Importancia social del perdón
Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas. Al contrario, si uno perdona es precisamente para destruir, de alguna manera, la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse
Una de las tareas más urgentes de la Iglesia de hoy y de siempre es conseguir que la fe llegue a los hombres como «buena noticia».
No es fácil escuchar la llamada de Jesús al perdón ni sacar todas las implicaciones que puede tener el aceptar que un hombre es más humano cuando perdona que cuando se venga.
Sin duda hay que entender bien el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al contrario, si uno perdona es precisamente para destruir, de alguna manera, la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro.
En la dinámica del perdón hay un esfuerzo por superar el mal con el bien. El perdón es un gesto que cambia cualitativamente las relaciones entre las personas y busca plantearse la convivencia futura de manera nueva. Por eso el perdón no ha de ser solo una exigencia individual, sino que debería tener una traducción social.
La sociedad no debe dejar abandonado a ningún hombre, ni siquiera al culpable. Toda persona tiene derecho a ser amada. No podemos aceptar que la represión penal solo «devuelva mal por mal» al encarcelado, hundiéndolo en su delito, degradando su existencia e impidiendo su verdadera rehabilitación.
El gran jurista G. Radbruch entiende que el castigo como imposición del mal por el mal ha de ir desapareciendo para convertirse, en lo posible, en «estímulo para saldar el mal con el bien, único modo en que puede ejercerse en la tierra una justicia que no empeora a esta, sino que la transforma en un mundo mejor».
No existe justificación alguna para actuar de manera vejatoria o injusta con ningún encarcelado, sea delincuente común o político. Nunca avanzaremos hacia una sociedad más humana si no abandonamos posturas de represalia, odio y venganza.
Por eso es también una equivocación incitar a la gente a la revancha. El grito de «el pueblo no perdonará» es, por desgracia, comprensible, pero no es el camino acertado para enseñarle a construir un futuro más humano.
El rechazo del perdón es un grito que, como creyentes, no podemos suscribir nunca, porque, en definitiva, es un rechazo de la fraternidad querida por Aquel que nos perdona a todos.
