¿Dios está en el cerebro?

Esta es la pregunta que se hace el neurólogo Andrew Newberg, del Centro Myrna Brind de Medicina Integral de la Universidad Thomas Jefferson en Filadelfia, propulsor de una disciplina llamada neuroteología para aunar religiones y neuronas. Para este fin inyecta un rastreador radiactivo a una persona, no importa de que credo, en estado meditativo o de oración. En un par de minutos, el rastreador llega a su cerebro y, en la sala del escáner, se le iluminan las neuronas que más sangre consumen. Las neuronas más irrigadas de la corteza brillan en rojo, y de más a menos, amarillean, verdean hasta el violeta o mudan al negro. Las zonas posteriores del lóbulo parietal derecho, que nos orientan en el espacio, aparecen más apagadas. “Si una persona se siente conectada con Dios o con el universo, encontramos un bajón de actividad en esos lóbulos parietales, que son los que nos ayudan a establecer el sentido de nuestro yo”. La idea de encontrar a Dios en el cerebro no tiene mucho sentido para Newberg, ya que “no hay un circuito específico religioso, pero sí muchas áreas que aparecen conectadas de diversas formas, dependiendo de la experiencia”. Así, “si la experiencia religiosa es muy emotiva, se activa el sistema límbico (relacionado con la respuesta emocional); alguien que está arrepentido ante Dios se corresponde con una baja actividad en su lóbulo frontal”. Newberg sugiere que la fe proporciona a las personas un sentido de conexión, códigos morales y comportamientos que mejoran la función social del grupo, “un mecanismo por el que los seres humanos crecen y se adaptan, que proporciona objetivos, ser una mejor persona o desarrollar un sentido de propósito y significado de la vida” (Cf. L. M. Ariza, Dios está en el cerebro, El País, 1 septiembre 2015).
¿Dónde está Dios?, podemos finalmente preguntarnos. Dios está en todas partes y “en lo más profundo de nuestro corazón”. Lo que el profesor Newberg está señalando es a nuestra Inteligencia Espiritual (IES), que solo el Espíritu Santo nos la puede iluminar y abrirnos a la fe para un encuentro personal y amoroso con Dios. San Agustín después de ir tras sus huellas por muchos caminos, lo halló dentro de sí mismo. No hace falta hablarle a gritos. Lo llevamos dentro como huésped. Podemos hablarle como Padre porque somos sus hijos. Bastará con encontrar momentos de soledad para estar con Él, sumergiéndonos sin miedo en la más profunda interioridad. El cielo está dentro de nosotros y nosotros sin saberlo.
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