En el interior de cada uno de nosotros hay una “tierra sagrada”, un territorio puro, donde habita el espíritu de Dios, por lo que podemos ser llamados “hijos de Dios”. Es el “Jardín del Edén”, la “casa de Dios”.

Estamos llamados a habitar nuestra tierra profunda, nuestro propio corazón, nuestra interioridad, gracias al silencio contemplativo. De esta manera dejamos de disiparnos con los valores mundanos que nos hacen vivir en la periferias de nuestro ser. Por esto, el mal no puede nunca ensombrecer el Bien eterno que nos habita. La luz y la sombra es una realidad en todo ser humano, pero la belleza de la luz interna es más potente que la sombra. Es aquí donde se ancla todo el proceso, sin fin, de nuestra conversión interior.

Es en nuestro jardín secreto donde surgen los sentimientos y las ideas más preclaras y donde aprendemos a conocernos mejor y como amar de verdad. Estamos llamados a vivir de dentro a fuera y no al contrario. Es desde nuestro territorio interior donde encontramos el gozo de vivir y la alegría de amar.