente opuestas, aprendiendo a escuchar, discernir y si cuadra, matizar nuestra visión, o incluso un paso más, transformarla.

Y todo esto no solo es en el plano de los vínculos humanos, sino también en nuestra relación con Dios.  Porque podemos creer que nos estamos relacionando con Él y solo nos mantenemos en nuestras propias ideas, seguridades y modos de hacer, dejando poco espacio para que su misterio nos desinstale, nos cuestione. Esto nos impide la relación: permanecer disponibles ante un Dios que no siempre confirma nuestras certezas, sino que muchas veces nos invita a trascenderlas.

Lo último

stats